La experiencia del duelo suele vivirse en silencio, como si se tratara de un proceso estrictamente íntimo. Sin embargo, cada vez más voces sostienen que narrar lo vivido puede convertirse en una forma de comprensión y también de acompañamiento para otros. En «Detrás del arcoíris. La sabiduría», Miryan Wodnik transforma una experiencia personal atravesada por la pérdida en un relato que explora cómo el dolor, cuando se mira con perspectiva, puede abrir espacio a nuevas formas de conciencia y aprendizaje.
A lo largo del libro, la autora entrelaza vivencias personales, herramientas terapéuticas y reflexiones nacidas de su práctica profesional acompañando a personas en momentos de crisis vital: enfermedad, ruptura, desorientación o muerte. Desde esa experiencia, propone una mirada que no busca negar el sufrimiento, sino comprenderlo y sostenerlo para que pueda convertirse en una vía de transformación personal y relacional.
En esta conversación abordamos algunas de las preguntas centrales que atraviesan la obra: qué significa reinventarse cuando la vida rompe los planes previstos, qué papel cumple la comunidad en los procesos de pérdida y qué lugar debería ocupar el duelo —también— en las organizaciones. Una reflexión que invita a abrir conversaciones más profundas sobre cómo vivimos, cómo acompañamos el dolor y qué tipo de comunidades queremos construir.
Miryan Wodnik: «Cuando compartimos el duelo, el dolor encuentra un lugar donde ser escuchado y reconocido»
«Detrás del arcoíris. La sabiduría» nace de una situación límite. ¿En qué momento comprendiste que esa experiencia debía convertirse en relato y no quedarse en lo íntimo?
Hay un momento en la vida en que comprendemos que lo que nos ocurre no es solo nuestro. Que la herida que sentimos tiene raíces universales. Que nada humano nos es ajeno.
En mi propio recorrido por el túnel del duelo, durante un tiempo necesité silencio. Necesitamos silencio para digerir despacio lo que acontece deprisa, o demasiado rápido para nuestra capacidad de asimilar. El dolor requiere recogimiento para encontrar su sentido. Mientras acompañaba a tantas personas en procesos de pérdida, enfermedad, ruptura o desorientación vital, fui reconociendo que el sufrimiento se intensifica cuando luchamos contra lo que ya está ocurriendo.
Cuando perdemos algo amado, cuando la vida no responde a nuestros planes, cuando lo inesperado irrumpe, sentimos dolor o impotencia. Y junto a estas emociones aparece otra capa: nuestra dificultad para aceptar lo que es, nuestro apego a lo que imaginábamos, nuestras exigencias sobre cómo debería haberse desarrollado la historia. En mi búsqueda de recursos encontré herramientas que estaban más allá de mi zona de confort. Inicie mi viaje heroico pasando de un mundo ordinario a un universo extraordinario.
En ese punto comprendí que podemos aprender a sostener lo que duele mientras aprendemos lo que aún desconocíamos, y con mayor conciencia. Podemos ampliar la mirada.
También nos ayuda observar la trayectoria de seres humanos que atravesaron circunstancias extremas y supieron transformar la adversidad en profundidad. Cuando miramos con perspectiva, advertimos que la transformación es la salida, y que está disponible para todos nosotros. El sufrimiento puede abrirnos. La desesperación puede volverse lucidez. Entendí que compartir la experiencia en forma de relato podía convertirse en un acto de servicio. Ordenar lo vivido para que otros se reconozcan. Poner palabras a lo que a veces no sabemos nombrar. Recordarnos que estamos atravesando procesos profundamente humanos, y que en ellos también se gesta sabiduría.
«El sufrimiento puede abrirnos. La desesperación puede volverse lucidez»
Cuando la vida rompe los planes previstos, ¿qué implica reinventarse?
Cuando los planes se quiebran, también se tambalea la imagen que sosteníamos de nosotros mismos. Nos encontramos en un territorio desconocido. Y ese territorio nos pide algo complicado en momentos de gran incertidumbre: soltar.
Reinventarnos implica habitar las preguntas. Permanecer en la incertidumbre sin apresurarnos a llenarla. Aceptar que hay etapas en las que no tenemos todas las respuestas y que, aun así, seguimos avanzando.
Todos conocemos ese impulso por recuperar rápidamente el control. Sin embargo, hay procesos que necesitan maduración. Hay pérdidas que requieren silencio interior. Hay momentos en los que la vida nos invita a soltar expectativas rígidas y a confiar en que algo más amplio se está reorganizando en nosotros.
«hay procesos que necesitan maduración. Hay pérdidas que requieren silencio interior»
Soltar es un acto profundo de confianza. Soltar la idea de cómo debía ser. Soltar la identidad anterior. Soltar el relato que ya no encaja. En ese movimiento, lo que parecía denso empieza a transformarse en claridad. Lo que vivíamos como obstáculo puede convertirse en aprendizaje.
Con el tiempo descubrimos que cada ruptura contiene una semilla. Esta se gesta bajo tierra en la oscuridad. El fruto germina despacio. La incertidumbre ensancha nuestra conciencia. Y esa transformación sucede mientras atravesamos el proceso, paso a paso, respiración a respiración.
Reinventarnos es permitir que la vida nos transforme desde dentro. Como describe esta reseña: “DETRÁS DEL ARCOÍRIS muestra un camino que transforma a la persona presa de un hondo sufrimiento. Valentía, constancia, guía cercana que indica cómo conjugar corazón y mente. El fruto es libertad interior para amar y servir a otros, algo que se parece mucho a la felicidad”. Camino Cañón Loyes, profesora de Lógica Matemática en la Universidad Pontificia Comillas.
En los procesos de pérdida, ¿qué función cumple la comunidad como factor protector y qué sucede cuando el dolor se vive en aislamiento?
Somos seres relacionales. Nuestro equilibrio psicológico se construye en el vínculo. Cuando compartimos el duelo, el dolor encuentra un lugar donde ser escuchado y reconocido.
En «DETRÁS DEL ARCOÍRIS. LA SABIDURÍA», la familia participa en un Death Café. Se reúnen para conversar sobre la muerte con naturalidad. Escuchan otras experiencias, formulan preguntas difíciles, descubren las fases del duelo y asientas una verdad ineludible: todos los que nacemos, morimos. Esta certeza, asumida colectivamente, puede guiarnos hacia una mayor serenidad. Hablar de la muerte nos devuelve a la vida. Compartir el miedo lo vuelve más manejable. Escuchar a otros amplía nuestra perspectiva.
Cuando el dolor se vive en aislamiento, la mente tiende a cerrarse sobre sí misma. Los pensamientos se repiten, las emociones se intensifican. La experiencia se vuelve más absorbente y rígida.
Cuando el dolor se vive en aislamiento, la mente tiende a cerrarse sobre sí misma.
En comunidad, el sufrimiento se ablanda. La mirada del otro nos regula. La palabra compartida nos integra. Nos recordamos que estamos atravesando algo profundamente humano y que no caminamos solos.
Así es el título del capítulo 9 en la página 89: “El amor es lo único que crece cuando se reparte. El papel del amor en la vida del ser humano es el del agua para una planta. Su presencia nos nutre, nos hace florecer; su ausencia nos deshidrata como uvas al sol”.
En tu práctica profesional, ¿cuáles son los errores más frecuentes que observas en la gestión del duelo, especialmente en contextos organizacionales donde se exige rendimiento continuo?
En muchos contextos organizacionales se prioriza la continuidad y el rendimiento. El duelo queda relegado al ámbito privado. Sin embargo, el impacto emocional de nuestras pérdidas atraviesa inevitablemente lo colectivo.
Mi experiencia en un hospicio en Múnich transformó mi comprensión sobre esto. Allí se habla de “habitantes” no de pacientes, para designar personas que viven su etapa final. Se respira humanidad compartida. Se atienden los miedos, las despedidas, los recuerdos, las reconciliaciones. Cuando el entorno reconoce la vulnerabilidad, el sufrimiento encuentra un espacio digno.
En las organizaciones, integrar esta sensibilidad fortalece los vínculos. Reconocer la pérdida, ofrecer espacios de conversación, permitir que las emociones y también las ilusiones tengan lugar, crea cohesión y confianza.
El dolor forma parte de la experiencia humana también en el ámbito laboral. Cuando lo atendemos con conciencia colectiva, generamos culturas más sanas, más comprometidas, cohesionadas y más auténticas.
«El dolor forma parte de la experiencia humana también en el ámbito laboral»
Así es el título del capítulo 37: «Compartir nuestros dones: forjando senderos de sabiduría en comunidad». Veamos la experiencia descrita en la página 89: “En comunidad todos y cada uno de los amigos se entrenaban en la satisfacción. Sabían que si con todo lo que tenían no eran felices, con todo lo que les faltaba tampoco”.
¿Qué conversación estructural, más allá de lo emocional, te gustaría que este libro abriera tanto en las familias como en las organizaciones?
Me gustaría que nos invitara a revisar la intención con la que vivimos. La calidad de nuestros pensamientos, de nuestras palabras, acciones configura cómo nos relacionamos y le damos sentido a vida, al trabajo en la cultura que habitamos. Honestidad, transparencia, humildad, compasión, empatía. Valores que sostienen relaciones sanas. Valores que requieren práctica cotidiana.
También necesitamos reflexionar sobre el ritmo. Un ritmo que permita presencia. Estar verdaderamente donde estamos. Disfrutar lo que hacemos con conciencia.
Cuidar lo valioso exige atención constante. La salud, el amor, la confianza, las relaciones florecen cuando las tratamos con delicadeza, como una amapola que necesita luz y cuidado. La costumbre puede adormecer la gratitud. Recordar la fragilidad nos despierta.
La impermanencia atraviesa toda nuestra existencia. Las relaciones cambian. Las etapas se transforman. La vida se mueve. Cuando integramos esta realidad con ecuanimidad, ampliamos nuestra serenidad. Aprendemos a convivir con el cambio como parte natural del proceso humano.
Quizá la conversación que deseo abrir es esta: cómo construir comunidades —familiares y profesionales— que integren la vulnerabilidad, cuiden lo esencial y nos permitan crecer juntos enriqueciéndonos unos con otros, en nuestras luces alumbrando nuestras sombras.
Porque todos estamos aprendiendo a vivir con paz interior y amor proyectado. Y ese aprendizaje se vuelve más profundo cuando lo hacemos en comunidad.
Veamos el proceso de transformación descrito en la página 363: «A veces basta una mirada, una palabra, un gesto casi invisible… Otras, una cadena de hechos que parecen no tener relación. Y lo que hasta entonces estaba opaco empieza a ceder. Tal vez no de golpe, pero sí lo justo para que entre un hilo de luz. Y entonces comprendemos que hay una inteligencia que no se estudia ni se planifica, que no nace del control ni del esfuerzo. Allí, donde no hay certezas ni finales felices, y, sin embargo, surge la esperanza que se cultiva en los días grises. Allí surge la sabiduría que brota cuando ya no esperamos milagros y tampoco renunciamos a ellos.
Brilla la luz que nos encuentra cuando, al fin, nos hemos encontrado. Allí, donde la ciencia se abraza con la fe, el miedo con la valentía y la perseverancia con la humildad, a veces ocurre: El universo responde. Quizás no como esperábamos.
¿Tal vez como necesitábamos?«


