Formación y esfuerzo: hacia la inclusión social de las mujeres con discapacidad

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Normal 0 21 false false false ES X-NONE X-NONE MicrosoftInternetExplorer4 El talento es la energía natural sobre la que se erige la excelencia y la piedra angular sobre la que se sustenta el desarrollo personal. El talento es, con frecuencia, innato, mientras que la educación se va construyendo a lo largo de un pedregoso camino en el que las mujeres con discapacidad, todavía hoy, tienen que salvar numerosos obstáculos para alcanzar el paso del resto de la sociedad.

Las cifras son elocuentes: según el Informe Olivenza, tan sólo el 4,6% de las mujeres con discapacidad de 25 y más años tiene estudios universitarios o equivalentes, frente al 19,6% de las mujeres sin discapacidad con esta misma edad. Si ponemos el foco en la variable género, la situación no mejora: el nivel educativo de las mujeres con discapacidad se sitúa dos puntos por debajo del de los hombres -un 6,42% de hombres con discapacidad poseen títulos universitarios-. 

Tan sólo el 4,6% de las mujeres con discapacidad de 25 y más años tiene estudios universitarios o equivalentes, frente al 19,6% de las mujeres sin discapacidad con esta misma edad.  Buscando las causas de esta situación de desventaja, la Encuesta EDAD (Instituto Nacional de Estadística. INE) apunta al excesivo proteccionismo de los padres y al posible temor a que sus hijas abandonen el hogar para ir a estudiar. El negar la educación a las niñas con discapacidad, a buen seguro conduce a perpetuar los patrones tradicionalmente asignados a la mujer, como las tareas  de limpieza en el hogar o el cuidado de los mayores y redunda en otra faceta fundamental para lograr su plena inclusión en la sociedad, como es la laboral.

En el contexto del empleo, las cifras revelan una distancia aún mayor, si cabe, entre hombres y mujeres. Así, del total de hombres con discapacidad mayores de 16 años, un 16,26% tiene un empleo, frente a un 8,32% de mujeres. Todo ello pese a que el número de mujeres con discapacidad en este país es superior al de los hombres (2,5 frente a 1,6)  y de que en los últimos diez años la tasa de actividad de las mujeres ha experimentado un relevante incremento, pasando del 23,7% al 31,2%.

Sin duda, el talón de Aquiles de este colectivo está en su exiguo nivel formativo, una falla detectada ya hace tiempo, sobre la que ahora la Estrategia UE 2020  y la Estrategia Europea de la Discapacidad 2010-2020 ponen el acento para contrarrestarla con medidas de choque, entre las que destaca el impulso a la Enseñanza Superior, al considerarla la senda óptima que ha de seguir cualquier persona que aspire a un empleo de calidad.

Estos indicadores nos colocan sobre la pista de que transitamos sobre un terreno movedizo, en el que las mujeres con discapacidad están emprendiendo imaginativas y firmes iniciativas para derribar las barreras, que en muchos casos, provienen del propio contexto familiar y de un entorno universitario poco afín a las necesidades de los estudiantes con discapacidad de uno y otro sexo.

Para contrarrestar estas barreras las mujeres con discapacidad hacen gala de tres rasgos que caracterizan al sexo femenino: la constancia, el esfuerzo y la intuición. Elementos clave, según Gladwell, Vargas Llosa o Dan Coyle en la configuración del talento.

 La educación inclusiva es, sin duda, el terreno de juego en el que el colectivo de mujeres con discapacidad aspira a mantener el encuentro. Una educación verdaderamente inclusiva que permita a todas aquellas mujeres con discapacidad que se esfuerzan por desarrollar su talento, encontrar un camino directo hacia el empleo.

Educación y talento; esfuerzo e imaginación; formación y empleo, binomios que jalonan el camino hacia la inclusión social de las mujeres con discapacidad.

*Montserrat Balas, es Profesora de la U.C.M. y Directora de comunicación y nuevas tecnologías de FSC Inserta/Fundación ONCE.

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