Por Almudena Nuño
No me gusta el frío; no me gusta nada el frío. Por eso durante años he evitado los destinos helados. Siempre he preferido el sol, el calor, la luz amable. El frío me parecía incómodo, hostil, poco apetecible. Nunca habría elegido voluntariamente bañarme en agua helada. Y, sin embargo, lo hice.
Hace unas semanas viajamos a Finlandia 7 mujeres maravillosas. Todas trabajamos en el ámbito de la salud, cada una desde su disciplina: medicina, nutrición, bienestar, prevención, longevidad. Algunas, como Sari Arponen, han dedicado años a estudiar y escribir sobre cómo vivir mejor (os recomiendo sus libros, en especial “Es la microbiota, idiota” y “Envejeces o Rejuveneces”). Otras trabajan con pacientes, investigan, enseñan o acompañan a personas en procesos de transformación. Yo misma me dedico a la dermatología integrativa y a la longevidad, pero no sólo desde fuera, sino desde dentro, que es donde sucede el cambio real.
Conocí a Sari hace ya 6 años en IFEMA porque nos presentamos voluntarias durante la pandemia del COVID. Por aquel entonces yo trabajaba en el Hospital, pero ya comenzaba a darme cuenta de que muchos pacientes tenían elementos comunes, hábitos que les habían ayudado a desarrollar las enfermedades que tenían. Y me di cuenta de que no lo estábamos abordando correctamente y de que el abordaje de las enfermedades debía ser distinto.
En este camino, me he ido formando e inevitablemente transformando, aplicando lo que aprendía a mi vida. Y he ido conociendo a personas que comparten esta visión de la salud, para acabar en este viaje. Pero en ese viaje no éramos “expertas”. Éramos mujeres compartiendo una experiencia.


En Finlandia el frío no es un accidente: es parte del paisaje y de la cultura. Allí la exposición al frío forma parte del estilo de vida. Se combina con sauna, con respiración consciente, con naturaleza. No es una moda, es una tradición.
Conocía los beneficios teóricos: activación del sistema nervioso, mejora de la circulación, estimulación mitocondrial, posible impacto positivo en inflamación y metabolismo. El llamado método Wim Hof ha popularizado estas prácticas en Occidente, pero en realidad llevan siglos formando parte de la vida nórdica.
Lo que no conocía era la vivencia. Entrar en agua helada no es solo un estímulo físico, sino una conversación interna. El cuerpo se resiste, la mente protesta, pero algo ocurre cuando decides quedarte unos segundos más. Cuando respiras. Cuando confías. Y ahí entendí algo importante: el entorno puede empujarte a atravesar límites que sola no cruzarías. Durante una semana hicimos exactamente aquello que tantas veces recomendamos a nuestros pacientes:
- Paseos largos en la naturaleza.
- Movimiento diario.
- Exposición progresiva al frío.
- Sauna.
- Comida sencilla, real, saludable.
- Sueño reparador.
- Conversaciones profundas.
- Risas.
- Tiempo sin prisas.


Nada extraordinario. Y, sin embargo, profundamente transformador. En un mundo acelerado, hacer lo básico bien es casi revolucionario. Yo ya había incorporado muchos de estos hábitos en mi día a día: alimentación consciente y saludable,
ejercicio de fuerza, cuidado del descanso. El frío lo había ido introduciendo de forma gradual. Duchas templadas que se vuelven más frías, exposiciones breves, pequeños retos. Y había empezado a notar beneficios: más energía, mejor regulación del estrés, mayor claridad mental. Pero vivirlo en grupo es diferente.
La salud también depende de quién nos rodea
Hay algo que ocurre cuando te rodeas de personas con las que compartes valores. Que entienden la salud como un todo. Que no solo hablan de bienestar, sino que lo practican. El entorno no solo condiciona lo que haces. Condiciona quién te atreves a ser. En aquel paisaje blanco, rodeada de mujeres brillantes y generosas, me di cuenta de que muchas veces no necesitamos más información. Necesitamos contexto. Necesitamos compañía. Necesitamos modelos cercanos que nos inspiren a vivir mejor.
Entre mujeres ocurre algo especialmente potente: cuando una se atreve, las demás encuentran permiso. Cuando una se expone al frío, otra también entra. Cuando una habla con honestidad, las demás bajan la guardia. No es competencia. Es elevación colectiva. Y eso, en términos de salud y longevidad, es oro.
«No es competencia. Es elevación colectiva»
Porque la ciencia nos habla de hábitos, de inflamación, de hormonas, de mitocondrias. Pero rara vez hablamos de algo igual de determinante: las personas que nos rodean. Y esto es curioso, porque el estudio más largo que existe sobre longevidad realizado en Harvard concluye que el hábito que condiciona nuestra salud más no es la alimentación, ni el deporte ni el sueño. Son las amistades. Tener buenos amigos nos hace vivir más y mejor. Esto es fundamental y a veces, en el ritmo de vida que llevamos, se nos olvida.
No estamos diseñadas para cuidarnos solas. Estamos diseñadas para vivir en comunidad. El entorno puede empujarnos hacia el sedentarismo, el estrés constante y la desconexión. O puede empujarnos hacia la naturaleza, el movimiento, la conversación consciente y el cuidado real.
Volvería a Finlandia. No solo por el frío, que ya no veo como enemigo. Volvería por lo que representa: la posibilidad de crear espacios donde el bienestar no sea un objetivo abstracto, sino una experiencia compartida.
A veces no necesitas cambiar de vida. Necesitas cambiar de entorno. Y rodearte de personas que saquen tu mejor versión, incluso aquella que ni sabías que existía.


