Las aplicaciones para ligar están perdiendo fuerza. No es una percepción aislada ni una exageración nostálgica: lo dice la Cadena SER, que sigue siendo una referencia informativa fiable en España. Según sus datos, el uso de estas plataformas ha descendido hasta un 12%. Hay menos usuarios, menos suscripciones y, sobre todo, menos entusiasmo colectivo por la experiencia de buscar pareja a golpe de match.
Y es comprensible. Porque llega un momento en el que muchas personas sienten que ya no están intentando conocer a alguien, sino realizando prácticas no remuneradas en recursos humanos. Revisar perfiles, iniciar conversaciones, tener una primera cita, atravesar una segunda decepción y volver a empezar termina convirtiéndose en una rutina emocionalmente agotadora.
La fatiga emocional asociada a las citas existe y cada vez se percibe más. La gente está cansada de repetir las mismas conversaciones, de volver a explicar quién es una y otra vez, de escuchar discursos ambiguos sobre “fluir” pronunciados por personas que, en realidad, no fluyen: simplemente desaparecen. Frente a eso, muchos han optado por algo casi revolucionario hoy en día: dejar de buscar activamente. Volver a vivir sin la presión constante de encontrar pareja. Dejarse encontrar, como ocurría antes, cuando la gente se conocía en bares, cenas, reuniones o incluso cruzando miradas sospechosamente insistentes en el gimnasio.
Sin embargo, en medio de toda esta desilusión romántica apareció una teoría inesperada que cambia completamente la perspectiva. Una amiga confesó que las citas de apps le habían servido muchísimo para generar ideas de negocio. Y, aunque inicialmente sonó absurdo, en realidad tenía bastante sentido. Utilizaba esas citas que no funcionaban sentimentalmente como una forma de socializar y ampliar horizontes: conocer personas de otros sectores, escuchar experiencias distintas, entender cómo piensa alguien completamente ajeno a su entorno habitual. De pronto, una cita que no terminaba en beso podía acabar convirtiéndose en una conversación inspiradora o en una idea brillante. Y eso también tiene valor.
Otra amiga llevaba todavía más lejos esa lógica estratégica. Decía que, cuando la cita no funcionaba con el chico en cuestión, siempre mantenía una pequeña esperanza: que tuviera un amigo interesante. Por eso procuraba mantener el vínculo. Porque quizá el verdadero match no era él, sino su entorno, su grupo de amigos, la cena de cumpleaños a la que podía invitarte o ese amigo del pádel que todavía no conocías. Nunca se sabe dónde termina realmente una conexión.
Y ahí aparece una idea interesante: tal vez el problema está en asumir que todas las citas deben terminar necesariamente en amor. Como si cada café tuviera que desembocar en una boda o, en el extremo opuesto, en un trauma emocional. Pero no siempre funciona así. A veces una cita sirve simplemente para reírse, para confirmar que esa persona no es para ti, para descubrir una nueva idea o incluso para terminar conociendo a alguien completamente distinto.
Quizá las aplicaciones no siempre sirven para encontrar al amor de tu vida. Pero pueden servir para muchas otras cosas. Y entender eso también forma parte de madurar sentimentalmente: dejar de medir el éxito de una cita únicamente por si hubo beso y empezar a reconocer que algunas conexiones funcionan de maneras inesperadas.
Porque, al final, quizá el mejor match no era romántico. Era estratégico.
El proyecto El amor en los tiempos del Match vive también fuera del papel:
- en Instagram, donde su comunidad crece cada día @srta.match
- en su podcast en Spotify El amor en los tiempos del Match
- ya salió la novela y está disponible en Amazon.

