Música en la maleta

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Aunque en nuestra sociedad global pareciera que el mundo entero está a la vuelta de la esquina (para unos pocos privilegiados, eso sí…), siempre quedan resquicios para que una experiencia inédita viaje hasta tu casa, escondida en el equipaje de algún inquilino ocasional.Yo tengo la suerte de recibir a menudo objetos, sabores y sonidos que mis amigos de otras latitudes traen con la ilusión, nunca defraudada, de cultivar mis sentimientos y sentidos.

Por ejemplo, gracias a Gabriela pude descubrir el sabor exquisito de la lúcuma, un fruto que no queda claro si procede de Perú o de Chile, pero que a mí me evoca el perfume áspero y dulce de un sur ancho que yo amo sin distinciones. A Regina debo mi pasión por el Carménère, un espectacular vino chileno de cepa francesa que, desde que me lo dio a probar por primera vez, se ha hecho compañero imprescindible de sus visitas. Y Anabel me ilustra como nadie en el secreto de las arepas venezolanas de maíz blanco, tan deliciosas y diferentes a sus homónimas de Colombia.

Yo tengo la suerte de recibir
a menudo objetos, sabores y sonidos que mis amigos
de otras latitudes
traen con la ilusión,
nunca defraudada,
de cultivar mis sentimientos
y sentidos.
Aretes de lapislázuli, espejos repujados en cuero, ponchos tejidos a mano, mascarones de proa, imágenes de la pachamama, distintas versiones del dulce de leche, botellas de tequila y ron, tarritos de esencias, libros de poemas, camisones de fantasía, pequeños adornos multicolor…todo cabe en las alforjas de mis mágicos reyes y reinas de ultramar, si bien lo más frecuente es que esas maletas rebosantes que aterrizan en mi comedor desde el aeropuerto de Barajas lleguen cargadas de música.

“Cómo despertar si tú no has abierto la puerta del día, cómo seguir si tu silencio me dice no todavía”.

César me trae de Cuba las cadencias íntimas de ‘Yusa’, enlatadas para su consumo internacional ¡parece mentira! por un sello británico (Tumi Music). Yusa logra instalarnos en una melancolía sin aristas con sus interpretaciones de piano y bajo y, más que nada, con una voz poderosa que se pasea con naturalidad por la trova, el jazz y los ritmos de Brasil.

“Paran el mundo para venir a darme su consuelo, saben de sobra que estoy aquí compartiendo sus sueños, son tan distintas entre sí, son mujeres, mujeres como yo”.

A Sara le debo el que la cantautora uruguaya Laura Canoura hermosee los rincones de mi casa con sus repertorios de madrugada. Laura canta a la amistad, a los paraísos perdidos, al amor y, si su aire francés fuera acompañado de un pasaporte europeo, sería infinitamente más conocida en España, algo que sin duda se merece.

“Algo de mí se ha perdido entre tu casa y mi casa, no es de gozo, no es de ira, como tampoco es mentira, que algo de ti se ha encendido entre tu calle y mi alma”…

Como Gabriela es peruana pero reside en los Estados Unidos, sus maletas parecen un auténtico bazar mestizo en el que no faltan los ecos afro-sudamericanos de la gran Susana Baca o los anglo-indígenas de la mexicana Lila Downs. Ambas son bastante más populares en nuestro país que Yusa o Laura pero falta, falta mucho aún para ponernos a la altura de su arte.

Laura canta a la amistad,
a los paraísos perdidos,
al amor y, si su aire francés fuera acompañado de un pasaporte europeo,
sería infinitamente más conocida en España,
algo que sin duda se merece.
Luis, Allen, Jose o Rómulo no proceden en cambio de ese norte ni de ese sur que, en mi vida, responden a un rotundo nombre de mujer. Todos llegan de la cintura de América, dispuestos a poner el necesario contrapunto masculino en mis cantos y en mis días. Masculino de hombres que despiden testosterona humanizada, de hombres con los que las mujeres de hoy gustamos de unirnos para recorrer tierras y cielos, sin miedos ni fronteras. Ellos me han regalado a un entrañable Guillermo Anderson que, desde su Ceiba hondureña, “no pierde la esperanza de llevarme al mar”. Y los acordes de guitarra, percusión y violín de Editus, un trío costarricense que lleva quince años obsequiando a sus admiradores –entre quienes me incluyo- con una elaborada y prodigiosa fusión.

De la mano de mis amigos conocí también el interesante proyecto de aunar la música centroamericana bajo el paraguas de ‘La orquesta de la papaya’ y la ingente tarea que realiza el sello Papaya Music que, si estuviera ubicado un poco más al norte, se codearía sin complejos con la discografía de Putumayo World Music.

“Allá por el aromal se van perdiendo los sueños. Allá lejos y jamás, parece que llegaremos. Guanacaste ya no está. Ya no me lo canta el viento. Es que tengo que buscar más al norte del recuerdo”.

El norte cantado por el excepcional grupo costarricense Malpaís no es, precisamente, el territorio que alberga al coloso estadounidense. Es el lugar de los juegos y la infancia, el de los primeros besos, el de las escapadas al río, el de la vieja desdentada y sabia, el de las noches de estreno. Es el hogar bien plantado del que tuvimos que partir y en el que, cuando retornamos, apenas permanecen restos de geografía y memoria. Siento debilidad por Malpaís hasta el punto de saberme de corrido la mayoría de las letras de sus discos. Si me dedicara a estos menesteres, nada me gustaría más que introducir a estos sensacionales músicos en el mercado español.

Mis amigas y amigos traen
su música en la maleta acercándome, así, a la incansable vocación creadora de América.
Bueno, sí…el hacerlo con mis queridos amigos Rómulo Castro y el Grupo Tuira, panameños que han colocado muy alto la música de autor, aunque a poca gente le suene fuera del istmo centroamericano. Una carencia imperdonable que ojalá se repare pronto pues, como ellos mismos nos cantan, “dilatando la espera dejó escapar también la primavera”. Rómulo y Tuira colapsan -cada vez que vienen a Madrid- la capacidad de acogida de mi pequeño apartamento, en el que improvisan desayunos en serie y encuentros en la intimidad. Por si fuera poco, también me han involucrado en la aventura de editar un disco (‘Travesías’) y de sumarme activamente a la comunidad del Panamá itinerante y mestizo. Al final, Rómulo y Tuira llegarán a brillar en el panorama musical iberoamericano haciendo honor a uno de sus más populares estribillos: “yo soy de donde nace la rosa de los vientos, le azota el vendaval pero crece por dentro”.

Mis amigas y amigos traen su música en la maleta acercándome, así, a la incansable vocación creadora de América. Y yo intento corresponder descubriéndoles bellas melodías de autores españoles que no alcanzan a competir en el circuito internacional. Ahora sólo me falta cumplir el sueño de juntar todo este inmenso chorro de talentos en el minúsculo espacio de mi casa para hacer un gran concierto en el que guitarras, voces y timbales acompasen el sonido de vinos, piscos o batidos de lúcuma en brindis perpetuo. Y, con la luna en su apogeo, no será la policía quien llame a la puerta para imponernos silencio, sino los vecinos del barrio flanqueando a un ejército de promotores discográficos decididos a aliarse con toda esta energía sonora, en bien de la humanidad.

Amén.

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