Dolor de más ¿qué dolor es ése?

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No hablo de dolor físico sobrevenido por una enfermedad o accidente. No. Me refiero al dolor emocional. Como cualquier dolor tiene diferentes intensidades. Para mi, el que está de más es ese que se te pega a la boca del estómago o al hígado y no te deja vivir tranquila. Ese que cuando te despiertas te abofetea con una realidad que no te gusta, y hace que te suba una especie de náusea con la que no sabes qué hacer.
No me preocupa aquí la circunstancia que esté produciendo el sufrimiento que trae el dolor. Puede ser cualquier cosa. Da igual. Lo que importa es que se sufre y eso duele hasta decir basta. Duele de más y eso es todo. Pero además, sin control. No eres capaz de pararlo. Sólo te queda dejarte llevar por la rutina antes de despeñarte por el abismo.

Espacio negro

Cuando todo lo que sucede y te rodea te lleva al eje del dolor, debes afrontarlo.

¿El abismo? ¿Qué abismo?. El que habita en todos y cada uno de nosotros. Un espacio que yo pintaría en negro y en el que cuando entras pierdes el sentido de la orientación. Así, todos los días se vuelven iguales para ti. Grises y plomizos. Estás ahí, no te queda otra, y no sabes hacia dónde vas ni qué pintas entre el bullicio de los demás.
Ante semejante panorama hay que actuar antes de que las fuerzas fallen. No te puedes abandonar jamás. Te lo debes a ti misma. ¡Por defecto! (Permíteme que tire de la jerga informática que tanto abunda hoy día).

Voluntad de hierro

Contra el dolor de más no hay pócimas. Sólo conozco una fórmula: tener una voluntad de hierro y tomar consciencia de quien y qué somos realmente. Ese viaje, ¡amiga mía! es personal e intransferible. Emprende la búsqueda en cuanto detectes que algo te genera sufrimiento. Ahonda en ti misma. Si no sabes hacerlo sola ayúdate. Para hacerlo busca tu fórmula. Sé sincera contigo misma y , cuanto menos, duda de lo que traes aprendido. ¡Vaya a ser que estés sufriendo por absurdeces!.


Soluciones de estar por casa

La cotidianidad, la rutina del día a día, es otra cosa. Cuando te levantas y te duele. Cuando te miras al espejo y brotan las lágrimas. Cuando entras por la puerta de la oficina y no quieres ver ni oír a nadie. Cuando todo lo que sucede y te rodea te lleva al eje del dolor, debes afrontarlo. Sí, sí. Ponte delante del espejo. Mírate toda tu. Concéntrate en el centro de tu ojo y, en ese momento en el que te conectes, abre el corazón. Pon tu mente en el alma y siente amor. Si necesitas ayudarte toma algún recuerdo que te inunde de infinita ternura. No bajes la mirada. Sigue mirándote a los ojos. Deja que fluya desde el centro de ti la emoción de amar y sentirse amado. Y llora todo lo que tengas que llorar. Pero no te dejes nada dentro. Luego, ponte ropa cómoda y salte a andar. Una hora. Cada día, hasta que el origen del sufrimiento lo tengas "colocado". (Quien dice colocado dice aceptado, eliminado, ¡lo que sea!.

Cada una hará con el origen de sus males lo que considere oportuno). Da igual donde vivas. Da igual que tengas poco tiempo. Da igual el cansancio. Voluntad de hierro. ¡Ah!, y, de vez en cuando: respira hondo. Inspira por la nariz, expira por la boca. Deja que la respiración llegue al abdomen y sentirás como un masaje por la boca del estómago que es muy reconfortante. Ayúdate.
Un último apunte: mírate a ti misma con los ojos de otro. Obsérvate como si no fueras tú. No es fácil. Practica hasta que lo logres. Luego escribe lo que ves y, si no te gusta, o lo cambias o lo aceptas. Pero, por favor, no te tortures. Seguro, seguro, que no te lo mereces.

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