Realidad indómita, realidad promiscua

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Hace casi un trimestre que cuando empiezo a leer una noticia o a escucharla, me evado. Una barrera en el cerebro, un nudo en el estómago y una flojera en las extremidades, me anuncian el estado de ansiedad paralizante en la que la promiscua, indómita y mal servida información me sume.

De manera casi imperceptible me doy cuenta de que formo parte de ese sinnúmero de espectadores atentos que sucumben a una fiebre de agitación y de miedo que a todas horas nos convoca sin cesar. Cada día, enciendo la cafetera, miro al cielo, que aguanta imperturbable la amenaza bastante desleída de cambio climático. A punto de hincar el diente a una primera tostada ordeno los otros miedos que marcan mis decisiones, ya tan temprano. Primero sobrevivir al desayuno: Mi corazón se llena de ternura recordando las prohibiciones del Levítico, que tan exigentes me parecían, y que comparado con el protocolo de impurezas moderno, es agua de borrajas: la mermelada sin azúcar, los panecillos de pan de arroz prensado. La leche desnatada, el café con fibra y el yogur que mata los bichos malos al tiempo que me llena de bichos buenos. Veo un jardinero nuevo y eso me produce una nueva consulta al indicador de estadísticas. ¿Han pensado por cuántas razones terribles puede no estar en su puesto un trabajador inmigrante?

Bajo al garaje y como es algo más pronto que otros días, veo muchos más coches que de costumbre. No lo puedo evitar, pienso con terror: ¡son parados, mis vecinos están ya en el paro, pronto me pasará a mí! Para colmo tengo que poner gasolina. Ya no miro el precio de la gasolina; ha dejado de interesarme. Es voluble como el amor: tiene días.

La cola de coches lleva 4 km de adelanto sobre el trazado normal y eso me paraliza de pánico puesto que voy escuchando en las noticias que se desploma el mercado de automóviles y aumenta el paro por millones (¿A dónde irá toda esta gente, entonces?). Pienso con nostalgia cuánto me gustaba escuchar Radio3, porque ahora la urgencia informativa sugiere que debo estar pendiente de la promesa de cambio inminente a otro tipo de capitalismo. Pero nada…el obituario agónico de la bolsa que no acaba de fallecer, las medidas que se van tomando -paliativas decimos en medicina- y ocurrentes, cuando las toma la señora de la limpieza en vez de la enfermera jefe.

He sobrevivido en estos meses a la crisis financiera después de asegurarme varias veces de que al no tener inversiones en bolsa, difícilmente iba a perderlas Me he tragado unas elecciones americanas que me dan igual, porque América es América y a la hora de la verdad los primeros: los de casa. Casi compro una silla a Zapatero; oye; y ríete de estas cosas con los amigos, que te vapulean. No voy a hablar de la memoria histórica porque lo que me faltaba ahora, es un poco de checa y odio fratricida, para grabarlos en el subconsciente. Resignada sigo con radio Nacional. Total, me digo, el mundo es una absoluta y terrorífica incongruencia y a éstos, a incongruencia no hay quién les gane.

Los dueños impunes del discurso socialmente admitido, actúan como jueces de la realidad y condescendientes entrevistadores, siendo sólo periodistas a sueldo de la radio pública. La de todos.

Sí, nuestro mundo tecnológico es como el mundo de la baja edad media: un mundo de miedos que procuran la cohesión social, donde los críticos son las brujas y los periodistas los inquisidores .Un mundo de seres grises que obedecen mandatos sin contrastarlos y que dejan sus vidas en manos del discurso que, a fuerza de ser repetido en todos los minaretes mediáticos, adquiere una consistencia de realidad no real como la que analizaba Paul Watzlawick. Por ejemplo, ¿hay una realidad menos real que la Bolsa? La crisis, nuestra fuente de miedo y de inseguridad es sólo un juego. Nuestra alegría, nuestro pan, nuestro futuro, dependen de un juego que especula sobre una oferta y una demanda inventadas. Nos hundimos en realidades no reales

La bolsa no tiene reglas -es un absoluto juego de azar- y, ¿estamos pidiendo a los 20 Gobernantes del Mundo, que ordenen el azar o que en bolsa sólo ganen los jugadores “honrados”? ¿Por qué no pasa nada cuando todos podemos ser conscientes de la misma falta de realidad del discurso social? La verdad, la realidad no tiene interés ninguno; y el que la trata es tratado de epicúreo por los otros.

Dicen que estamos en la era del “conocimiento”, de la información, diría yo, porque el conocimiento exige un uso reflexivo de la misma. Nunca ha habido en la historia de la humanidad,desde Babel, una conversación con más integrantes. Y menos sentido.

Los discursos florecen replicándose mientras los cerebros sólo funcionan como lectores de DVD: reproduciendo.

Una vez escuché hablar a dos mujeres: una alababa a la otra la belleza de su bebé que se movía, sonreía y balbuceaba desde su cochecito. La otra le respondió orgullosa: –“Sí, es guapo sí. Y eso que usted no lo ha visto en fotos!”

Sepultados por el discurso hemos olvidado la vida, padecemos por problemas que no son nuestros, estamos pendientes de soluciones que son promesas y no resolvemos sobre nuestras vidas. La realidad es un relato y no una experiencia.

*Licenciada en Ciencias Políticas y Sociología, Directora de Adhara Marketing Tools.

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