Hay una fase de la vida amorosa de la que se habla poco y se juzga mucho: el bloqueo. No ese bloqueo puntual de “no me apetece quedar este mes”, no. Hablo del bloqueo profundo. Ese que llega después de varias relaciones desastrosas, una relación larga que te dejó el sistema nervioso en huelga, y una sucesión de citas raras, confusas o directamente inexplicables.
Sales ahí fuera con buena intención, con ganas de abrirte, con predisposición. Intentas que funcione. No funciona. Te adaptas un poco. Te adaptas demasiado. Te escriben cuando ya no quieres. Te quieren cuando tú ya no estás. Es un sí, pero no. Un no, pero igual. Un “luego vemos” que dura meses.
Y entonces llega la gran disyuntiva Srta. Match: ¿Me adapto al sistema? ¿Acepto relaciones superficiales, sin profundidad, sin mucha expectativa, como hace “todo el mundo”? ¿Juego a no implicarme, a fluir, a no preguntar demasiado? ¿O hago justo lo contrario? ¿Me paro? ¿Miro mi vida? ¿Me quedo tranquila, centrada en mis proyectos, en mi trabajo, en mi energía, y decido que, si algo tiene que entrar, ya abriré el canal cuando toque?
El otro día comí con un amigo —vamos a llamarle X, por preservar su dignidad emocional—y, como buen amigo, lanzó la pregunta inevitable: ¿Qué tal de amores? Nada de nada, le contesté. Me miró con esa cara de “no me lo creo” y remató:
¿Seguro que es nada o estás bloqueada?
Y ahí me quedé. Pensando. Porque igual sí. Igual estoy bloqueada. O igual no. Igual no estoy cerrada. Igual estoy en pausa consciente. Porque hay algo que empieza a pasarle a muchas mujeres (y a algunos hombres, aunque lo digan menos): hemos dejado de salir en citas no por miedo, sino por autocuidado.
Tiene nombre. Se habla de swipe fatigue o algo así. Agotamiento de aplicaciones. Cansancio mental, emocional y energético de estar siempre disponible, evaluando perfiles, sosteniendo conversaciones, generando expectativa. También lo llaman soltería elegida. Y no suena nada mal.
No es resignación. No es derrota. No es “me rindo”. Es elegir no forzar nada cuando no tienes ganas de jugar a medias. Porque hay una diferencia enorme entre estar sola y estar disponible para cualquiera. Y yo, ahora mismo, no estoy disponible para cualquiera. Estoy viviendo, trabajando, riéndome, creando, durmiendo mejor.
Y si aparece alguien que no me confunda, que no me active la duda constante, que no me haga sentir que tengo que adaptarme, abriré la puerta. Pero mientras tanto, no voy a fingir entusiasmo. No voy a ir a citas por inercia. No voy a responder mensajes que llegan tarde y mal. Quizá no estoy bloqueada.Quizá simplemente he aprendido a no llamar amor a cualquier cosa.
La Srta. Match, menos citas, más calma, y la puerta entreabierta… solo por si acaso.
El proyecto El amor en los tiempos del Match vive también fuera del papel:
- en Instagram, donde su comunidad crece cada día @srta.match
- en su podcast en Spotify El amor en los tiempos del Match
- y próximamente en su novela homónima, que completa este universo sobre los vínculos, la ironía y la búsqueda de autenticidad en tiempos de pantallas.
- ¡Y ahora también en tiktok!

