Amores perdidos

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Fracasar es necesario: el que tropieza y no cae avanza dos pasos. No importa un revés en el amor, lo triste es no vivirlo. Pero hay algo aún peor: dejar escapar al amor de tu vida por orgullo o cobardía.

Personas especiales, que merezcan la pena, te enriquezcan, te enseñen, a quienes puedas respetar y admirar, hay pocas. Las que te hacen vibrar y saben sacar lo mejor de ti se cuentan con los dedos de la mano. La coincidencia -usualmente por la intervención del azar- de dos trayectorias vitales llamadas a enamorarse, dificulta aún más las cosas. Ocurre más a menudo de lo recomendable, el miedo a lo desconocido, al siguiente paso, la cabezonería o la soberbia matan historias únicas que comienzas a valorar una vez perdidas.

De nada sirven la prudencia, el sentido común o la sensatez contra la fuerza del corazón. Si te has distanciado del amor de tu vida y eres consciente de ello tienes dos opciones: actuar ahora o arrepentirte para siempre. Y sólo entonces, cuando esa persona inolvidable se ha alejado de ti, es cuando darías lo que fuese para saber cómo le va, ayudarle si te necesita, reír juntos si todo va bien o disfrutar de una conversación intrascendente en mutua compañía. Pero ya no está a tu lado y es cuando comienza un machaque insistente con preguntas del tipo: ¿Dónde estará? ¿Qué proyectos tiene ahora? ¿Sigue siendo un encanto? ¿Hay alguien en su vida? ¿Es feliz? ¿Se acordará de mí alguna vez? ¡Ese no es el espíritu, eso es un sin vivir!

Si mañana esas personas que nos hicieron felices se marchan de este mundo, es obligatorio tener el convencimiento de que disfrutamos con ellas cada segundo, todo lo que nos fue posible, que nos entregamos sin reservas, que no nos quedamos con las ganas de hacer. De nada sirven la prudencia, el sentido común o la sensatez contra la fuerza del corazón. Si te has distanciado del amor de tu vida y eres consciente de ello tienes dos opciones: actuar ahora o arrepentirte para siempre. Es decir, ser valiente o enterrar la cabeza bajo tierra como los avestruces.

Lucha por recuperar lo excepcional. Provoca un reencuentro inesperado que deje boquiabierta a esa persona imborrable y suelta a bocajarro, sin preámbulos:

 

No he dejado de pensar en ti ni un sólo día desde que te fuiste. Echo de menos tu sonrisa, tus ojos, tu barbilla, tu cicatriz, tus abrazos, tus manos, tu pelo, tus miradas, tu humor, tu ironía, tus lunares, tus puyazos, tu voz, tus llamadas a cualquier hora, tus confidencias, tu ingenio, tu ombligo, tus consejos, tu energía, tu pasión, tu olor, tu sabor, tus caricias, tus besos, tu piel, tu cuerpo… Tengo tantos recuerdos tuyos, todos fascinantes, que podría escribir un libro, aunque no sabría qué final ponerle: quizá tú puedas ayudarme para no dejar esta historia inacabada… Me duele tu ausencia. Sólo quería que lo supieras. Y también que me enamoré de ti. Cuando te alejaste de mi lado, fui consciente de todo el amor que siento por ti. De cuánto te quiero.

Cada cual es dueño de su propio destino. Sólo se vive una vez. En tus manos está ser feliz.

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