Ventanas a ninguna parte

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Mi amigo y compañero José Miguel, estudioso de la genealogía y él mismo noble, decía que, cuando las ventanas de los edificios judiciales permanecían abiertas, los pleitos se estaban “ventilando”. Era un juego de palabras muy simple que debía encerrar algo de verdad porque, en aquellos lejanos/presentes años de facultad de derecho, la vida no se había judicializado en exceso, la política tampoco había hecho presa en los órganos de gobierno de la judicatura y todo nos parecía más fácil, o estaba más claro.

Crecía la esperanza ciudadana, se despejaba el horizonte democrático y, además, no había tantos procedimientos judiciales pendientes. Ahora, las ventanas de los juzgados están cerradas por motivos de seguridad y, a lo mejor, para que no se escapen los centenares de miles de procesos sin resolver que pululan por nuestros tribunales. Parece que a los seres humanos, a medida que avanzamos en conocimiento, nos cuesta más encontrar soluciones; nos volvemos más complejos y, probablemente, también más difíciles de comprender.

Parece que a los seres humanos, a medida que avanzamos en conocimiento, nos cuesta más encontrar soluciones; nos volvemos más complejos y, probablemente, también más difíciles de comprender. El propio desarrollo, al final, siempre nos hace más vulnerables; es la servidumbre que en estos tiempos lleva aparejado el progreso, una inevitable y esencial aspiración de los seres humanos y un hermoso concepto que corre el peligro de confundirse con la velocidad, con la satisfacción inmediata de cualesquiera apetencia/deseo, con la búsqueda desesperada de atajos y de salidas que nos lleven a una inexistente tierra prometida, que nadie sabe dónde está. Todos padecemos el, por ahora, incurable “síndrome de la impaciencia”, como ha llamado el reciente Premio Príncipe de Asturias, Zygmunt Bauman, a este fenómeno nacido en una nueva época -más de intemperie que de protección- en la que estamos aprendiendo a malvivir.

La crisis tendría que habernos enseñado que es tiempo de corresponsabilidad. Desde que lo proclamara miles de años atrás Anaxágoras, la vida en común exige permanentes ejercicios de solidaridad. El único deber (artículo 29) que impone la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aunque lo olvidemos con frecuencia, tiene precisamente ese carácter genérico y rotundo: “Toda persona tiene deberes respecto de la comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad”.

Dicen desde IBM (Global CEO Study 2010, cuya lectura recomiendo) que el principal reto al que se enfrentarán las empresas en el inmediato futuro es la creciente complejidad, y que la creatividad será uno de los factores clave para gestionar las organizaciones en un entorno donde se incrementarán los controles gubernamentales y el peso regulatorio. Además, y en un inusual ejercicio de humildad, más de la mitad de los encuestados (que son los que mandan) confiesan y consideran que sus empresas no están preparadas para enfrentarse a ese aumento de la complejidad global. Me temo, y sospecho, que estamos viviendo el presente sin perspectiva histórica, y así nos va.

Al llegar a este punto, uno se acuerda de Schumpeter y de su Destrucción Creadora, y vuelve a escribir algo ya dicho hace muchos meses: que la crisis es sólo un estado en la evolución, un eslabón o una fase del proceso general de cambio; del proceso por el que las cosas dejan de ser lo que eran para pasar a ser otra cosa. La historia de la humanidad no es más que una sucesión de crisis, de las que sólo sobreviven los que más preparados estén o los que mejor se adapten. La crisis, cualquier crisis, exige, por tanto, la transformación: variar conductas, valores y comportamientos, especialmente “comportamientos inertes que nos atan al pasado y nos arrastran al agotamiento”, como tiene escrito Luis Meana.

La historia de la humanidad no es más que una sucesión de crisis, de las que sólo sobreviven los que más preparados estén o los que mejor se adapten. Y todavía cabe alguna obligación/exigencia más: empezar a hacer las cosas de forma distinta, radicalmente diferente en muchas ocasiones, olvidándonos del pasado y tomando con decisión el camino del porvenir. La metamorfosis, pues, se hace necesaria, absolutamente imprescindible para seguir. Pero no basta con un cambio programado y formal (gusano/ capullo/ mariposa); desde la innovación y la formación hay que aprender a gestionar la empresa y las organizaciones, ex novo, con pilares que no se rompan; pensando en las personas, olvidándonos de líderes solitarios y presumidos que se miran el ombligo y practican la ceguera periférica.

Hay que incorporar a la gestión liderazgos solidarios y compartidos, adobados con grandes dosis de multiculturalidad (que es el futuro) y apoyos multilaterales, de equipos leales de verdad. El nosotros se impone al yo individualista que hunde sus raíces en el dinero como conseguidor de todas las cosas, porque gracias a esa plural solidaridad se aviva la esperanza de que otro mundo mejor es posible. Y de que ese nuevo mundo es el futuro que, entre todos, debemos y tenemos que construir.

Un poeta grande, Javier Vicedo, ganador del II Premio RNE de poesía jóven, lo ha escrito y descrito en su bellísimo libro Ventanas a ninguna parte (Pre-textos 2010): “¿Qué miras más allá de la ventana:/ El mundo o el mundo que quisieras?/ Tal vez no estés mirando nada/ Y nada es todo lo que de ser, serías./ Mirando nadas se construye un hombre”.

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