Las lágrimas de Lula

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Los ánimos estaban por los suelos. Habíamos perdido la oportunidad de celebrar las Olimpiadas en Madrid de nuevo, una apuesta con la que, poco a poco, todos nos habíamos sentido identificados. Cuando nos disponíamos a tragarnos la decepción y a mirar con envidia a la ciudad ganadora, nos encontramos con las lágrimas del presidente de uno de los países más grandes del mundo y…no pudimos por menos que solidarizarnos con su triunfo.

Para qué negarlo, nos resultó extraño ver a Lula atrapado por la emoción detrás de su pañuelo, porque la sensibilidad y los sentimientos han permanecido durante mucho tiempo escondidos en nuestra sociedad. Incluso dejaron de ser patrimonio femenino, ya que nosotras, las mujeres, aprendimos también a reprimirlos para acercarnos más a ese lugar racional y ejecutivo tan prestigiado, y al que todos asociábamos al éxito profesional y social.

Nos resultó extraño ver a Lula atrapado por la emoción detrás de su pañuelo, porque la sensibilidad y los sentimientos han permanecido durante mucho tiempo escondidos en nuestra sociedad.Esta negación tan artificial viene de lejos, desde que Descartes abriera esa dicotomía profunda entre razón y emoción. Desde entonces la brecha entre estos dos mundos que se suponían antagónicos no ha dejado de crecer, hasta encumbrar nuestra parte racional en detrimento de las emociones. “Para pensar es necesario tener sangre fría” nos decían e incluso nosotras lo intentábamos…aunque no siempre lo conseguíamos. ¡Craso error! Porque las emociones son las que condicionan decisiones y contaminan nuestras reflexiones, se elevan con facilidad por encima de nuestros pensamientos y se hacen con el control de nuestra mente.

Con probabilidad el discurso emocional de Lula despertó votos en los rígidos miembros del COI, pero fueron sus lagrimas las que nos acercaron como ninguna palabra puede hacer a ese país que él representaba y que veía en los Juegos Olímpicos una oportunidad única para superar la larga etapa de “país en desarrollo” en la que permanece instalado.

Y así, a través de su aguada mirada, muchos pares de ojos en todo el mundo, al otro lado de las televisiones, vimos en ese presidente un liderazgo nuevo, tan emergente como Brasil, capaz de integrar las emociones en su desempeño profesional y hacer de ellas una ventaja competitiva. Un liderazgo humilde y cercano, que se movía más allá de normas y decretos para llegar a recoger las necesidades, aspiraciones y sueños de aquellas personas que un día depositaron en él su confianza. Un liderazgo que no se avergonzaba de mostrar su fortaleza entremezclada con la delicadeza ante el mundo.

Vimos en ese presidente un liderazgo nuevo, tan emergente como Brasil, capaz de integrar las emociones en su desempeño profesional y hacer de ellas una ventaja competitiva.Por eso, cuando Lula se dejo llevar por su felicidad, sin reprimir un sincero e impetuoso llanto nos acercó a él y a su alegría de un modo tan sincero que no pudo por menos que despertar nuestro deseo de felicitarle por su logro conseguido, aunque éste fuera tan unido a nuestra decepción, pero sobretodo, a muchos nos hubiera gustado felicitarle por la lección de humildad que nos estaba dando agarrado a su pañuelo.

Y yo, cuando apague el televisor pensé que ojalá pronto veamos muchas más lágrimas en el futuro. Lágrimas de felicidad, de desencanto, de desesperación, ó de rabia, ¡que más da! Lo importante es que presidentes, primeros ministros, gobernadores, y demás mandatarios sean capaces de emocionarse, porque sin duda sus húmedos ojos y su enrojecida nariz harán crecer nuestra confianza en su capacidad para liderar el cambio hacia un mundo más justo y sostenible.

*Inmaculada Gilaberte es psiquiatra y autora del libro Equilibristas: Entre la maternidad y la profesión

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