Cuando hablamos de accesibilidad, la mayoría de las personas piensa en rampas, ascensores o señalización adaptada. Pero, ¿y si te dijera que también tiene mucho que ver con las mujeres?
A simple vista puede parecer que no hay relación. Sin embargo, si observamos con atención, tanto los datos como la experiencia cotidiana nos muestran que los espacios accesibles benefician especialmente a las mujeres. Y no es una simple coincidencia. Hay dos razones fundamentales que lo explican, y que invitan a pensar la accesibilidad desde una mirada más amplia, integral y con perspectiva de género.
1. Vivimos más años
La esperanza de vida en España es una de las más elevadas del mundo. En 2022, según datos del Ministerio de Sanidad y del Instituto Nacional de Estadística (INE), se situó en 83,1 años: 80,3 para los hombres y 85,8 para las mujeres. Esto significa que las mujeres no solo vivimos más, sino que vamos a pasar más años en los que necesitaremos entornos que se adapten a los cambios físicos propios de la edad.
A medida que envejecemos, es natural que aumente la probabilidad de experimentar limitaciones físicas, sensoriales o cognitivas. Necesitaremos apoyos concretos: rampas en lugar de escaleras, ascensores funcionales, señalética clara, iluminación uniforme, suelos antideslizantes y espacios sin obstáculos. En otras palabras, necesitaremos accesibilidad.
En este sentido, pensar en accesibilidad es también anticiparnos a nuestro futuro y diseñar entornos que acompañen la evolución natural de nuestros cuerpos. Porque más allá de la discapacidad, todas las personas —especialmente las mujeres— llegaremos a una etapa en la que nuestro entorno puede volverse un obstáculo… o una ayuda.
«Las mujeres no solo vivimos más, sino que vamos a pasar más años en los que necesitaremos entornos que se adapten a los cambios físicos propios de la edad»
2. Somos quienes más cuidamos
La segunda gran razón tiene que ver con los roles que muchas mujeres siguen asumiendo, tanto en el ámbito familiar como en el profesional: los del cuidado. En España, casi el 64 % de las personas que cuidan a alguien con discapacidad son mujeres, según los últimos datos del INE. Muchas de ellas tienen entre 45 y 64 años, una etapa en la que se entrecruzan responsabilidades laborales, familiares y sociales, generando una carga física y emocional considerable.
Además, las estadísticas reflejan una desigual distribución del tiempo: las mujeres dedican más del doble que los hombres al trabajo no remunerado, incluyendo el cuidado de niños, personas mayores, personas con discapacidad y las tareas domésticas. Esta sobrecarga no solo ocurre en el ámbito privado. También se reproduce en el laboral: las mujeres son mayoría en profesiones vinculadas al cuidado —como auxiliares de geriatría, cuidadoras domiciliarias, enfermeras o asistentes personales—.
Eso significa que, incluso sin tener una discapacidad, muchas mujeres necesitan entornos accesibles para empujar un carrito de bebé, acompañar a una persona mayor o simplemente realizar tareas cotidianas junto a alguien que depende de su apoyo. Accesibilidad también es que un entorno urbano no les dificulte —sino que facilite— esas tareas.
Y si hablamos de ciudades, el diseño urbano también influye. Aceras estrechas, transporte sin ascensor, señalética confusa o escasa iluminación son barreras cotidianas que afectan especialmente a quienes cuidan o se mueven con otras personas. Es decir, a muchas mujeres.
«En España, casi el 64 % de las personas que cuidan a alguien con discapacidad son mujeres»
Una mirada más justa
La accesibilidad beneficia a toda la sociedad, sin distinción. Pero cuando observamos con más detalle se hace evidente que la accesibilidad también es una cuestión de género.
Esto no se trata de crear espacios “solo para mujeres”, sino de incluir en el diseño urbano y arquitectónico las realidades de quienes cuidan, de quienes envejecen y de quienes acompañan. Una ciudad accesible no solo es más justa, también es más humana, más eficiente y más habitable para todos.
Una invitación a mirar distinto
La próxima vez que pienses en accesibilidad, no pienses solo en una persona en silla de ruedas. Piensa en tu madre empujando un carrito, en una enfermera saliendo de guardia de noche, en una abuela que ya no puede subir escaleras o en ti misma dentro de 20 o 30 años.
La accesibilidad no es solo una cuestión técnica o normativa. Es también una forma de cuidar a quienes cuidan, de anticiparnos al futuro y de construir un presente más amable.
Repensar la accesibilidad desde una perspectiva de género permite ampliar el foco. Ya no se trata únicamente de eliminar barreras arquitectónicas para una minoría, sino de entender que se está construyendo una sociedad que cuida a quienes cuidan, que proyecta espacios para todas las etapas de la vida y que promueve la autonomía como derecho colectivo.
La accesibilidad no es solo una cuestión técnica o normativa. Es también una apuesta por un presente más amable y un futuro más equitativo.


