Acerca de algunas palabras

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“Yo es que no sé lo que es telebasura” dice en una entrevista una famosa presentadora de TV acusada hace años de plagio en un libro del que se declaraba autora. Y añade: “Nunca he dicho periódico basura o libro basura. No admito el término de televisión basura (…) La televisión es el medio más democrático que hay… porque tienes un mando en tu casa con tropecientos mil canales…”. Aunque las comparaciones son siempre odiosas, supongo que para defenderse y, por si la cosa no estaba clara, la entrevistada (que, por cierto, tiene revista propia y es periodista) remata la cuestión con un abrupto “peor me parecen los culebrones sin tino…”. Las anteriores  afirmaciones son la respuesta a una pregunta sobre un programa televisivo (del corazón, claro) que la famosa periodista casualmente también produce.

Digo yo que, a pesar de lo que diga esta señora, habrá que admitir el término telebasura, o librobasura, o películabasura, o vaya usted a saber qué/basura porque, si la basura es inmundicia o suciedad, en sentido figurado es -según el diccionario- lo repugnante o despreciable, y no me negaran que los humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor y, por tanto, de comportarnos, promover proyectos, inventar o hacer cosas que merezcan estos calificativos, todos los días y sin excusa ni pretexto.

Si la basura es inmundicia o suciedad, en sentido figurado es lo repugnante o despreciable, y no me negaran que los humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor y, por tanto, de comportarnos, promover proyectos, inventar o hacer cosas que merezcan estos calificativos Ahora vivimos en la época de irreverencia y se “premia” (sobre todo, mire usted por donde, en algunos programas de TV) la envidia, lo zafio y, previo pago de su importe, un afán perverso por hacer daño a las personas denigrando con infundios, falsedades y verdades a medias la fama y el buen nombre de quienes los atesoran, con la excusa de una supuesta libertad de expresión que se erige como valor absoluto sin freno y a lo loco. Claro que toda esta bajeza moral pasará y, por tanto, nos toca ser pacientes, aguantar y esperar tiempos mejores; y, como sabia e irónicamente ecribía Machado por boca de Juan de Mairena, ser hombres de mal gusto: “Yo os aconsejo el mal gusto para combatir los excesos de la moda. Porque siempre es de mal gusto lo que no se lleva en una época determinada. Y en ello encontraréis a veces lo que debiera llevarse”.

¿Hay empresas, directivos, jefes y líderes basura? Naturalmente. Son basura los jefecillos, por ejemplo; aquellas personas que tengan la categoría o el título que tengan, gritan mucho y a destiempo, pierden las formas con frecuencia y se creen siempre lo que no son. Es decir, ni son jefes, ni son nada.

Y son basura, repudiables por su quehacer como profesionales, aquellos líderes que se creen en permanente posesión de la verdad, sólo se miran el ombligo y padecen ceguera periférica, olvidando y despreciando lo que ocurre a su alrededor; y aquellos directivos que, por fatuos e incompetentes, hacen sonrojar a sus colaboradores, a los que habitualmente engañan tanto como perjudican a la empresa o institución para la que trabajan.

Finalmente, también merecen ese calificativo de basura aquellas empresas que, nunca mejor dicho, huelen mal porque no saben hacer la necesaria transustanciación de las sustancias y de las circunstancias. Como es obvio, la empresa está para crear valor; es decir, para convertir materias en bienes y, como tiene escrito Luis Meana, las buenas empresas transustancian bien. Crean buena cultura: los vicios individuales se convierten en bienes colectivos, el próposito en acción, la debilidad en fuerza, las palabras en hechos. Otras empresas transustancian mal: la fuerza se pierde y se convierte en desánimo, el bien común en ambiciones personales incontroladas, el conocimiento en soberbia, los hechos en retóricas, la solidez en nada.

La empresa no es mala en si misma; es teórico motor de progreso y de desarrollo social y económico, pero es mala cuando transustancia mal. En la deseable “paideia” del hombre moderno, como hace mas de veinte siglos, deberían reunirse la cultura, la tradición, la educación, la formación, aspectos todos que son partes de un concepto mucho más general y profundo que también sirve para la empresa: el desarrollo integral de la persona con el adobo de un actuar solidario, decente y cabal, el añadido de eso que se llama la significación pedagógica del ejemplo y, en tiempos de incertidumbre, con una permanente inquietud intelectual como instrumento de progreso. Por cierto, y dirigida a quien pueda decirnos algo: ¿quién responde de que no haya ninguna universidad española entre las doscientas más prestigiosas/mejores del mundo? Digo yo que ha llegado el momento de repensar nuestra Universidad, de trabajar por ella y de convencernos de que esa institución (y su futuro) es cosa de todos, de la Sociedad entera.

En fin, volviendo al principio y puestos a buscar significado a las palabras y a las declaraciones de los famosos, o de las famosas, que tanto da, uno tiene que relativizarlo todo, olvidarse de las tonterías y, como casi siempre, acordarse de aquello que también escribió Antonio Machado: “Se miente más de la cuenta/ por falta de fantasía:/ también la verdad se inventa”.

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