¿Es el hombre un lobo para el hombre?

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La condición humana tiene tendencia a opinar sin conocer, a criticar antes de analizar, a despedazar sin ton ni son y a polemizar por placer. Ya decía Hobbes que la esencia de nuestra naturaleza es vivir en una guerra permanente de todos contra todos.

Rousseau pecó de ingenuo afirmando que en un estado natural daríamos lo mejor de nosotros mismos, siendo la civilización la que nos corrompe y las instituciones las que nos envilecen. Pero ese es otro debate…

"Rousseau pecó de ingenuo afirmando que en un estado natural daríamos lo mejor de nosotros mismos"Volvamos a la cruda realidad en la que el hombre es lobo para el hombre y en la que el Presidente del Gobierno realiza una renovación del Ejecutivo. Y es que uno no sabe como acertar en esta España nuestra debe pensar Zapatero “si no cambio malo, pero si cambio peor…” Los comentarios acerca del nuevo Gobierno sólo hacen eco de si ahora hay Gabilondo al cuadrado, si retorna la vieja guardia felipista, si se trata de un simple cambio de cromos – de sillas – o de dar un malintencionado consejo para los futuribles: el ascenso rápido a Ministro llega vía paliza previa en las urnas madrileñas.

¿Dónde queda el análisis de una correcta designación basada en el estudio de las atribuciones propias de los candidatos para cada puesto?

Estudios probados y comprobados – en décadas y países diversos – demuestran que la ciudadanía desea las siguientes atribuciones en sus gobernantes:

– La credibilidad:
Incluye la capacidad del político, su fiabilidad y funcionalidad. La capacidad hace referencia a la cualificación, experiencia, habilidad e inteligencia (en definitiva, personas que puedan ejercer una exitosa trayectoria profesional fuera de la vida pública). La fiabilidad a la honradez, la mesura, el respeto al adversario y la anteposición del interés general por encima del personal o el partidista. La funcionalidad a la actividad, iniciativa, dinamismo, energía, astucia y al cumplimiento escrupuloso de las promesas electorales.
Estaríamos ante un cargo público muy bien valorado el que fuese poseedor de todas las atribuciones arriba señaladas. Pero esto es solo el principio porque hay más.

– El atractivo.
Desde luego no se refiere a un Pitt y señora luciendo palmito por la política patria – que no estaría mal, a nadie le amarga un dulce – sino a un político persuasivo, que desprenda magnetismo personal, un personaje con el que el ciudadano se sienta identificado. Y es que en la política – como en la vida – nos atrae más aquel con el que nos identificamos en ideología, valores, educación, intereses, modales, forma de expresarse…
Si alguien pasa también esta segunda criba estaremos ante un gran político de los que crean escuela y permanece en la memoria colectiva. Pero aún nos queda la última atribución:

"Si un candidato es poseedor de credibilidad, atractivo y poder democrático ganará elecciones que a fin de cuentas es el objetivo final de tanta batalla."– El poder democrático que atribuye capacidad para proponer, para cambiar y hacer cambiar las cosas. Lo deseable es saber mostrar al ciudadano autoridad y que esa autoridad parezca que tiene que ver con los intereses generales.

Si un candidato es poseedor de credibilidad, atractivo y poder democrático ganará elecciones que a fin de cuentas es el objetivo final de tanta batalla.

El problema radica en que las elecciones se ganan por votación popular pero las Ministras – y los Ministros – son elección personal del Presidente. De ahí que la aceptación de los elegidos siempre sea discutida y la identificación del electorado con el Ejecutivo sea manifiestamente mejorable.

Hagamos el esfuerzo de valorar a nuestras nuevas Ministras de Economía, Sanidad y Cultura – y por extensión al resto – juzgando su conocimiento en la materia, experiencia previa, capacidad de dirección, liderazgo, eficacia en la gestión, magnetismo personal, capacidad de generar ideas oportunas o predisposición para mejorar las cosas.

Y no olvidemos que los súper héroes habitan en los cómics. Una sola persona no puede cambiar el mundo, ni siquiera una parte: Coexiste con una sociedad, un entorno, unas circunstancias, un equipo, unas reglas, un sistema. Concedamos el beneficio de la duda y dejemos de lado de vez en cuando el lobo que todos llevamos dentro.

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