La Vida nos para los pies

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¿Sabían ustedes que el águila, llegado determinado momento de su existencia, sólo tiene dos opciones: dejarse morir o aislarse en el pico más alto durante 150 días para, tras arrancarse pico y uñas, dejarlos crecer de nuevo?. Así, el ave, vuelve fortalecida a emprender otra etapa de su vida.

¿Estamos preparados para cambiar nuestro “pico y nuestras uñas”?. Sirva una pequeña historia inventada para ilustrar mi teoría en cuanto que: LO ESTEMOS O NO LO ESTEMOS, LA VIDA NOS PARA LOS PIES. Veamos.

Una historia que contar
Carmen (76 años), de espaldas a su hija Laura (50 años), mira con gesto de angustia e interrogación a Julia. Ella desvía la tensión del momento compartiendo décimas de segundo su fondo de ojo y enviándole un mensaje de tranquilidad y alegría. Mientras, habla con Laura, quien está atenta a la llegada de su madre y hermano.

Están en el hospital en el que Laura ha sido ingresada por un desafortunado accidente que le ha provocado una rotura de cadera y una intervención inmediata. A Julia le ha impresionado su visión. Está ajada y muy, pero que muy mayor para su edad.
Desde que 25 años atrás abandonara la casa materna, decidida a no seguir sometida al dictado de su padre, Laura nunca ha sido feliz. Raramente.

No fue mal hogar el familiar. De clase media bien y con padres atentos a sus hijos. Pero Laura siempre quiso actuar por su cuenta. Lo cual chocaba frontalmente con la disposición de su padre.

Recibió una buena formación, pero no quiso tener estudios universitarios. Empezó a trabajar pronto y, tras pasar un año en Dublín (adonde se fue de au pair para mejorar su inglés), trabajó como administrativa en diferentes empresas hasta que, a los 45 años quedó en paro.

Las relaciones
En lo personal tuvo varias relaciones. La primera terminó cuatro años después de nacer, antes de concretarse en boda (ajuar comprado inclusive y disgusto familiar también). La segunda duró diecisiete años, de los cuales siete fueron de regalo. El, hombre casado y con hijos, jamás dejó a su mujer. A pesar de sus eternas promesas. Laura tuvo dos embarazos. Los dos los abortó porque no soportaba la idea de presentarse en su casa con semejante papelón, ni tampoco se veía con energía como para criarlos sola. El cuarto, soltero y sin hijos, fue un hombre con el que compartió muy buenos momentos, pero al que le pesaba demasiado el considerar que pertenecían a clases sociales diferentes. El quinto y último, le ha proporcionado tres años de felicidad y un proyecto de vida en común que ella misma se ha encargado de estropear.

Carlos, diez años mayor que ella, cirujano, divorciado y con dos hijas; conoció a Laura en el bar del barrio que ambos frecuentaban a la hora del café. Fue a través del dueño quien, en un requiebro de la conversación que mantenía con Carlos a cuenta de las corridas de toros de San Isidro insistió en que, si alguien entendía de esto, era Laura. Y así, un uno de mayo, empezó a escribirse la historia. A partir de ahí, se dieron todos los parámetros para que ambos emprendiesen un proyecto de vida en común que se ubicó en la espléndida casa de él en el campo. Fueron años de viajes, planes, amigos, hospitalidad, conocimiento mutuo y felicidad. Pero Laura, sorprendentemente, languideció.

Bebedora desde los 18 años (cerveza y ginebra fundamentalmente), fumadora impenitente, con una dieta poco saludable, nada amiga del ejercicio físico y con cero inquietudes intelectuales, se enfrentó a su propia naturaleza ignorándola sistemáticamente. Así, cuando su organismo le dio las señales de que estaba ante un rotundo cambio hormonal, lo ignoró. Tal y como ignoró las señales que recibía de su pareja en cuanto a que algo no iba bien.

El escenario personal
Cuando Laura por fin había conseguido el escenario personal que tanto había anhelado toda su vida, se abandonó completamente. El alcohol, la desidia y los fantasmas del pasado campaban por donde querían. Si pocas inquietudes tuvo nunca, ahora ya estaba en punto muerto. Durante dos años, Carlos intentó que reaccionara, quiso llevarla a médicos, pero ella se negó. Completamente. Con la misma terquedad que manifestó siempre con su padre y todos los suyos. Así pues, emprendió sola, en casa de Carlos, el camino interior hacia ninguna parte. La relación se rompió. Pero el problema era adonde iba ella a vivir. Su piso alquilado le proporcionaba unos ingresos claves para asegurarle su estabilidad económica. Y no tenía nada más.

Aquella tarde de hospital era agradable. Entraba el sol por la ventana del pasillo y sus rayos daban una iluminación especial. Julia agradeció la soledad. La enferma, con trenzas, canas y gafas color fucsia, estaba comiéndose un yogurt. Bajo el camisón se adivinaba el pecho y abdomen caído. Únicas zonas de su organismo donde la piel y el hueso no tenían todo el protagonismo. A la altura de la cadera: el vendaje y la inflamación de la pierna. “Tres clavos me han puesto”. “Tengo que estar ejercitándola todo el tiempo”. “¡Que mal se está aquí, me quiero ir ya!”. Todo eso después de los saludos y los besos. Los hombres siempre habían sido el tema capital entre las dos. Por fin Julia se arrancó. “¿Qué tal con Carlos?”.

Desde hacía varias semanas, Laura ya había puesto en conocimiento de su amiga la situación. El quería terminar con la convivencia y le había pedido a ella que pensase qué hacer. Pero ella no tenía adonde ir y volver a su casa materna, ni pensarlo. “No aguanto a mi madre”. Aquel día, y por segunda vez desde que se conocían (la primera costó tres años de silencio entre las dos) Julia fue contundente: “Perdona, tu no te aguantas ni a ti misma. Esa es la cuestión”.

Ante su negativa a acudir al médico, a abandonar el alcohol, a comer bien y a cuidarse, Carlos emprendió una febril actividad profesional y docente que le llevó a viajar por todo el mundo y sobre todo a alejarse de ella. Laura, no soportó por mucho tiempo la soledad del campo.

Epílogo
La relación se había zanjado muy por las buenas, con llaves a compartir sin problema, por el tiempo que fuera preciso, y con parte de sus enseres en casa de él. El fin de semana antes del accidente ya habían llevado algunas cajas a casa de su madre. Laura había empezado a ir al psiquiatra. Aturdida ante los cambios (a los que era completamente reactiva) y el devenir de los acontecimientos. Asustada ante su decisión de ponerse en tratamiento. Nerviosa por la nueva situación de convivencia (y sin ganas de emprenderla). Entristecida por la pérdida de Carlos. Laura apretaba la mano dentro del bolsillo de su abrigo mientras se despedía de él. De vuelta a casa de su madre, tropezó y definitivamente, se paró.

Un accidente nos cambia
la vida. Una enfermedad. Una pérdida personal. Cualquier cosa. La más inesperada. Igual que vivir y morir son caras de una misma moneda, cambiar es parte esencial de la existencia de cualquier ser humano. Moraleja: quien no esté preparado para ello, que se prepare, pues tarde o temprano LLEGA.

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