El otro día, en el cumpleaños de una amiga, estuve hablando con un hombre de 47 años. Llevaba tres años en aplicaciones para ligar. Tres.
Le pregunté:
—¿En cuál estás?
Me miró muy tranquilo y respondió:
—En todas.
En todas. Como quien está apuntado a todos los gimnasios de la ciudad por si alguno funciona. Y entonces soltó aquella frase tremenda:
—Todas las mujeres estáis locas.
Lo observé con la tranquilidad de quien ya ha pasado por bastante y entiende que, cuando alguien dice algo así, probablemente no está en su mejor momento.
Entonces empezó a explicarme su estrategia. Su baremo máximo de edad: 40 años. Porque él quiere ser padre y considera que, a partir de ahí, ya no tiene sentido dar acceso a nadie más. Así que su filtro era claro: máximo 40.
Otra mujer que estaba en aquella misma conversación se alteró bastante. Yo me quedé observando con la tranquilidad de una rana en el desierto. Esa sensación extraña de estar en un lugar que no es exactamente el tuyo, mirando la escena desde fuera. Supongo que la experiencia te vuelve un poco observadora de la fauna emocional contemporánea.
Pero lo interesante de aquella conversación no fue su filtro. Lo interesante fue lo que vino después.
En un momento de la conversación me miró fijamente y me dijo:
—Porque claro… una mujer como tú, pija.
Estábamos hablando del coste que suponía para un hombre invitar a una mujer o simplemente conocerla. Y añadió, con total naturalidad:
—Si yo te invito a cenar, por ejemplo… ¿cuánto me cuesta la cena? ¿200 euros?
Y ahí entendí algo. Para él, una cita tenía estructura de gasto: cena → dinero → expectativa. Como si una cita fuera una inversión que tiene que generar algún tipo de retorno.
Pero no funciona así. Una cena no compra química. Una reserva no genera conexión. Una cuenta pagada no garantiza deseo. Y, sin embargo, muchos hombres siguen mirando las citas desde ese lugar. Desde la lógica de la inversión.
Lo que me sorprendió no fue su comentario. Fue darme cuenta de hasta qué punto muchos hombres están profundamente perdidos en el nuevo mapa de las relaciones. Porque siguen intentando entender las citas con categorías que pertenecen a otro tiempo: donde invitar era una estrategia, donde insistir era parte del juego y donde el esfuerzo económico tenía una traducción emocional.
Pero ahora el juego es otro. Hoy una cena es solo una cena. Y conocer a alguien es otra cosa completamente distinta.
Quizá las mujeres no estamos locas. Quizá lo que pasa es que algunos hombres todavía no han entendido la diferencia entre una transacción… y una relación.
El problema no es lo que cuesta una cena. El problema es seguir creyendo que una relación funciona como un ticket.
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