Con el techo hecho añicos y los pies sobre la tierra

Con el techo hecho añicos, los pies sobre la tierra y ganas de seguir volando, llegan algunas mujeres que superaron los cincuenta y más.

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Mujeres que atravesaron el llamado “techo de cristal” que les impedía crecer a la par de los hombres. Lo hicieron en base al talento, el esfuerzo, la osadía. Casi ni se cuestionan si los machistas no las consideran. Ellos ya vieron o verán lo que ellas valen.

La autoestima está firme, los logros también. La relación con el mundo de los hombres tanto como con las otras mujeres es serena, ya ha superado incontables desafíos.
Entonces una mañana se levantan declarando: ahora me toca a mí, ya aprobé todos los exámenes, no tengo más nada que demostrar.
Casadas, libres o con una nueva pareja. Con recursos propios, ¿y ahora qué?

Quizá llegó el momento de disfrutar de la vida. O de capitalizar la experiencia para ayudar a otras, a otros. Contrapunto delicado y fascinante. Ganas de brindarse a sí misma. Deseo y compromiso de no desechar toda su experiencia.

Quizá llegó el momento de disfrutar de la vida. O de capitalizar la experiencia para ayudar a otras, a otros.

Ella piensa: ahora me toca a mí disfrutar, viajar, formar una nueva pareja si estuve sola. Cultivar un hobby, aprender algo nuevo. O hacer más gimnasia, bailar, jugar al golf. Además de que el cuerpo ahora requiere más cuidados, de salud, de bienestar, hasta estéticos.

Están las que se dedicaron a la carrera y no formaron una familia, pero formaron alumnos y aprendices.

Son muchas las que tienen hijos, algunas hasta nietos, pero estas jóvenes abuelas ya no vienen como las de antes. Cuidan chicos, a veces. Juegan con ellos, sólo a lo que les divierte. Ayudan a los hijos, hasta dónde pueden. Pero ya no pretenden sacrificarse.

Saberes, las habilidades profesionales y laborales

Para ellas el legado familiar está garantizado. Pero ahora se plantean otro legado: el de los saberes, las habilidades profesionales y laborales.

Tienen la intuición de que vale la pena capitalizar lo adquirido para compartirlo con otros, con otras, con la comunidad.

Entonces una mañana se levantan declarando: ahora me toca a mí, ya aprobé todos los exámenes, no tengo más nada que demostrar.

Y por la tarde se preguntan: ¿y todo lo que aprendí? ¿y todos los recursos que tengo? Y no sólo de su especialidad, sino de la vida, del trato con la gente.

Ese es el momento en que tantas deciden reinventarse. Conozco a algunas que escriben libros o publican artículos en diarios y revistas. Otras que dirigen esas mismas revistas o producen sus propios programas de radio, o crean un nuevo proyecto en un ámbito que nunca habían explorado.

Están las que lideran o participan activamente en una ONG, son mentoras en una red de mujeres o se rediseñan como consultoras en su especialidad.

¿Un nuevo esfuerzo o una gran oportunidad? Quizá una manera de conciliar ese prodigioso conflicto que acompaña a la madurez: disfrutar más de la vida y dejar un legado al mundo.