Autopista hacia el cielo

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Decía ya el Papa anterior y lo mantiene el actual, que cielo e infierno están en este plano, que no hay que esperar a una vida futura, postmortem. Yo, que no soy religioso, aunque sí espiritual, coincido con ello.

Hoy Teresa comparte en la sesión conmigo su collage y la conclusión de que se siente perdida, que le falta sentido de Misión, que eso la deja alicaída, depre, sin chispa ni alegría para enfrentar su día. Es cierto, algunos infiernos no tienen diablos pinchándote, ni grandes dramas, sino simplemente falta de alegría por celebrar la vida, y resulta muy pesado arrastrar una existencia así.

Para evitar esto, la sociedad ha trazado una serie de autopistas hacia el cielo de la felicidad: vías rápidas, por donde se supone que uno paga ciertos peajes, pero tiene garantizado llegar a buen puerto.

Lo primero pues es ver los peajes que paga cada uno: hipoteca, oposiciones, competencia atroz laboral sostenida en el tiempo, etc. En general todas conllevan una privación de felicidad en el presente para cuando llegue el futuro y pueda disfrutar. Error. Incluso ese flamante consultor joven al que recientemente le di un curso y no convencí, pues respondió con aplomo que «él prefería vivir así y de vez en cuando tomar un avión en primera a Miami donde jugar al golf el fin de semana».

Lo segundo es cuestionarse si esa vía tan rápida me asegura realmente ir en la dirección en la que quiero ir. Recuerdo que una vez circulaba por Galicia hace muchos años y encontré una autopista que confundí con la que necesitaba para ir a Madrid desde Pontevedra. Tardé unos 15 km en darme cuenta de que por la orientación del sol,  no iba bien, pero como iba rápido, la inercia me dio la falsa percepción de que ya era mejor llegar a Santiago y luego bajar por la siguiente autopista. Es decir, que no solo me confundí de autopista, sino que el hecho de ir rápido, me hizo pensar que era bueno, incluso si iba en la dirección equivocada. Mal, debí parar a hacer las cuentas. Yo no lo hice, ¿y tú?

Otros, es el noviazgo, carretera secundaria, que les aboca a una autopista, donde correr hacia el matrimonio y los hijos, incluso si nunca deberían haberse metido en esos terrenos, o no al menos con esa pareja

Esto de las direcciones, puede ser una trampa para muchos estudiantes de éxito, por ejemplo, matricularse en carreras de éxito, sin sentirlas verdaderamente suyas, pero porque están bien vistas socialmente. Otros, no solo siguen esa línea, sino que la culminan con máster en temas que no les gustan, pero que garantizan un buen puesto de trabajo posterior.

Otros, es el noviazgo, carretera secundaria, que les aboca a una autopista, donde correr hacia el matrimonio y los hijos, incluso si nunca deberían haberse metido en esos terrenos, o no al menos con esa pareja. La experiencia de la paternidad, más de la copaternidad, es muy distinta de la «idea de».

Ayer sin ir más lejos, tuve mi primera sesión para uno de estos casos que puede reunir todas las equivocaciones: El hombre se ha despertado un día, con 47 años, dándose cuenta de que su vida no es su vida, que no le gusta su mujer, que no le gusta su trabajo,  y que casi no es consciente de cómo ha llegado hasta allí. Como si de una noche de borrachera se tratara.

Ha sido un hombre de éxito: buen estudiante, buen novio, buena carrera profesional, buenos hijos… Cómo él mismo dice, «un ejemplo de la American Beauty, en Pozuelo». Y como en la propia película, llega la crisis y el desmontar farsas para acercarse a la realidad.

«Yo me bajo en la próxima ¿y usted?» decía aquella obra de teatro de Marsillach, donde dos personas se conocen en el metro y tras quedar durante un mes, deciden casarse, para descubrir que pronto fracasarán. Era 1981, todavía la vida no era tan rápida, no había nuestras autopistas (de coches ni de la información) ni nuestros coches ni nuestros contratos basura que pueden propulsarnos tan rápido dentro como fuera de la carretera, carrera personal o profesional. Los errores ahora son mucho más rápidos y trascendentes.

Dios se ríe de nuestros planes, dicen. No lo sé, pero tengo claro que mi ser interno, que es divino, sonríe cuando me arriesgo a salir de la rutina acelerada Las autopistas de la vida raramente sirven a nadie, al menos sin cambiarse de ruta al menos varias veces. Acéptalo. Los que siempre siguieron la senda del éxito, los que aparentemente llevaban vidas de «american beauty», un día se despiertan  y no saben qué hacen ahí. Entran en crisis, muchos con pánico, otros con alivio, otros con porros, como en la película. Empieza a cuestionar y descubrir tu realidad, tu verdad, y recuerda que todo debe cambiar para permanecer.

Dios se ríe de nuestros planes, dicen. No lo sé, pero tengo claro que mi ser interno, que es divino, sonríe cuando me arriesgo a salir de la rutina acelerada de una autopista para tomar un camino regional y disfrutar del paisaje, yendo lento, tranquilo, a gusto, descubriendo y decidiendo en cada intersección dónde quiero ir, dónde parar, dónde relajarme y vivir. Deja de buscar líneas rectas y confía en que las vueltas que trazas tienen su sentido para vivir el cielo sin necesidad de escalera, aquí y ahora.

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Jorge Urrea Filgueira Gestión de crisis personales y profesionales. Escritor, Conferenciante y Colaborador RTVE Humanizando la transformación digital Autor o colaborador en estos y otros libros. : https://www.youtube.com/watch?v=5VmAL4fUwLo