La historia de la literatura, ¿con voz de hombre?

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Con el inicio del curso y teniendo que preparar mis clases de Lengua y Literatura, vuelvo a pensar otra vez qué visión de la historia de la literatura le ofrecemos a nuestro alumnado. Cuando abrimos cualquier libro de texto podemos y debemos asombrarnos de que hasta el siglo XVI no se nombra a ninguna escritora. ¿Qué ocurre? ¿No hubo ninguna mujer influyente en la literatura de España hasta Santa Teresa de Jesús o Fernán Caballero – Cecilia Böhl de Faber?

En México contamos con la gran Sor Juana Inés de la Cruz, pero esta parcela de la literatura en castellano no se estudia hasta el último tema (al que casi nunca se llega). De manera que nos encontramos con que Gonzalo de Berceo es el primer escritor de nombre conocido, que don Juan Manuel es el primero que adquiere conciencia de escritor, que el autor original del Poema de Mio Cid es desconocido o que el autor de El Lazarillo es anómino; ¿no sería posible que una juglaresa transcribiera las aventuras de don Rodrigo Díaz de Vivar o que una autora decidiera esconder su nombre ante las feroces críticas que vierte Lázaro de Tormes? En la ciudad bañada por ese mismo río se venera a este personaje, a Fernando de Rojas, al Marqués de Villena, a fray Luis de León, a Francisco Salinas, a Torrente Ballester, con estatuas, nombres de calles y edificios importantes; ¡ah! y a Carmen Martín Gaite que cuenta tan solo con una estatua en un sitio marginal de una plaza cercana a la Plaza Mayor.

Se trata de composiciones que destacan por su atrevimiento a la hora de mostrar sus sentimientos amorosos, lo que parecería censurable en boca de una mujer.Los albores de la literatura peninsular tienen voz de mujer.
Como sabemos, si no conocemos a mujeres escritoras desde los incios de la literatura es porque este terreno, al igual que otros tantos de la vida pública les fue vedado y, del mismo modo, su lugar en los manuales de estudio. Sin embargo, podríamos reparar en que el inicio de la literatura española tiene voz de mujer. Me refiero a las jarchas, cantigas y villancicos, la llamada lírica primitiva, que cuenta como emisora a una mujer que, en hispano-árabe, gallego-portugués y castellano, celebraba sus encuentros amorosos o lloraba sus penas de amor por el habib, el amigo o el amado, y además se dirigía a otras interlocutoras como sus hermanas o su madre.

Se trata de composiciones que destacan por su atrevimiento a la hora de mostrar sus sentimientos amorosos, lo que parecería censurable en boca de una mujer. Tradicionalmente se señalan nombres de autores árabes y galaicos que recogerían esas canciones del acervo popular pero, ¿por qué mantener esta voz femenina que interactúa con otras voces femeninas? ¿Quizá porque, de esta manera, se les permitirían a estos autores ciertas alusiones más explícitas?

Qué faray, mamma,/ meu al habib est ad yana. ‘¿Qué haré, madre?/ Mi amado está en la puerta’ Con esta voz femenina se inician los manuales de literatura española, voz que no volvemos a oír hasta varios siglos después.

*Pilar Jódar es filóloga, investigadora en Teatro español actual y docente de Literatura española e hispanoamericana.

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