Cuando el tiempo se acaba:

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“Morir, dormir, no más. Y pensar que con un sueño damos término a los pesares del corazón……”. Robo a la pluma de Shakespeare sus palabras pues es justo la reflexión que provoca en mí el hecho de la muerte cuando la veo de cerca. Y ahora la tengo aquí mismo.

Acto trascendental
¡Lo que impone el morirse! Lo digo como si me hubiese muerto ya. Como si lo conociera. Pero, es obvio que no. Sí, a esta reflexión llego porque alguien muy cercano se me va. Y le está costando lo suyo. Vivió como si nunca fuese a llegar. Y ahora que está cerca, tiene miedo. El cuerpo se resiste a apagarse definitivamente. No es fácil despegar. Pero los que le acompañamos sabemos que vencerá el apagón general.

El acto de morir, se me antoja inmenso. Pero no por el hecho de abandonar la vida sino por la transformación que conlleva. El ser que somos desde nuestro nacimiento pasa a ser otra cosa. ¿El qué? No lo sé. Pero ningún cambio de los que acontecen a lo largo de la vida de una persona supone una modificación semejante. El acto de morir, por trascendental, se me antoja inmenso. Lo dicho puede parecer una obviedad pero no lo es. Me impone. Pero no por el hecho de abandonar la vida sino por la transformación que conlleva. El ser que somos desde nuestro nacimiento pasa a ser otra cosa. ¿El qué? No lo sé. Pero ningún cambio de los que acontecen a lo largo de la vida de una persona supone una modificación semejante.

Me duele la pérdida de los seres queridos y me impresiona la magnitud de lo que sucede tras ese momento. La incógnita. Y pienso: “la nada”. Pero me resisto a renunciar a la parte misteriosa de la vida. La nada no. Algo queda. Y se comunica. Se acerca. Desde donde esté.

Formas de morir
A mi modo de ver sólo hay dos: morir bien o morir mal. Tenemos que prepararnos para morir bien. De hecho, la idea de morir mal me produce un profundo desasosiego. ¿Y en qué consiste una cosa o la otra?.
Morir mal es irte sin enterarte y con las tareas a medias, o lo que es lo mismo, sin haber vivido. Morir bien es irte a conciencia. Has hecho con tu vida lo que has querido y sientes que no te dejas algo por hacer. Asumes el dolor y deterioro físico como parte del momento y en lo más profundo de tu ser sientes que sí, que es el momento y lo recibes serenamente y en paz contigo mismo. ¡Madre mía!, eso sí que es salir por la puerta grande.

La psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, experta en muerte y cuidados paliativos tenía como objetivo que sus pacientes la afrontasen con serenidad y hasta con alegría. Recomiendo la lectura de su obra a quien le interese el tema. En mi caso, leídos algunos de sus trabajos debo decir que me impactó su profundo humanismo y la naturalidad con la que fue capaz de enseñar a manejarse a los familiares de los enfermos con los que trabajó.

Lo pendiente
Urge pues al que se va, rematar los temas pendientes. Sobre todo los del cariño. Y si algo quedó por decir debe decirse ya, pues no queda tiempo. Lo que quedó por hacer o se hizo mal, ya no tiene solución. No se puede dejar la herencia de los temas pendientes a nadie. Lo malo de la vida de cada cual debe quedar saldado y finiquitado antes de terminarla. Valen para el momento los pequeños gestos de afecto, aunque sean fingidos, por parte de los que se quedan. Así el que se va -claro que no siempre hay suerte- podrá descansar en paz en la creencia de que todo quedó resuelto.

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