La soledad como estilo de vida.

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Cada día hay más mujeres –y también hombres- que optan por la soledad como forma de vida. En España a lo largo de la década de 1991 a 2001 los hogares unipersonales se incrementaron en más de un 80%. No se trata de un fenómeno vinculado al envejecimiento de la población, sino de una nuevo estilo de vida.

Incluso teniendo pareja, hombres y mujeres prefieren el live apart together que la convivencia. ¿Qué les da la soledad? ¿Por qué vivir solo es un placer? ¿Qué está pasando en las relaciones entre el hombre y la mujer que esté relacionado con este
fenómeno?

Tras una separación o divorcio son muchas las mujeres y hombres que prefieren apostar por la independencia y, aunque se vuelvan a enamorar, evitan la convivencia. Les resulta más cómodo y también menos arriesgado. El dolor de la ruptura anterior les ha marcado demasiado profundamente y, sobre todo si hay hijos, optan por un estio de vida en el que la prioridad son los niños y el trabajo, más que la relación de pareja. Un proyecto de vida en común no está contemplado, tal vez por egoísmo, tal vez por miedo e incaocidad de entrega, tal vez porque cada día somos más exigente con nosotros mismos, con los demás y con la vida en general de forma como para abrirnos a ceder, a negociar y a compartir.

La soledad permite improvisar, hacer cosas sin tener que avisar a nadie previamente de tus planes… También facilita la conexión con uno mismo, en soledad la persona entra auténticamente en contacto con sus necesidades sin ninguna determinación exterior.Tanto los hombres como las mujeres acaban sintiéndose más libres estando solos que viviendo en pareja. Esta tendencia no es sólo propia de nuestro país, sino que aún se manifiesta de manera más exagerada en Francia y en Alemania.

Y es que la soledad tiene sus recompensas. La soledad permite improvisar, hacer cosas sin tener que avisar a nadie previamente de tus planes… También facilita la conexión con uno mismo. Los momentos de soledad son necesarios porque es el momento en que la persona entra auténticamente en contacto con sus necesidades sin ninguna determinación exterior. La soledad puede resultar muy creativa -uno encuentra más fácilmente el tiempo para desarrollar sus aficiones (leer, escribir, pintar…)- y convertirse en un gran momento de autoconocimiento.

La soledad nos aporta muchas cosas positivas. Es en la soledad que emerge más lo que somos porque a menudo interpretamos un papel según quien tenemos delante para dar la mejor imagen de nosotros mismos. La soledad nos puede dar mucha profundidad y más conciencia de lo que somos, de lo que queremos. Es un espacio de libertad completa.

De entrada si una persona no sabe o no puede estar sola, tampoco será capaz de mantener una relación de pareja sana: la pareja no surgirá del deseo de estar con otra persona, sino de la pura dependencia. Amar de verdad no es huir de la soledad, sino tomar la decisión de compartir la vida con otra persona, y el paso previo a esta “interdependecia” debe ser la independencia que se cultiva con la soledad.

A pesar de la mala prensa que tiene la soledad, el biólogo Humberto Maturana afirma: "La soledad es una experiencia que tiene que ver con la fantasía de la compañía. Una persona que está adecuadamente integrada en su quehacer, que está en armonía con su vida porque su vida tiene sentido nunca está en soledad solo o acompañado. En cambio el que no tiene esa relación de armonía consigo mismo se sentirá solo, aunque esté acompañado". De hecho hay que distinguir entre la soledad y la sensación de sentirse solo. Uno puede estar rodeado de gente y sentirse completamente aislado, incluso esta sensación resulta más dolorosa estando en pareja. Este aislamiento sí que deriva en sufrimiento.

Desde mi punto vista lo más importante y el gran reto que tienen los hombres y las mujeres de nuestro época es conseguir mejorar la comunicación. Es la auténtica solución al aislamiento. A pesar de las redes sociales y de los grandes avances tecnológicos no se fomenta una comunicación de calidad que lleva a un "nosotros". Somos demasiados competitivos e individualistas y sobre todo nos cuesta abrirnos al otro de forma auténtica y sincera. Incluso viviendo en pareja a menudo somos incapaces de ver al otro de forma plena, de escucharlo de verdad.

Nos quedamos enjaulados en nuestros pensamientos y discursos internos. No cedemos ni modificamos nuestra manera de ver las cosas. Escuchar de verdad significa dejar abierta la posibilidad de que el otro nos convenza y nos influya.
No es lo mismo que esperar a que el otro termine su discurso impacientes para soltar el nuestro. Dialogar es atreverse a compartir la nuestra visión del mundo.

Compartir es ir más allá de una relación de intercambio o de exigencia en la que el otro tiene que cubrir mis necesidades. El amor verdadero es aquel que no espera nada a cambio, un amor que acepta los defectos en el otro y que no exige. Este tipo
de amor y de relación es el que combate el aislamiento. Es también un gran reto aprender a conquistarlo.

*Silvia Díez es filósofa y terapeuta gestalt, co-autora de la novela "A Solas, la aventura de vivir".

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