Aparearse no es formar familia

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Yo tengo mi propia teoría (me la discuten mucho, por radical y disparatada). Afirmo que, en determinado momento de su vida, la hembra humana siente la llamada de la maternidad. Y en ese tramo “mentalmente fértil”, puede llegar a autoconvencerse de que el macho de turno es el idóneo. Se aparea con todos los requisitos socialmente exigidos y ¡listos! ¡Ya somos una unidad familiar!

Sinceramente no lo entiendo. Yo creía que las jóvenes generaciones compartían el reparto de roles. Sinceramente no lo entiendo. Yo creía que las jóvenes generaciones compartían el reparto de roles. Que en pareja, hoy día, hombre y mujer funcionaban al cincuenta por ciento repartiéndose las tareas domésticas y el cuidado de los hijos. Pero ¡Oh sorpresa! no es así.

Estoy rodeada de mujeres de todo tipo de perfiles. De las que han elegido tener hijos, se cuentan con los dedos de la mano aquellas que reconocen que su pareja invierte tanta energía como ellas en lo doméstico y la crianza de los pequeños. Las más, han pedido reducir su jornada o sencillamente, disfrutarla de continuo para poder dedicar una parte del día a sus pequeños. Sus parejas no hacen ni el amago de planteárselo.

Cierto es que los hombres empiezan a pedir bajas por paternidad. Pero habrá que ver si eso es directamente proporcional al crecimiento de la implicación de los mismos en las rutinas domésticas y en las jornadas que yo llamo “sin sueño”. Esas en las que el pequeño ni duerme ni deja dormir.

Un apoyo capital que a cualquier mujer, tenga la posición profesional que tenga, le proporciona tranquilidad y un sentimiento de plenitud que enriquece enormemente las relaciones de pareja.

¿Qué pasa cuando una mujer con un cargo de dirección tiene un bebé?

La verdad es que hay ejemplos para todos los gustos. Pero he de confesar, que de lo que conozco, ninguna solicita reducción de jornada. ¿Gusto, necesidad, obligación? Pues a juzgar por sus respuestas, hay de todo. “Me gusta mi trabajo y sólo necesito organizarme bien. Tengo una persona que me ayuda en la casa”. “Necesito este puesto. Me ha costado mucho. Si reduzco jornada ya no intereso”. “Mi sueldo es el más alto y gracias a él vivimos mejor”. Seguro que hay más supuestos, pero valgan estos tres de muestra. ¡Claro que, hablamos de la mujer directiva! Esta al menos tiene un sueldo que le permite pagarse una persona que cuide de sus hijos mientras ella se ausenta.

Peor lo tiene la mileurista con dos pequeños y sin madre, padre, ni familiares cercanos, ni amigos en quien ampararse. ¡Eso sí tiene mérito! “¿Qué hace usted señora cuando sale de su casa cada día? ¿Con quién deja a sus hijos? ¿Qué hace si uno se pone enfermo? Cuando llega a su casa, dígame: ¿lo tiene todo hecho?”. El panorama es bastante más desolador, sobre todo si a lo dicho añadimos que el compañero es de los que no se implican en el día a día. Ustedes me entienden.

En ambos casos las cosas cambian completamente si la pareja es persona que asume al cien por cien su responsabilidad con respecto a los hijos y el hogar. Un apoyo capital que a cualquier mujer, tenga la posición profesional que tenga, le proporciona tranquilidad y un sentimiento de plenitud que enriquece enormemente las relaciones de pareja.

Volviendo a los que no cumplen con el tema, convendrá el lector con una servidora que con este panorama no es de extrañar que las mujeres se lo piensen. ¡No es para menos!

Y es que, la elección de pareja no es tarea baladí. No es lo mismo asociarse para el ocio y el recreo, que para formar una familia.

Pero también están las que no se lo piensan mucho. Al respecto yo tengo mi propia teoría (me la discuten mucho, por radical y disparatada). Ahí va. Afirmo que, en determinado momento de su vida, la hembra humana siente la llamada de la maternidad. Y es en ese tramo en el que es “mentalmente fértil” en el que puede llegar a autoconvencerse de que el macho de turno es el idóneo. Se aparea con todos los requisitos socialmente exigidos y ¡listos! ¡Ya somos una unidad familiar! L

uego llega la realidad y, al final, la mujer acaba doblando su jornada. Ante el agotamiento saltan chispas y acaban apareciendo los juicios y reproches.Y es que, la elección de pareja no es tarea baladí. No es lo mismo asociarse para el ocio y el recreo, que para formar una familia. Para lo primero con un poco de llevarse bien, dos pizcas de inquietud, buena química y otras cuantas cosas más, ya vale. Para lo segundo o tienes madera o no la tienes.

Para terminar me vienen a la memoria las palabras escritas por Jesús J. de la Gándara, psiquiatra y jefe del Servicio de Psiquiatría del Complejo Asistencial de Burgos, en su artículo dedicado a la “Mujer postmoderna y su estresante vida”. Concluye pidiendo más comprensión y compromiso con el papel de la mujer en la sociedad hipermoderna. ¡Comprensión y compromiso! Yo pido lo mismo.

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