España atraviesa una de las peores oleadas de incendios forestales de los últimos años. Desde Galicia hasta Extremadura, las llamas se han propagado con intensidad inusual, impulsadas por olas de calor extremas, sequías prolongadas y vegetación seca. La magnitud de los incendios refleja la convergencia de factores climáticos, humanos y de gestión del territorio, en un escenario donde el cambio climático multiplica la frecuencia y severidad de estos eventos.
Los incendios afectan tanto a las comunidades locales como a los ecosistemas: viviendas y cultivos destruidos, pérdida de biodiversidad, degradación del suelo y liberación masiva de CO₂ son solo algunas de las consecuencias inmediatas. Más allá del daño visible, el fuego plantea desafíos a largo plazo para la recuperación de los bosques y la resiliencia de los paisajes.
Cristina Aponte, Científica Titular del Grupo de Investigación de Incendios Forestales del Instituto de Ciencias Forestales (ICIFOR-INIA), del CSIC, estudia precisamente estos fenómenos y sus efectos sobre los ecosistemas. Su trabajo aporta evidencia científica para comprender y enfrentar los desafíos que plantean los incendios forestales en España.
En esta entrevista, Aponte analiza los factores que han intensificado los incendios recientes, los vacíos de conocimiento que aún existen y algunas claves para proteger nuestros bosques y comunidades frente a futuros fuegos.
¿Qué factores han sido determinantes en la intensidad y extensión de los incendios que estamos viendo estos días en España?
En las últimas semanas España ha vivido una de las peores oleadas de incendios desde que se tienen registros. El fuego se ha propagado con una fuerza inusual y en distintos puntos del país, desde Galicia hasta Extremadura, desbordando en ocasiones la capacidad de respuesta.
Y como en muchas otras catástrofes esto ha ocurrido por la convergencia de múltiples factores. Por un lado, la meteorología extrema ha sido decisiva. La ola de calor prolongada, con temperaturas que han superado los 45 °C en algunas zonas, unida a la baja humedad y al viento fuerte, ha creado un cóctel perfecto para que cualquier chispa se convirtiera en un incendio de gran magnitud. A ello se suma la sequía acumulada, que ha dejado la vegetación extremadamente seca, y la abundancia de material combustible en muchos montes debido al abandono rural y a la falta de gestión forestal.
En este escenario, las llamas encuentran un terreno fácil para avanzar rápido y con gran intensidad. El factor humano también ha estado presente, tanto por negligencias como por incendios intencionados. Y, como si fuera poco, la simultaneidad de focos activos en distintas comunidades autónomas ha dificultado el despliegue y coordinación de medios de extinción.

En el trasfondo de todo ello está el cambio climático, que multiplica la frecuencia de olas de calor y sequías extremas. Desde el ámbito científico se lleva años advirtiendo de que estos veranos serán cada vez más habituales. Mientras tanto, la combinación de altas temperaturas, vegetación seca y falta de gestión del territorio seguirá aumentando el riesgo de incendios de gran impacto.
«Desde el ámbito científico se lleva años advirtiendo de que estos veranos serán cada vez más habituales»
¿Qué consecuencias tienen los incendios para las comunidades locales y para el entorno natural?
Los incendios forestales dejan cicatrices que van mucho más allá de las llamas. Para las comunidades locales, las pérdidas son inmediatas y muy dolorosas: la evacuación de pueblos enteros, como vimos recientemente en Extremadura, familias que regresan y encuentran sus casas y cultivos calcinados, o explotaciones ganaderas arrasadas en Galicia. A esto se suma el efecto traumático que generan estas situaciones tanto en la población como en quienes luchan en primera línea —bomberos, brigadistas y personal de retenes— que se enfrentan al fuego en condiciones extremas y con un alto riesgo para su propia seguridad.
En el plano ambiental, los incendios destruyen hábitats y fauna silvestre, y dejan los suelos desnudos y frágiles. Cuando llegan las primeras lluvias, estos terrenos desprotegidos son más vulnerables a la erosión, a los deslizamientos y a la pérdida de nutrientes.

Además, la liberación masiva de CO₂ contribuye a agravar el cambio climático, en un círculo vicioso que hace que cada verano sea más complicado. Pero no solo hablamos de naturaleza: los bosques nos ofrecen servicios y recursos esenciales. Nos ayudan a almacenar carbono, a filtrar agua y a regular el clima local. También sostienen actividades económicas vitales en muchas zonas rurales: madera, resina, piñones, castañas o setas forman parte de la economía de miles de familias. Cuando un incendio arrasa un monte, no solo desaparecen árboles y paisajes; también se pierden ingresos, empleos y oportunidades de futuro.
«Los incendios forestales dejan cicatrices que van mucho más allá de las llamas»
En su opinión, ¿qué medidas de prevención deberían reforzarse en España para reducir la magnitud de los incendios? ¿Qué tipo de políticas o acciones cree que serían más efectivas a medio y largo plazo?
En primer lugar, necesitamos invertir más en prevención y gestión del territorio. Hoy seguimos destinando mucho más dinero a la extinción que al cuidado de los montes, cuando cada euro invertido en desbrozar, clarear o planificar puede ahorrar muchos en daños futuros. De hecho, los bomberos forestales reclaman con razón poder trabajar todo el año en la gestión de los montes, pero para ello es clave dar estabilidad y formación a los equipos de prevención y extinción, no solo en verano.
En paralelo, hay que pensar en las personas que viven cerca de los montes. Nuestras poblaciones en zonas de interfaz urbano-forestal tienen que estar mejor preparadas: con franjas de seguridad alrededor de las viviendas, materiales adecuados y planes de autoprotección vecinal. Tampoco podemos olvidar que muchas veces los planes de prevención existen… pero se quedan en papel. Es fundamental que se cumplan y se auditen, con responsabilidades claras para ayuntamientos y comunidades autónomas.

Otra prioridad es crear paisajes menos inflamables. Esto significa diversificar los usos del suelo, recuperar mosaicos de cultivos, pastos y bosques, e incluso usar el fuego de manera controlada, lo que llamamos quemas prescritas, para reducir el exceso de combustible acumulado. Este es un objetivo a lograr a medio y largo plazo, pero solo será sostenible si también es rentable. Para ello debemos impulsar una bioeconomía rural, que haga atractiva la gestión forestal y el aprovechamiento de recursos como la madera, la biomasa, la resina, el piñón o la castaña. Mantener vivo el territorio es la mejor estrategia para mantenerlo seguro.
Y por último, todo esto debe ir acompañado de educación y corresponsabilidad ciudadana. Es fundamental que la población conozca mejor cómo funcionan nuestros sistemas forestales y que comprenda la importancia de la gestión forestal para favorecer masas más sanas y resilientes, capaces de resistir mejor los incendios y recuperarse después. Invertir en prevención no es un lujo, es la clave para evitar grandes desastres en el futuro.
«Necesitamos invertir más en prevención y gestión del territorio»
¿Qué vacíos de conocimiento científico persisten en torno al impacto de los incendios sobre suelos y plantas?
La ciencia del fuego nos permite comprender cómo el fuego interactúa con los ecosistemas, pero aún hay vacíos de conocimiento que nos impiden anticipar y gestionar su impacto con garantía. Una de ellos está en el suelo, esa base invisible de la vida vegetal. Conocemos bien los impactos del fuego en la fertilidad y estructura del suelo. Sin embargo, se sabe mucho menos de los efectos que tienen sobre cómo condiciona a los microorganismos y la biota edáfica, los responsables de los ciclos de carbono y nutrientes, y por tanto, de funciones fundamentales como la nutrición vegetal. Es aquí donde nuestra información es escasa, a pesar de ser esencial para asegurar la recuperación del bosque.
Otro desafío crítico es entender el efecto del cambio en los regímenes de incendios. Cuando hablamos de régimen de incendios nos referimos a las características que definen al fuego en un territorio: su frecuencia (cada cuánto ocurre), su intensidad y severidad (con qué fuerza arde y cuánto daño produce), su extensión y su estacionalidad.
En las últimas décadas, estos parámetros han cambiado de forma alarmante: se han multiplicado los grandes incendios, los llamados de “sexta generación”, que alcanzan dimensiones inabordables, como los registrados en Galicia, Castilla y León o Extremadura. Estos eventos dejan tras de sí áreas tan extensas y afectadas que la mortalidad de la vegetación se acerca al 100 %. Al mismo tiempo, en algunas zonas se repiten incendios con tanta frecuencia que hay lugares que se han quemado tres o cuatro veces en apenas dos décadas, lo que impide la regeneración natural.
La ciencia del fuego aún no ha respondido si esos bosques podrán regenerarse bajo estas nuevas condiciones o si acabarán convertidos en otros sistemas más abiertos y matorralizados. Y esta respuesta es la clave para diseñar estrategias de gestión y restauración capaces de asegurar la salud y resiliencia de nuestros paisajes en las próximas décadas.

¿Qué mensaje considera importante transmitir a la ciudadanía respecto a los incendios forestales?
El mensaje más importante es que los incendios forestales no son solo un problema del verano ni algo que afecte únicamente a quienes viven en el campo. Nos afectan a todos, porque de los bosques depende buena parte de nuestra calidad de vida: el aire que respiramos, el agua que bebemos, la biodiversidad que sostiene nuestros paisajes y también los recursos económicos y culturales que mantienen vivas las comunidades rurales.
Es fundamental que la ciudadanía entienda que el fuego forma parte de nuestros ecosistemas mediterráneos y que no podemos eliminarlo por completo. La clave está en aprender a convivir con él, reduciendo su riesgo y sus impactos. Para ello necesitamos montes bien gestionados, comunidades locales con apoyo real y políticas públicas ambiciosas.
Pero también hay una responsabilidad ciudadana: exigir a nuestros representantes una verdadera alianza política, un pacto de Estado que mire más allá de los objetivos cortoplacistas y que ponga el foco en una gestión estratégica del territorio y de la población, capaz de anticiparse a las grandes catástrofes ambientales como son los incendios forestales. Un pacto que garantice una inversión real y sostenida en gestión y prevención, porque solo así aseguraremos que el patrimonio ecológico, económico y cultural que aportan nuestros bosques perdure en el tiempo.
Cada persona puede contribuir: evitando conductas de riesgo en el monte o apoyando productos agroforestales que mantienen vivo el territorio. Pero, sobre todo, tomando conciencia de que la prevención no es un gasto, sino una inversión en nuestro futuro común, porque cuidar los bosques es cuidarnos a nosotros mismos.


