Elogio de lo sincero

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A mi amigo Antonio, ilustre profesor universitario, se le ocurrió preguntar en un examen sobre los gremios, grupos de personas que, como es sabido, teniendo un mismo ejercicio, profesión o estado, se agrupaban en corporaciones y se regían por singulares ordenanzas. Uno de los examinandos, con gran desparpajo, contestó que los gremios “eran habitantes de la ciudad de Gremia. Estuvieron en España; la conquistaron, pero no les sirvió de nada”. Tal cual.

Si uno reflexiona, las opciones de cualquier alumno cuando ignora la cuestión planteada son escasas: dejar en blanco el papel, escribir “no lo sé” o, como es el caso, hacer de la necesidad virtud y aguzar el ingenio. Hay que reconocer que en esta historia la pregunta se liquidó con singular inventiva, olvidando que la mejor opción pasa por esforzarse y estudiar, conocer las materias y, en consecuencia, contestar adecuadamente a los interrogantes que los profesores plantean.

¿No sería más fácil y sobre todo más sincero aceptar dónde estamos y ponernos a la tarea para ofrecer ya mismo soluciones? Viene esto a cuento por algo que en estos días recogen los medios con profusión y que, desafortunadamente, tengo la sensación de que, una vez más, se ha olvidado rápidamente. La preocupación (?) será flor de un día. Resulta que, según el Foro Económico Mundial, hemos perdido competitividad (cuatro puestos en el ranking mundial), lo que pone de relieve las carencias de nuestra economía y complica la anunciada recuperación.

Además, como machaconamente sucede año tras año, en educación seguimos a la cola de los países avanzados; en la UE sólo Portugal nos supera en abandono escolar. Entretanto, a los que mandan y dicen saber se les llena la boca de falaces argumentos con los que explicar lo inexplicable. ¿No sería más fácil y sobre todo más sincero aceptar dónde estamos y ponernos a la tarea para ofrecer ya mismo soluciones? La sinceridad es un modo sencillo de expresarse -libre de fingimiento y de mentiras aunque sean piadosas- que nos permite diseñar una senda desde la que actuar y hacer cosas para resolver lo que sea menester.

Escribe Manuel Alcántara que la sinceridad es esa rara virtud cuyo mérito se basa en la capacidad para comunicar cosas desagradables, y que hay que echarse a temblar cuando alguien te dice “voy a serte sincero”.

La competitividad y la educación no son temas menores. Son, como ahora se dice, asuntos/riesgos sistémicos y nos afectan a todos, como ciudadanos y como país; aunque aquí estando tan mal como estamos nadie parece apostar por la necesidad de llegar a acuerdos, laborar de consuno y tomar decisiones.

“Para triunfar hay que trabajar duro”, dijo hace pocos días Obama a los estudiantes norteamericanos, al tiempo que les pedía que aprendieran de sus errores. Y aunque sea algo sabido, hay que repetir que cumplir con nuestro deber puede ser costoso y requerir esfuerzo, pero siempre será más caro el precio de la irresponsabilidad, como es notorio y (unos más que otros) estamos ya padeciendo en nuestras propias carnes. Aunque todo es tan complejo que quizás todavía no sepamos el precio final de la irresponsabilidad, ni si estamos dispuestos a pagarlo o no nos queda más remedio que hacerlo. En esta crisis que parece perenne hemos pasado por la privatización de los beneficios y la estatalización de las pérdidas, con lo que -probablemente- no siempre han pagado los irresponsables y, al final, la culpa se diluye y es un poco de todos; es decir, de nadie.

Desde hace algún tiempo, nos hemos empeñado en un cierto relativismo de las culturas (es la época de la irreverencia, como escribe Steiner) y, con ese dogma por bandera, hemos reemplazado las ideas de educación y de civilización. Aquí todo vale, y a todo nos acostumbramos, con o sin la ayuda de los medios de comunicación; pero lo único cierto -y la verdad tiene una tremenda utilidad práctica para despertar las conciencias- es que somos un país poco competitivo y en el área de la educación cosechamos año tras año rotundos fracasos.

Es lo menos material que existe, pero es la fuerza espiritual de los pueblos, los principios y valores que los hacen ser diferentes y nunca, jamás, puede convertirse en un privilegio.Con lo fácil que sería ponernos a mirar qué hacen las naciones más competitivas y qué medidas adoptan sus fuerzas vivas. Y copiarlas si fuera preciso o adaptarlas a nuestras singulares características, incluyendo en el paquete de las eventuales propuestas a esa Generación NiNi (ni estudia, ni trabaja), un pesado lastre para un modelo económico sostenible que busque la excelencia. Languidece la solidaridad y, como escribió Bauman, “… son la inseguridad del presente y la incertidumbre sobre el futuro los que incuban y crían nuestros temores…”.

De la educación, mejor no hablar. La educación (del latín educere, conducir fuera de la ignorancia) es lo menos material que existe, pero es la fuerza espiritual de los pueblos, los principios y valores que los hacen ser diferentes y nunca, jamás, puede convertirse en un privilegio. Sólo desde la cultura y desde la educación nos moldeamos como ciudadanos cabales y nos hacemos personas; más sabias y más demócratas; más humanas y, seguramente también, desde la libertad, mejores profesionales dispuestos a competir. ¿A qué estamos jugando? No caben más excusas ni descansos, aunque sean breves y muy cansados.

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