Héroes y heroínas de nuestro lenguaje: sobre el género y la comunicación verbal

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La regla de tres “sexo es a biología lo que género es a universo socio-cultural” no debería resultarnos estrambótica ni desobediente. Invito a quienes no lo vean claro a llevar a cabo una breve reflexión sobre la lactancia. Sí, han leído bien. He escrito lactancia. Basta con evocar este período tan temprano e intenso en la vida de los mamíferos, para entender el porqué nuestro sexo pertenece a una realidad natural (es parte de la biología) mientras que la sustantividad de nuestro género no es sino una construcción (fruto del contexto socio-cultural).

Si bien es cierto que las mujeres están preparadas biológicamente para amamantar (lazo natural con el bebé), no necesariamente tienen que ser ellas quienes se dediquen en cuerpo y alma a su descendencia en esta fase inicial de la vida (lazo social) Puede darse el caso de que sean papás y bebés quienes pasen la mayor parte del tiempo juntos. Si a alguno de ustedes este vínculo les resulta atípico (por no decir irresponsable), se debe a una construcción cultural y no a un condicionante biológico. Esta construcción cultural es la que hace de mamás y lactantes una realidad indivisible. Un tándem ético, lógico, íntegro y que parece venir de serie.
Hombres y mujeres acostumbramos a estar separados tanto por la biología como por la sociedad. Pero ojo con confundir los perímetros…las circunferencias no son las mismas.

Son muchos quienes señalan que una de las perversiones más funestas de nuestro lenguaje, es la interpretación androcéntrica y, en ocasiones, misógina que éste hace de la realidad.Desde la literatura más tibia (recuerden el Bestseller “Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus”) a las tesis universitarias más sesudas y multidisciplinares, son muchos los escritos que giran en torno a nuestras asimetrías biológicas y culturales.

Y como suele suceder cuando analizamos desproporciones y desigualdades, las denuncias, los debates y las delaciones se han convertido en una constante. A lo largo de estas líneas, sin embargo, intentaremos obviar esta legión de temas controvertidos para centrarnos en uno sólo: la comunicación.

Son muchos quienes señalan que una de las perversiones más funestas de nuestro lenguaje, es la interpretación androcéntrica y, en ocasiones, misógina que éste hace de la realidad. Es cierto que los ejemplos que prueban lo anterior son ricos en abundancia y virulencia.

Nuestro lenguaje no se sonroja al hablar de los orígenes del hombre en lugar de los del ser humano (realidad esta última que sí que incluiría a las mujeres) o al equiparar el hombre zorro con un individuo astuto y sagaz frente a la mujer zorra que es, simple y llanamente, una fulana.

Lo anterior son sólo dos ejemplos de que, efectivamente, nuestro lenguaje está a años luz de ser equilibrado y plural. Y al igual que el desequilibrio lingüístico vino seguido de un tropel de detractores, muchos de estos detractores se forjaron, a su vez, un mar de opositores ¿El motivo? Algunos de los intentos por liberar a la mujer del yugo de la opresión del lenguaje, dieron lugar a un neovocabulario barroco, campanudo e inigualable derrochador de conjunciones: “Todos y todas”, “Ciudadanos y ciudadanas”, “Amigos y amigas” “Jueces y juezas” etc.…

Abogo por un idioma que refleje las metas alcanzadas por las mujeres; mujeres capaces de hacer coincidir su esplendor profesional con su maternidad. Mujeres aptas para parir, criar, ascender y liderar.Especial gracia me hace la sátira que Pérez Reverte lleva a cabo de estas iniciativas en su artículo “Lo que se perdió, la codorniz”. O acaso no sería exótico cuanto menos hablar de “soldadas, cooperantas, albañilas, amantas, alguacilas, sopranas, homosexualas? ¿O matizar guardia y electricista por oposición a guardio y electricisto?”

Me encantaría que nuestro lenguaje fuera el súmmum de la modernidad, la equidad e incluso un motor para el cambio. Abogo por un idioma que refleje las metas alcanzadas por las mujeres; mujeres capaces de hacer coincidir su esplendor profesional con su maternidad. Mujeres aptas para parir, criar, ascender y liderar. Únicas, singulares, notables, sólidas…

Porque somos y contamos. Pero tampoco creo necesario abrumar a lectores y oyentes con una sobrecarga esperpéntica de femeninos plurales que suceden a masculinos plurales y femeninos singulares que suceden a masculinos singulares. Sigamos nuestro camino, heroínas del lenguaje, sin caer en frivolidades semánticas ni discursos compulsivos.

Un abrazo, queridas lectoras.

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