Bueno, bonito y barato

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“Después de haber ensayado todo tipo de sistemas políticos y socioeconómicos, desde la distribución arcaica a través de los templos hasta los planes quinquenales del socialismo soviético, pasando por la democracia griega, la burocracia china, el feudalismo, los gremios, las castas de la India, la monarquía absoluta, el mercantilismo, el fascismo y la dictadura militar, al final, todos estos regímenes se han hundido en el fracaso y el desprestigio cultural. Sólo la combinación de democracia liberal y mercado libre ha conseguido extenderse y afianzar su prestigio, ocupando sin duda el lugar central en la cultura política y económica de nuestro tiempo”.

Las afirmaciones anteriores, tan atinadas como ciertas, están recogidas en un hermoso libro, La cultura de la libertad (Gran Austral, 2008), escrito por Jesús Mosterín. Frente a los retos con los que hoy nos enfrentamos los humanos, lo mejor que tenemos es -como escribe el filósofo- la democracia liberal y el libre mercado, aunque, con la que está cayendo y la que -dicen- se avecina, no está claro si bastarán o habrá que inventarse otros métodos alternativos.

Para ser tolerante no hay mejor escuela que la práctica de la propia tolerancia, y la democracia también es un hacer, una actitud, una práctica que se sublima cuando se instala entre nosotros y la hacemos posible cada día.Lo de la democracia, de la que soy ferviente creyente y, además, convencido practicante, me recuerda algunas veces que en cuestiones de fe no está todo tan claro. No es difícil escuchar que, en asuntos relacionados con la/s religión/es, muchas personas se confiesan creyentes pero, por las razones que sean, no practicantes. Y a mí me parece bien. He aprendido que, como escribió Max Aub, para ser tolerante no hay mejor escuela que la práctica de la propia tolerancia, y la democracia también es un hacer, una actitud, una práctica que se sublima cuando se instala entre nosotros y la hacemos posible cada día.

Como cualquier profesional que se precie, los llamados políticos nos deben ayudar a preparar el futuro y a solucionar los problemas cotidianos, sea cuales fueren su naturaleza y alcance. Entre otras cosas, porque, más allá de su “amor” por la función pública y el servicio a los demás, es su deber hacer las cosas “comme il faut” y para eso se les paga gracias a una cosa llamada impuestos que religiosamente la Administración Pública detrae a casi todos los ciudadanos. Aunque lo suelen hacer con frecuencia, ni los políticos ni los hombres de empresa están para crear problemas; no es ésa su tarea, aunque no sé si ese principio lo tienen ellos claro. Y tampoco confío en que el libre mercado sin regulación de ninguna clase sea la panacea universal o el bálsamo que todo lo cura. A los recientes hechos me remito.

Cuento esto porque, quizás tarde, me he dado cuenta de que en esta crisis algo tienen en común y alguna responsabilidad (solidaria o mancomunada, que más da) les cabe a los políticos y a los hombres de empresa, sobre todo a los mandamases de ambos sectores. Antes, durante y después de la crisis, algunos políticos y muchos altos dirigentes, responsables últimos de la cuestión pública y de grandes empresas se han mostrado incapaces no sólo de prever lo que se nos venía encima, sino que han sido los que, gestionando con grave imprudencia, dejación de responsabilidades y/o comportamiento artero han provocado la hecatombe que padecemos.

A los hombres y mujeres nos enamora el poder y todo lo que de él se deriva: su pompa y su circunstancia. Muchos políticos y altos directivos se aferran como lapas al cargo y, aunque dicen que es una carga, lo patrimonializan.Jefe viene del francés “chef”, que en esa lengua romance significa “el que manda”, que es lo que más nos gusta a los mortales. Probablemente, mandar está tan dentro de nuestra propia condición humana que, desde que el mundo es tal, ello nos ha llevado a jerarquizar la sociedad y casi todas las instituciones que la integran. Organizarse, seguramente, es otra de las razones, pero no la más importante. Mandar, sí. Muchos seres humanos, sobre todo políticos y hombres de empresa, además de por las apariencias, luchan denodadamente por el poder y sus consecuencias. Y lo hacen con todas sus fuerzas, como si se tratase de una carrera sin fin y también sin retorno. Mandar, repito, sí; responder del resultado es harina de otro costal.

A los hombres y mujeres nos enamora el poder y todo lo que de él se deriva: su pompa y su circunstancia. Muchos políticos y altos directivos se aferran como lapas al cargo y, aunque dicen que es una carga, lo patrimonializan. Y los pobres mortales, además, nos creemos su discurso y hacemos dogma de fe de aquello que nos prometen. Hablamos de todos ellos llamándoles servidores públicos y ponderamos su sacrificio; los compensamos siempre con medallas y honores (más bien ellos se llaman, se ponderan y se compensan a sí mismos), además de con favores; y algunos se hacen ricos con sueldos indecentes o con las coimas y los beneficios económicos derivados de la corrupción. Así son las cosas. Lo malo es que, a pesar de todo, seguimos confiando en ellos y, como los borregos de Panurgo, vamos donde nos dicen y acabamos precipitándonos al vacío.

Me acuerdo de Saramago (“Somos cuentos de cuentos contando cuentos, nada”), pero quiero ser optimista. Al fin y al cabo las crisis son estadios de nuestra evolución y fases del necesario proceso de cambio, ahora ya imprescindible. Se acabó el bueno, bonito, barato; una ecuación que no ha funcionado nunca. Pase lo que pase en el futuro, ahora ya sabemos -lo hemos sufrido en carne propia- el precio de la irresponsabilidad.

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