De Mujeres y Responsabilidad Social (fallida)

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Pienso en voz alta, sólo eso estimado(a) lector(a). No son tiempos para sentencias lapidarias, divisiones, adoctrinamiento o crítica barata, pero sí me parece que lo son para hacerse preguntas… ¡nada menos! Así que, piense conmigo ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo es siquiera posible hablar de responsabilidad social (dentro o fuera de la empresa) cuando las mujeres no han alcanzado su plena ciudadanía? ¿Qué hay detrás de ese manido concepto “igualdad”? ¿Por qué estos asuntos no son “cosa de mujeres” sino de supervivencia social? ¿Qué relación tiene todo esto con la RSC/RSE?

Intentemos pensar juntos y con suerte hasta intuir respuestas.

1.- Feminismo: un paso obligado.

Desde sus primeros postulados colectivos en el siglo XVII, el feminismo es al mismo tiempo toma de conciencia y expresión de la desigualdad padecida por las mujeres, relegadas a la esfera de lo privado desempeñando siempre los mismos roles: madres, hijas, esposas, sirvientas. Las tareas en el campo asistencial y de cuidados quedaban muy cortos a esa mitad de la población sin voz y comienzan las vindicaciones del trabajo femenino en el espacio público que pueden encontrarse en toda la tradición clásica de feminismo de la igualdad.

“Es deber de las mujeres asegurarse el sagrado derecho del voto” y, “que la igualdad de los derechos humanos es consecuencia del hecho de que toda la raza humana es idéntica en cuanto a capacidad y responsabilidad”. Fue en las calles y salones parisinos donde algunos y algunas (nobles) se reunirían en un ensayo de igualdad a discutir sobre “la cuestión femenina” que  se convertía en un tema relevante y polémico: desde cómo educar a las niñas hasta la presión femenina por acceder a círculos intelectuales. Durante la Revolución francesa se plantea el reconocimiento de las mujeres como sujeto político, no obstante, pronto se verá que las luchas se comparten, no así los triunfos y menos aún los privilegios prometidos por la ilustración: Marie Gouze, mejor conocida como Olympe de Gouges, denunciaría constantemente la traición de esa revolución hacia las mujeres porque no significó ninguna era de libertades para estas.

Consciente de que sin derecho al divorcio, educación, a la propiedad, participación política o igualdad dentro de la iglesia y las familias las mujeres seguían siendo excluidas del proyecto social que germinaba, escribe en 1791 la Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana, que incorpora incesantemente la palabra mujer olvidada por el texto original de 1789, redactado por hombres y para ellos. En su artículo primero asienta que “la mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden estar fundadas en la utilidad común”.

Si durante el cartesianismo ilustrado y la Revolución francesa se adelanta algo en la explicación de las causas de desigualdad entre hombres y mujeres, finalmente se identifica el voto femenino como prioridad para alcanzar un reconocimiento formal de igualdad con todos los beneficios sociales que ello supondría. A través de él se daba forma a las ciudadanas (nunca antes reconocidas como tales) que, ahora cobijadas bajo leyes democráticas, podían exigir lo necesario para desarrollar sus potencialidades.

En el siglo XIX se configura el movimiento sufragista haciendo masiva y visible esta causa. Fuertemente influido por la doctrina protestante, este movimiento es definitivo para que las mujeres comprendan en el futuro al trabajo como elemento esencial de su libertad, vinculada también a conceptos como mérito y esfuerzo. Parte de sus peticiones se recogen más tarde en la “Declaración de sentimientos” o Declaración de Seneca Falls (Nueva York 1848), reconociendo en el punto nueve que “es deber de las mujeres asegurarse el sagrado derecho del voto” y, en el diez, “que la igualdad de los derechos humanos es consecuencia del hecho de que toda la raza humana es idéntica en cuanto a capacidad y responsabilidad”.

En los años 70´s el movimiento feminista radical acusa al sistema de dominación (patriarcado) que opera a través de mecanismos de socialización como la familia, desafiándola abiertamente. Denuncian al trabajo doméstico como analogía de servidumbre y su injusta exclusión de las reglas del trabajo asalariado, pero sin duda uno de sus aportes más relevantes fue lema de militancia: “lo personal es político”. Analizar en clave social muchas situaciones que pertenecían al ámbito privado reconstruyéndose como problemas políticos era impostergable.

El feminismo es al mismo tiempo toma de conciencia y expresión de la desigualdad padecida por las mujeres, relegadas a la esfera de lo privado desempeñando siempre los mismos roles: madres, hijas, esposas, sirvientas. Es hasta la segunda mitad del siglo XX cuando una mujer estadounidense se encarga de teorizar sobre “el problema que no tienen nombre”, como ella misma designa a la situación de opresión y malestar de las mujeres: Betty Friedan (1921-2006).

Friedan pertenece a una oleada de feminismo que no se proponía precisamente acabar con el capitalismo sino hacer posible la integración de las mujeres en la esfera política, cultural y económica a través del trabajo asalariado. En su discurso pelea constantemente por la igualdad de oportunidades y también la material.

A través de sus investigaciones revela una “mística de la feminidad” (otro concepto acuñado por ella misma), que refiere al modelo de identidad mítico y que estipula una esencia, es decir, una identidad que defiende rasgos permanentes e inmutables en los que se educa a las mujeres, por ejemplo, pasividad sexual y consagración amorosa a los hijos.

“Estoy cansada de las batallas pragmáticas y terrenas del movimiento feminista, cansada de retórica. Quiero vivir el resto de mi vida”. Así comenzaba Friedan su libro La segunda fase (1983) que instó a la acción tras comprobar que, desde su experiencia, el marco que utilizaban las mujeres para vivir la igualdad no estaba bien enfocado. El nuevo “problema sin nombre” que en los sesenta pondría sobre la mesa, dos décadas más tarde volvía a agitar las conciencias pidiendo reflexiones que lograran trascender aquellas herencias incompatibles con la transformación social: para los hombres, un rol sexual cuyas exigencias (proveer, ser exitoso, fuerza, racionalidad) no hace sino producir en serie tensiones y mutilaciones emocionales. Para las mujeres, plenamente integradas al mercado laboral y con otros objetivos personales/profesionales, el eco idealizador que sigue mantieniéndolas empantanadas en “el tipo de trabajo que solían hacer en la familia, o sea, servir a las necesidades físicas de los niños, los hombres, el hogar, además de tener que hacer también sus nuevos y duros trabajos “masculinos”, al precio de la fatiga y la tensión que solamente las supermujeres pueden soportar”.

Sus planteamientos se suceden en un contexto conocido y más cercano al que vive actualmente la mujer trabajadora “multitareas”: el capitalismo. Se preguntó si “¿pueden las mujeres ganar suficiente dinero para sentirse realmente seguras, a menos que lo que quieran sea triunfar en puestos de trabajo y profesiones que ahora están dominados por los hombres, sometiéndose, por consiguiente, a reglas fijadas por estos?”, o si “¿hay acaso verdadera opción, modos de vida alternativos, que den dinero para pagar el alquiler? y ¿por qué motivo dan tan poco dinero los trabajos de servicios, tradicionalmente realizados por mujeres, a pesar de que tienen cada vez más importancia en la economía?”.

Hace más de treinta años, la socióloga y feminista, proponía un debate para reestructurar las instituciones sociales y el concepto mismo de poder, admitir realidades diferentes e incómodas e incidir en el orden simbólico: imaginar, preguntar y exigir nuevas soluciones. Su presagio para el feminismo como motor hacia la igualdad debía revisarse bajo otras lentes:

Resulta cada vez más claro que el gran impulso del movimiento feminista por la igualdad se detendrá, o será transformado, de la forma que sea, por causa del choque o de su convergencia con problemas básicos de supervivencia . ¿Es acaso el feminismo un lujo teórico, una idea liberal, radical con la que jugar en la edad madura o algo que tendremos que dejar a un lado para enfrentarnos a las crueles realidades de la supervivencia económica y nacional?, ¿o es que la igualdad misma está convirtiéndose en un problema de supervivencia humana básica?

Esos choques a los que refiere, siguen ocurriendo como deriva de un modelo económico y social que no parece envejecer y admite, al menos para las mujeres, que la igualdad tome en efecto dimensiones de supervivencia como se verá en los siguientes artículos.

FRIEDAN, Betty. La Segunda Fase. Barcelona: Plaza & Janés, 1983. Pág. 79

Ibid Pág. 68

Ibid Pág. 24

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Victoria Bazaine es Comunicóloga, Master en Comunicación con fines sociales. Interesada en género, feminismos e igualdad. Doctora en Comunicación Social por la Universidad Complutense de Madrid. Haciendo investigación sobre Responsabilidad Social Corporativa e igualdad/conciliación en empresa.