“Fueron felices y comieron perdices”… (¿y después, ¿quién fregó los platos?)

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Afortunadamente, en las sociedades occidentales más desarrolladas, se han conseguido grandes avances en el camino de la igualdad social y legal entre hombres y mujeres. Pero ¿qué ocurre de puertas hacia dentro, en la intimidad de las relaciones de pareja o familia? Desde mi experiencia como psicoterapeuta individual y de pareja, os invito a mirar a través de las "gafas para ver el género" y observar a través de ellas cuánto hemos avanzado hacia la igualdad y qué patrones de comportamiento hemos cambiado o seguimos repitiendo.

Con nuestras nuevas "gafas" puestas, empezamos por revisar lo más fácilmente visible: ¿hay igualdad en las condiciones sociales de hombres y mujeres? Hemos avanzado mucho en los últimos años en el acceso de la mujer a la formación, el empleo o a recursos económicos. Sin embargo, según datos recientes del Instituto de la Mujer, las mujeres siguen ganando como media un 17% menos que los hombres por hacer el mismo trabajo.

Está claro que la situación laboral y económica de las mujeres está muy vinculada a su vida familiar, mucho más que en el caso de los hombres.Además, son quienes mayoritariamente tienen trabajos a tiempo parcial o quienes no buscan trabajo por razones familiares. Esto se debe en gran medida al trabajo no remunerado que realizan en la familia, al ocuparse de los niños, los ancianos y las personas enfermas. Está claro que la situación laboral y económica de las mujeres está muy vinculada a su vida familiar, mucho más que en el caso de los hombres.

¿Influyen estas desigualdades sociales en la intimidad de la relación de pareja?
Por supuesto. Numerosas investigaciones, entre ellas una que realicé en 2002, muestran que los recursos laborales, educativos y económicos de las mujeres influyen en su grado de poder dentro de la relación de pareja. En general, las mujeres con – salarios más altos, tienen mayor poder de decisión en la pareja y realizan menos tareas domésticas…aunque éstas no llegan casi nunca a equipararse entre hombres y mujeres. Las desigualdades en el uso del tiempo persisten como un área crónica de desigualdad entre sexos, y se mantienen además por la creencia de que lo "natural" o lo "normal" es que las mujeres tiendan a ocuparse del cuidado emocional y físico del marido y de los hijos.

Esto nos lleva al segundo aspecto que observamos con nuestras "gafas": los estereotipos y creencias de género, que nos condicionan no sólo desde lo racional, sino desde lo más profundo de nuestras respuestas emocionales. Seguimos actuando como si la conciliación de la vida laboral y familiar fuera un asunto que tienen que resolver las mujeres, en lugar de ser una cuestión de la pareja. Se sigue considerando el empleo del hombre como inamovible, y el de la mujer (sus horarios, su dedicación, etc.), como "negociable". Se espera que las mujeres nos mostremos más sensibles, emocionales, orientadas a las relaciones, etc.

Pero seguimos en un dilema: cuando asumimos ese rol más típicamente femenino, nos sentimos encasilladas o devaluadas. Y si no lo hacemos, y nos mostramos orientadas a los logros, directas, racionales, firmes y fuertes, somos también "penalizadas" por ser poco femeninas (o "castrantes", en jerga psicológica). Las consultas de psicoterapia están llenas de mujeres atrapadas en estos conflictos imposibles, y que buscan ser las autoras de sus propios "guiones" y de otros repartos diferentes de roles en sus vidas y sus relaciones íntimas. Afortunadamente, cada vez hay más hombres dispuestos a acompañarlas en este camino, librándose ellos mismos de la esclavitud de sus propios mandatos de género, que les prohíben, por ejemplo, reconocer su dependencia o mostrar sus vulnerabilidades.

¿Qué herramientas puede aportar la psicoterapia para facilitar relaciones más estas relaciones?
En primer lugar, reconocer esas desigualdades sociales de las que hablábamos al principio. Debemos apoyar los pasos de las mujeres por avanzar en la igualdad y para que construyan relaciones justas y equitativas en todos los ámbitos de su vida.

Hombres y mujeres tenemos mucho que ganar si conseguimos crear nuestras vidas en función de nuestros valores y características individuales, y no tanto en función de ciertos moldes o ideales sociales.Además, todos necesitamos tomar conciencia de esa especie de "programación mental" de los ideales de género y de cómo actúan en nosotros (por ejemplo, el mito del amor materno incondicional, que aparentemente idealiza la maternidad, pero también pone expectativas imposibles que hacen sentir culpables a las mujeres cuando no las alcanzan).

Hombres y mujeres tenemos mucho que ganar si conseguimos crear nuestras vidas en función de nuestros valores y características individuales, y no tanto en función de ciertos moldes o ideales sociales. No se trata de criticar la feminidad o la masculinidad, o de imponer una alternativa "andrógina" y políticamente correcta. Se trata de ser libres para desarrollar nuestra individualidad, y responsables por asumir el cuidado de todas las áreas de nuestra vida, sin esperar que el cónyuge se encargue de aquellos aspectos de nuestra vida (económicos, relacionales, emocionales, etc.) que a cada uno nos cueste más asumir.

Nuestro aporte
En esto, los psicoterapeutas queremos contribuir al cambio con una visión de género: ofreciendo un espacio donde "ensayar" nuevos guiones, y sustituir los mitos, los estereotipos y los "cuentos de hadas" (por ejemplo, la inocente doncella rescatada por el valeroso príncipe) por la experiencia y los sentimientos reales de nuestros pacientes.

Las mujeres ya están algo más convencidas de que estos cambios les pueden traer ventajas. Pero algunos hombres todavía se aferran a sus roles conocidos por temor a perder ciertos privilegios. Afortunadamente, otros muchos ya se animan a recorrer este camino que promete relaciones más plenas, vitales y solidarias entre hombres y mujeres.

* Alicia Moreno es Doctora en Psicología.
Psicoterapeuta.

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