El teatro tiene la capacidad de convertir lo privado en colectivo. De tomar una historia familiar, aparentemente íntima, y expandirla hasta que el espectador reconozca en ella algo propio, algo que también le habita sin que nadie se lo haya explicado. Eso es, exactamente, lo que consigue Yo solo quiero irme a Francia, el debut como autora y directora de Elisabeth Larena, actualmente en cartel en el Gran Teatro Pavón de Madrid.
Una herencia inesperada como punto de partida
La obra arranca con un gesto desconcertante: Inés acude al velatorio de Pilar, una mujer a quien nunca conoció pero que, de forma inexplicable, le ha dejado su casa en herencia. La gran excluida es Leo, la propia nieta de Pilar. Este detonante narrativo, que podría pertenecer a un thriller o a una comedia negra, se convierte en realidad en la puerta de entrada a una historia mucho más profunda: la reconstrucción de la vida de Pilar desde su infancia, en los últimos meses de la Guerra Civil, hasta su juventud en la Sección Femenina.
Lo que en apariencia es un conflicto legal se transforma, a medida que avanza la función, en una investigación emocional. Inés y Leo se ven obligadas a desenterrar una vida de silencios, decisiones no explicadas y afectos reprimidos. El resultado es un texto que transita con naturalidad entre la comedia, el suspense y la emoción más genuina.


El peso invisible de lo que no se dice
La propuesta de Larena es, en esencia, una reflexión sobre las herencias emocionales: esas cargas que se transmiten de generación en generación sin que nadie las nombre, sin que nadie las reclame, pero que moldean maneras de amar, de callar y de vivir. La autora bebe de su propia historia familiar para construir a Pilar, y ese «Yo, oír, ver y callar» que aparece en la obra resuena como un mandato cultural que muchas mujeres en España reconocerán, aunque hayan tardado años en identificarlo como tal.
La elección de enmarcar la historia en la Sección Femenina no es casual. Larena sitúa a su protagonista en uno de los contextos más complejos del franquismo para las mujeres: una institución que, bajo la apariencia de formación y camaradería femenina, funcionaba como mecanismo de control y adoctrinamiento. Ese telón de fondo histórico convierte la obra en una pieza de memoria colectiva tanto como en un drama personal.
Un elenco de altura, con María Galiana en el centro
La función cuenta con un reparto formado por Nieve de Medina, Alicia Armenteros, Anna Mayo y María Galiana. La veterana actriz sevillana, a sus ochenta años, ofrece una interpretación de una precisión y una verdad que hacen de cada uno de sus momentos en escena un privilegio. El público así lo recibe: su sola presencia genera una atmósfera de escucha atenta que pocas actrices son capaces de provocar.
El mano a mano entre las cuatro intérpretes sostiene una dramaturgia que exige tanto el registro cómico como el emotivo, y el conjunto lo resuelve con solvencia. La escenografía sobria sirve de marco sin imponer, dejando que sean las palabras y los cuerpos los que lleven el peso de la historia.

Teatro como conversación cultural
Yo solo quiero irme a Francia llega en un momento en que la memoria histórica sigue siendo en España un terreno de debate vivo. Pero Larena no escribe un manifiesto ni una lección de historia: escribe sobre mujeres concretas, sobre decisiones que parecen incomprensibles hasta que se entiende el mundo en el que fueron tomadas, y sobre la frase que queda flotando al final de la función: «Tú eres mejor que lo que has hecho». Una afirmación que habla de culpa, sí, pero también de redención y de la posibilidad de entender, aunque ya no sea posible perdonar en vida.
Una ópera prima que demuestra que el teatro sigue siendo el lugar donde las historias que no se heredan en palabras pueden, por fin, ser contadas.
Yo solo quiero irme a Francia se representa en el Gran Teatro Pavón de Madrid. Consulta el calendario de funciones en su web.

