¿Qué ocurre cuando el deseo no encuentra cauce? ¿Qué pasa cuando no sabemos exactamente qué queremos, pero sentimos la urgencia de buscarlo? Estas preguntas atraviesan Giselle, la nueva propuesta de La Ferviente Compañía,una pieza de teatro-danza que revisita el clásico romántico para situar el deseo femenino en el centro del escenario.
Lejos de una reinterpretación convencional, la obra se presenta como un ballet teatral contemporáneo que toma como punto de partida el mito de Giselle —el ballet del siglo XIX— para construir una experiencia escénica radicalmente actual. En ella, una actriz que abandonó la danza sin haber cumplido su deseo de interpretar a Giselle se enfrenta, junto a un cuerpo de baile formado por no bailarines, a una historia de anhelos frustrados, pulsión y entrega.
Reescribir el deseo desde el cuerpo
El libreto original de Giselle narra la historia de una joven campesina que ama bailar, pero cuya enfermedad se lo impide. En paralelo, vive una relación amorosa atravesada por el engaño: Albrecht, su amante, oculta su verdadera identidad y compromiso. La imposibilidad de satisfacer ambos deseos —amar y bailar— conduce a la protagonista a una muerte que, en esta reinterpretación, no solo es trágica, sino también liberadora.
A partir de esta estructura narrativa, La Ferviente Compañía despliega una investigación escénica sobre las contradicciones del deseo y la necesidad de ser amadas. La pieza no busca resolver estas tensiones, sino exponerlas en toda su complejidad.
Dos actos, dos lenguajes
La obra se articula en dos actos claramente diferenciados. El primero combina lenguajes teatrales contemporáneos con la danza para reconstruir la historia desde la experiencia de la intérprete: una exbailarina atravesada por un deseo no resuelto. El cuerpo de baile, compuesto por personas no profesionales en danza, se pone al servicio de esta reconstrucción emocional, explorando tanto lo vivido como lo que nunca llegó a suceder.
El segundo acto rompe con la lógica representativa y se convierte en una performance relacional. Aquí, la protagonista se dirige directamente al público y le pide que cumpla sus deseos. Son deseos concretos, formulados por ella misma, pero cuya realización depende necesariamente de otra persona. El espectador deja de ser observador para convertirse en agente activo, co-creador de la experiencia.
Un dispositivo relacional: del escenario al encuentro
Este giro convierte la obra en un dispositivo relacional donde el sentido no está cerrado, sino que emerge de la interacción. La propuesta parte de una idea clave: el deseo no es previo al encuentro, sino que se configura en relación con otros. No siempre sabemos lo que queremos; a veces lo descubrimos en el propio acto de desear o de hacer.
Al trasladar parte del poder escénico al público, la pieza introduce incertidumbre, ambigüedad e imperfección como elementos constitutivos. Lejos de evitarlos, los asume como la forma más honesta de abordar una cuestión compleja: cómo se construye el deseo y qué implica exponerse a él.
El deseo femenino, entre mandato y contradicción
La obra también dialoga con una tensión contemporánea: el paso de la censura del deseo femenino a su aparente liberación. Si durante siglos fue considerado inmoral o inapropiado, hoy se exige que sea claro, identificable y coherente. Un cambio que, lejos de ampliar sus márgenes, introduce un nuevo imperativo: saber qué se desea y expresarlo correctamente.
Giselle cuestiona esta lógica. ¿Y si no siempre conocemos nuestros propios deseos? ¿Qué ocurre cuando entran en conflicto con nuestras normas, valores o expectativas? La pieza sitúa estas preguntas en el centro, reivindicando el derecho a la ambigüedad, a la búsqueda y al error.

Romanticismo y liberación
La propuesta no rehúye el imaginario romántico, sino que lo revisita desde una perspectiva crítica. La entrega absoluta al amor —tradicionalmente asociada a la sumisión— aparece aquí como una vía de exploración del deseo en toda su intensidad. Incluso la muerte, en diálogo con el ballet original, se plantea como un espacio de transformación y liberación.
Un colectivo que apuesta por nuevos lenguajes
La Ferviente Compañía está formada por seis integrantes con trayectorias diversas, unidas por su formación en teatro contemporáneo y por una práctica sostenida de investigación escénica. Su metodología se basa en la ausencia de jerarquías, el trabajo colaborativo y el cuidado mutuo, entendiendo los roles como un reparto de responsabilidades más que como posiciones fijas.
Este enfoque se traduce en una propuesta que combina rigor y experimentación, y que busca abrir nuevas formas de relación entre escena, cuerpo y espectador.
En Giselle, el deseo deja de ser un concepto abstracto para convertirse en experiencia compartida. Incómoda, arriesgada, ambigua. Pero, sobre todo, profundamente liberadora.
La obra se estará presentando el 4 de abril en Nave 73, Madrid, y las entradas se pueden conseguir en la página de Atrapalo.


