La casta

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Resulta difícil resistirse a escribir sobre la casta, cuando este vocablo resuena repetidamente en tertulias y noticiarios y, sobre todo, cuando se constata que la casta existe. Desde los tiempos del medievo, ha usurpado privilegios, dilapidado recursos, provocado guerras…. Sorprende que en tiempos de Internet y alta tecnología, nada haya cambiado. Ya no reclama el derecho de pernada, pero la casta y sus privilegios perduran.

Quienes han trabajado o trabajan en alguna de las grandes empresas del Ibex o en organismos de la administración, han visto como los mejores puestos van siendo copados por una serie de personas que, en muchos casos, acceden a ellos no por su valía o experiencia, sino por su pertenencia a la casta. Una legión de incompetentes y mediocres ha ido infiltrando poco a poco posiciones de poder y, para agravar más las cosas, suelen traen como pareja de su ineptitud el ser un@s auténtic@s desaprensiv@s. No contentos con usurpar aquellos cargos que correspondería ocupar a quien profesionalmente lo merece, se dedican a perseguir y "machacar" a tod@ el que destaca por su valer, dedicación o bien hacer profesional.

 Los mejores puestos van siendo copados por una serie de personas que, en muchos casos acceden a ellos, no por su valía o experiencia, sino por su pertenencia a la casta

El comportamiento de la casta se asemeja a la del virus, que infiltrándose en las células de un ser vivo, actúa sobre su ADN y consigue que la célula trabaje en beneficio del invasor y en contra del organismo del que forma parte; al que finalmente acaba destruyendo si las defensas no consiguen vencer la batalla. Así actúa la casta: sus objetivos no son otros que perpetuarse y lucrarse, aunque ello suponga en última instancia la descomposición de la institución o del país.

Se habla de "techos de cristal" aludiendo a la barreras con que la mujer se encuentra en su desarrollo profesional por el hecho de serlo, y que por supuesto es algo que debe ser erradicado. Pero hay otro techo imposible de traspasar que es aquél que surge de la no pertenencia a la casta. La trayectoria laboral de trabajadores de gran valía, termina estrellándose contra este techo que pone el límite a su carrera profesional. Por encima sólo está la casta que, por supuesto, puede ocupar cualquier puesto, o varios a la vez en sectores muy diversos, faltaría más.

Y para que no puedan ponerlo en evidencia, el cargo de la casta no incluye en su equipo a los mejores, sino a mediocres y aduladores; y ¡ay! del que destaque por su valía o su profesionalidad.

Recientemente me pidieron que propusiera un candidato para optar a determinados premios relacionados con la Responsabilidad Social Empresarial. Contacté con un antiguo colaborador que hace años trabajó en mi dirección, por entender que su trayectoria le hacía sobradamente merecedor de tal premio. Cuál sería mi sorpresa cuando me rogó que no incluyera su candidatura, porque si llegara a ganar, a su actual jefe le daría "un ataque" y haría todo lo posible para echarlo. No hace falta que me explaye en como llegó su jefe al cargo que ostenta. Queda patente la diferencia entre quien se merece el cargo y crece con su colaboradores y el miserable que consigue el puesto porque la casta así lo decide.

La casta es cerrada y endogámica; sólo se accede a ella por a partir de la política, por supuesto, por vínculos familiares, de amistad o "carnales". De nada sirve un magnífico curriculum o una reputada trayectoria laboral.

Por el bien del país, por el futuro de nuestros hijos, debemos y podemos trabajar para que la casta acabe siendo sólo un mal recuerdo de una época oscura de nuestra historia. Y podemos hacer que la esperanza renazca. ¡Claro que podemos!

*Rafael de Sádaba es Ingeniero de Telecomunicación, ex-directivo de Telefónica, experto en tecnologías, negocios y RSE.

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