Más sabias, más seguras, con el poder para hacer

Me gusta hablar del poder en las mujeres. Y cada día, vinculándome profesionalmente con ellas, con ellos, me reafirmo en cuáles son las diferentes maneras de ejercerlo.

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Mujer mirando al cielo

En esta etapa de confinamiento, y desde Galicia, el mar es mi horizonte permanente, y la pantalla de la notebook, mi herramienta cotidiana.

Como una ecuación exponencial, la distancia, acorta. Me explico. Con las múltiples actividades en las que me reparto, encontrar tiempo para nuevas sesiones de mi programa “Aceleradora”, no me resulta fácil estando en Madrid. Porque hay un imperativo que es “vernos” y hacerlo personalmente, cara a cara, café -para mí siempre café- de por medio. Pero ahora, cuando esa alternativa desaparece del mapa cotidiano, todo cambia.

Creo en el poder -todavía oculto- de muchas mujeres. Y reivindico que debemos tenerlo, porque el poder sirve para hacer.

Hace unos días se lo recordé a #unadelasnuestras Silvia Leal. Top 100 honoraria, curiosa y ecléctica, empezó en 2019 un programa en RTVE sobre lo que mejor sabe hacer: divulgación y tendencias. Pero también se estrenó con #podcasts en Más que una radio. Llevaba insistiendo en entrevistarme, pero no lo logramos. Le pregunté si podíamos hacerla online, y la oportunidad llegó por motivos de fuerza mayor.

Preferiría no hacerlo

Creo que, si los años traen sabiduría, a mí se me presenta en el formato de las pequeñas cosas. Decir que sí o que no, ya no dependería de grandes acontecimientos. Más bien, de los pequeños gestos. De saber que todo no se puede y que el equilibrio, la mayor parte de las veces se construye eligiendo.  Suelo nombrar a Bartleby, el escribiente cuyo protagonista respondía ante una solicitud, con un lacónico : “preferiría no hacerlo”. Ese pequeño y dramático librito de Herman Melville -el autor de Mobydick- me enseñó que hay maneras elegantes de decir que no.

El poder de las mujeres

Creo en el poder -todavía oculto- de muchas mujeres. Y reivindico que debemos tenerlo, porque el poder sirve para hacer. Que no somos buenas ni malas por ser mujeres, que depende de lo que hagamos con lo que tenemos. Igual que los hombres, y viceversa.

Sin embargo, en esta maratón de información de la que escapo, confinando el móvil a una habitación a la que debo entrar especialmente para mirarlo, logro rescatar historias de las buenas. Sin contar las relativas a los dramas cotidianos que nos rodean.

Escucho a Ignacio Varela en Onda Cero, con una síntesis imperdible. Que siete de las diez mujeres que presiden los ciento noventa y tres países del mundo, tienen las mejores cifras en la gestión de la crisis. Empezando por Jacinta Ardern en Nueva Zelanda y siguiendo por Angela Merkel en Alemania. Y las líderes de Taiwán, Islandia, Finlandia, Noruega y Dinamarca. Números excepcionales. Los nórdicos, otra vez a la cabeza. Lo que viene a decir Varela, es que una vez más, hay exceso de testosterona.

Lo que viene a decir Varela, es que una vez más, hay exceso de testosterona.

Pensar como una madre sin ser madre

Pero hay más, y tiene que ver con la mirada de las madres. Y con la manera de enfrentar las grandes crisis -¿no es esta la pesadilla más inesperada?- sin sentirse abrumado y desesperado: pensar como una madre. No hay que ser padre o madre para hacerlo, porque como todas las ideas generosas, están dispuestas para que las usemos todos. Lo dice la activista Yifat Susskind en una charla TED que me llega desde el wasap que reviso antes de dormirme. Se hace eco de lo que dice Alexis De Veaux: “la maternidad no es solo el proceso orgánico de dar a luz. Es una comprensión de las necesidades del mundo. Es actuar en el presente con una idea de futuro”.

Con el confinamiento y la incertidumbre, llegaron a mi vida primero a Alma, nacida días antes de que se decretara la alarma. Y luego Max, que nació en medio de la pandemia. Hijos de mis hijos. A diario los veo crecer por video, y en sueños los abrazo, hasta que abrazarlos de verdad, sea posible.

Lo pienso mirando el mar gallego en días que cambian de sol pleno a lluvia ligera. De sol entre nubes a tormenta incipiente. Antes de que se desplome con sus gotas gordas, antes de huir para que el atardecer vuelva a convertirse en un espectáculo rojizo en un mar oscuro.

La calma se convierte en trabajo porque el mundo despierta y yo no he parado, salvo para reflexionar y aprender. Para leer y para escribir.

Volver a empezar de una manera interesante

Las empresas piden alternativas online para no quedarse quietas, para estar despiertas, para dar respuestas. Mujeres a las que admiro, llenan con palabras generosas y edificantes, los correos con los que desayuno. Mujeres a las que no conozco me preguntan por Linkedin cómo haré para “acelerarlas” y muestran prisa por empezar. Ahora es más fácil, les digo, el tiempo de “no traslado” cuenta a mi favor. Hay que aprovechar esta calma chicha mientras dure. Y fortalecer los músculos, con el movimiento como sea y cuando pueda. Pero también los otros, los del conocimiento, las habilidades, la perseverancia, la curiosidad, la constancia. Y volver a empezar. De una manera desconocida, de una manera interesante.

Fotografía intervenida: Maxine Rose / Tyler Mc Robert