La veteranía es un grado

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Detesto los tópicos, aunque a veces es inevitable caer en ellos, y me rechinan aún más los roles predeterminados. Las mujeres hemos salido mal paradas – como en tantas otras cosas – en el reparto histórico de roles. Rol fisiológico de mamífero femenino destinado a dar a luz, rol sexual pasivo, rol social secundario… De los estereotipos mejor ni hablar: rubia tonta, soltera frustrada, divorciada fracasada, abuelita inútil… Señores, como en tantas otras cosas, aún con dificultad, el sentido común se acaba imponiendo. Las mujeres más poderosas del país además de ser un trío de rubias, una es soltera – la Vicepresidenta del Gobierno – otra divorciada – la Ministra de Economía – y la tercera en discordia acaba de ser abuela – la Presidenta de la Comunidad de Madrid – Para más inri, su media de edad ronda los sesenta años.

Hay que empezar a considerar un aspecto que está tomando forma en nuestra sociedad: La esperanza de vida en el último siglo ha crecido en casi cuarenta años siendo muy posible que en el futuro próximo continúe su incremento. Y las mujeres tienen una esperanza de vida mayor que la de los hombres.

Hoy en día las treintañeras son unas chavalas casi recién licenciadas o en edad estudiantil realizando sus postgrados. Las bodas y el nacimiento del primer hijo cada vez se han retrasado más. Las edades que hace poco eran consideradas de riesgo para embarazos tardíos, son en la actualidad las de las mujeres primerizas.

A los cincuenta y pocos, en el ecuador del ciclo vital, no se debería tener ningún problema para continuar aportando profesionalmente o para ser considerada un activo social de lujo.

Las cuarentañeras tienen una plenitud y aspecto inconcebible no hace tanto tiempo, y las que han pasado de los cincuenta además de conservar una salud y estado físico inmejorables, se sienten más plenas, sabias y expertas que en ningún otro momento de su existencia.

Y sin embargo, con el modelo de sociedad actual, están próximos a su jubilación, a pesar de que con toda seguridad, si son personas brillantes y de éxito, pueden desempeñar una labor profesional mucho más experta y atinada que jóvenes recién salidas de la universidad o con escasa experiencia laboral. Si la esperanza de vida cada día se acerca más a los cien años, y la buena salud física y mental cada vez se alarga más en el tiempo, es evidente que a los cincuenta y pocos, en el ecuador del ciclo vital, no se debería tener ningún problema para continuar aportando profesionalmente o para ser considerada un activo social de lujo. En los momentos claves, cuando la importancia de una decisión y sus consecuencias resultan capitales, la juventud es un riesgo y la experiencia una garantía.

Esta reflexión es aplicable a cualquier otro aspecto básico de la vida en una mujer madura: Vitalidad permanente, deseo sexual activo, inquietud por las nuevas experiencias, atractivo físico intacto, elegancia en el equilibrio, sabiduría maximizada, equilibrio inalterable…

Quién siga pensando que una soltera es una frustrada – hoy matrimonio y maternidad son opcionales – que una divorciada es una fracasada – el error grave es seguir atada a un desengaño que provoca infelicidad crónica – o que una abuela sólo sirve para patrocinar postres caseros, es un impotente mental.

¿Se imaginan a De la Vega vistiendo santos debido a su soltería, a Salgado enganchada al Prozac a causa de un divorcio y a la hiperactiva Aguirre limitada a tejer patucos de ganchillo para su nieta? ¡Por favor! La veteranía es un grado y el ejemplo que nos dan estas políticas triunfando en su madurez, un buen aliado para mandar los roles históricos – y machistas – a freír monas. Amén.

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