Arte y deporte, con un libro en los pies

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Hay exposiciones que no traen un envoltorio mediático vistoso ni un título pensado por un publicista astuto y por eso, a menudo, se pierden entre las muchas que ofrece Madrid. Sería una lástima que esa fuera la suerte de Arte y deporte que estará en el Conde Duque hasta finales de marzo. Venzan los prejuicios que les inspire el tema, no se desanimen porque conmemore el 70 aniversario de un diario deportivo. Confíen en el buen criterio del comisario, Rafael Sierra, y vayan a verla. No se arrepentirán.

Es una muestra muy poco convencional. Sierra ha conseguido reunir en ella fotografías, cuadros, videos y esculturas de diferentes autores en los que cada uno de ellos extrae del deporte una expresión singular de las emociones humanas.

Nada más entrar, en el muro de la izquierda, siete grandes fotografías en blanco y negro de Isabel Muñoz nos sumergen en la belleza del movimiento, condensado en la tensión de unos músculos anónimos. No hay caras, por eso no hay pasión. Solamente el recreo del espectador, sobrecogido, estupefacto ante la potencia del cuerpo humano.

¿Hacia qué libro se lanzaría Oliver Kahn, el portero teutón, estirándose en un esfuerzo olímpico para alcanzarlo y, cuando lo logra, abrazarlo protegiéndolo con su cuerpo para que no le abandone?

Todo lo contrario de las del gijonés Avelino Sala. Drama es la intensidad de la paciencia de un surfista solitario, embutido en su traje de neopreno, esperando impotente en la arena la ola que no se levanta mientras su tabla, inútil, descansa ante nuestros ojos apoyada en la pared.

Al fondo, un gran bólido de carreras en acero inoxidable despierta la complicidad irónica con un objeto que, lejos de interpelarnos sobre nuestra conexión con la divinidad pagana de los atletas, nos enternece como las viñetas de Jo, Zette y Jocko en las que podría haberse inspirado el autor, Carlos Cuenllas.

Difícilmente les pasarán desapercibidos el óleo de José Manuel Ballester Nuevo estadio de Anoeta o las tres grandes acuarelas de Juan Pérez Agirregoikoa. Me imagino que les cautivarán las sorprendentes visiones de la montaña en los videos de Gabriel Díaz y que darán un grito de espanto al toparse con un sujeto siniestro al que Avelino Sala hace mirar con ira un balón que arde a sus pies, mientras en la pantalla unas piernas sin tronco lo marean ágilmente, ajenas a las llamas.

Disfrutarán de 34 obras de 17 artistas pero quizás les suceda como a mí y, antes de irse al terminar el recorrido, vuelvan sobre sus pasos para detenerse de nuevo, fascinados, a contemplar el video El juego, 2006 de un misterioso Eugenio Ampudia, el único que no tiene cartelito biográfico y que tampoco figura en la ficha de la exposición.

La selección alemana y la canarinha brasileña disputan la final del Mundial de 2002 pero lo que manejan con sus pies no es un balón de reglamento. Es un libro.

A primera vista resulta estremecedor verle girar sobre sí mismo, abrirse casi en abanico, botar sobre la hierba, volar, impulsado por las patadas y los testarazos de los jugadores. Pero al cabo de unos segundos desaparece la carga simbólica del aparente maltrato y empezamos a verle como un objeto codiciado, la expresión del anhelo irrefrenable de los jugadores por disfrutar de él, por tenerlo cerca. Y empezamos a desearlo nosotros también. El problema es que resulta imposible leer el título. Así que no queda otra que intentar adivinarlo.

¿Hacia qué libro se lanzaría Oliver Kahn, el portero teutón, estirándose en un esfuerzo olímpico para alcanzarlo y, cuando lo logra, abrazarlo protegiéndolo con su cuerpo para que no le abandone? La edición no es de un clásico, así que podría ser Expiación de Ian McEwan o quizás Obabakoak de Bernardo Atxaga o La novela de Ferrara de Giorgio Bassani. Libros que contienen lo que buscamos con más ahínco: las claves para comprender el alma humana.

Cuando Edmilson y su oponente alemán caen fulminados, el brasileño asiéndose el rostro con un gesto de dolor, tras chocar sus cabezas en el aire buscando con saña el canto de un libro que no consiguen alcanzar, en él tiene que haber una mujer. Esa que amas ciegamente aún sospechando que tu pasión te llevará a la ruina. La Daisy de El Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, la Fuong de El americano impasible de Graham Greene, la Fortunata de Galdós…

Roberto Carlos, en cambio, se divierte tomándole el pelo a su exasperado marcador avanzando a toda carrera por la banda con un libro que se lee a saltitos, pasándoselo del pecho al pie sin perder el ritmo. Serán los enredos de las comedias de Oscar Wilde, o las aventuras de Sherlock Holmes o las del pérfido Fu-Manchú.

Podría seguir con las elucubraciones, porque todavía no le he puesto título al diabólico tiro a portería de Rivaldo, a los saques de banda, a los empellones descarados para recuperar la lectura ni a las filigranas de Ronaldinho mientras busca ansioso a quién pasarle la obra que parece quemarle en las botas. Pero mejor lo dejo en sus manos.

Lo que no se ve en el video son los dos goles brasileños que les dieron la Copa. El gol es la poesía del fútbol. Estos dos serían unos versos en el idioma de su autor, Ronaldo, escritos quizás por Vinicius de Moraes:

De repente da calma fêz-se o vento
Que dos olhos sesfez a última chama
E da paixa*o fêx-se o pressentimento
E do momento imóvel fêz-se o drama.

Información sobre la exposición

Otras obras de Eugenio Ampudia con atletas y literatura en www.eugenioampudia.net

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