Beatriz Fadón, experta en desarrollo rural: «El modelo actual no está funcionando: es injusto y no es sostenible»

El desarrollo rural en España está cambiando de rostro. Los últimos datos del Observatorio del Emprendimiento de España (GEM) confirman una tendencia sostenida: las mujeres ya superan a los hombres en la creación de nuevos proyectos en entornos rurales y la franja de 18 a 34 años lidera la actividad emprendedora. Más allá de las cifras, este movimiento está impulsando nuevas oportunidades laborales, reactivando el tejido social y productivo y convirtiéndose en una herramienta clave para frenar el despoblamiento y fortalecer comunidades más resilientes, innovadoras y cohesionadas.

El avance es especialmente visible en sectores como los servicios, el turismo rural o la economía social, y se apoya cada vez más en la digitalización, el comercio online y la valorización de productos locales. Sin embargo, la realidad no es homogénea. Territorios con mayor dispersión geográfica, envejecimiento poblacional o menor acceso a servicios afrontan barreras adicionales, especialmente para las mujeres.

Con más de dos décadas vinculada al desarrollo rural y la agroecología, Beatriz Fadón analiza esta transformación desde la experiencia directa en Extremadura, y aporta una mirada crítica sobre los retos estructurales, las oportunidades emergentes y el tipo de desarrollo que necesita el medio rural para garantizar futuro y arraigo.

Beatriz Fadón: «Las mujeres siguen asumiendo la carga de los cuidados familiares, lo que hace todavía más difícil arrancar, mantener y hacer crecer un negocio»

El informe GEM muestra que el emprendimiento rural emergente es cada vez más femenino y joven. ¿Qué lectura haces de este cambio y qué dice sobre la transformación del mundo rural hoy?

El emprendimiento en el medio rural no evoluciona igual en todas las regiones. En Extremadura, donde los pueblos tienen un peso enorme, los datos del informe GEM muestran que el emprendimiento impulsado por mujeres sigue siendo más bajo en las zonas rurales que en las urbanas, y que estamos llegando más tarde a la recuperación que ya se está viendo en otras áreas rurales de España.

Esto tiene mucho que ver con las particularidades rurales más duras de nuestro territorio: municipios muy dispersos, población más envejecida y menos servicios y apoyos cerca. Además, las mujeres siguen asumiendo la carga de los cuidados familiares, lo que hace todavía más difícil arrancar, mantener y hacer crecer un negocio.

Desde tu experiencia, ¿qué diferencias observas entre emprender en el medio rural hoy y hacerlo hace veinte años, especialmente para las mujeres?

En Extremadura el emprendimiento de las mujeres en el medio rural ha cambiado muchísimo en los últimos veinte años. Antes, muchas veces emprender era un complemento, algo que se hacía además de todas las responsabilidades familiares, y normalmente en pequeños negocios muy ligados a la vida cotidiana de los pueblos.

Hoy, en cambio, vemos mujeres con mucho talento, ideas innovadoras y proyectos nuevos, en un contexto de más oportunidades, más visibilidad y más apoyo institucional dirigido al emprendimiento liderado por mujeres.

Pero quedan obstáculos importantes: la carga de cuidados sigue recayendo sobre las mujeres, faltan servicios que faciliten la conciliación y el envejecimiento del medio rural hace que emprender sea más difícil. Y todo esto tiene una consecuencia dramática para el mundo rural extremeño: muchas mujeres jóvenes terminan marchándose, lo que deja a nuestros pueblos con menores posibilidades de relevo generacional y menos mujeres en edad de emprender.

¿Qué preguntas crees que deberíamos empezar a hacernos -como sociedad— sobre la forma en que producimos, consumimos y habitamos el territorio?

Creo que como sociedad deberíamos empezar a hacernos una pregunta tan simple como urgente: ¿somos realmente conscientes de que nuestra vida depende de todo lo que el medio rural nos proporciona? De los pueblos salen los alimentos que comemos, el agua que bebemos, los paisajes que nos sostienen y los ecosistemas que hacen posible la vida. En gran parte, el futuro se juega ahí.

A partir de ahí, la gran cuestión es qué modelo de desarrollo rural estamos construyendo. Si vamos a seguir tratando el territorio solo como un lugar del que extraer recursos, o si apostamos de verdad por que los pueblos sean lugares con oportunidades, donde las personas puedan quedarse, donde poder construir proyectos de vida dignos, con servicios, con vida y con futuro.

Porque los datos de despoblación y de deterioro ambiental nos están diciendo claramente que el modelo actual no está funcionando: es injusto y no es sostenible. Habitar el territorio no es solo vivir en él, es cuidarlo, sostenerlo y darle futuro.

«¿somos realmente conscientes de que nuestra vida depende de todo lo que el medio rural nos proporciona?»

Mirando atrás, ¿qué decisión de tu trayectoria profesional crees que marcó un antes y un después en tu forma de entender el trabajo y el territorio?

Sin duda, una de las decisiones que marcó un antes y un después en mi trayectoria fue dejar la ciudad e instalarme en un pequeño pueblo del norte de Cáceres, en un entorno que para mí es casi un paraíso. Ese cambio no fue solo geográfico, fue también una transformación personal y profesional.

Me llevó a mirar de otra manera el trabajo, la producción y la forma en la que organizamos nuestra vida. Empecé a entender cómo nuestras vidas dependen de todo lo demás, están profundamente ligadas al lugar donde se desarrollan, a sus recursos, a sus paisajes, a las personas y a los límites ecológicos que hemos olvidado que existen.

Desde ahí comencé a trabajar impulsando los valores de la agroecología y de un desarrollo rural sostenible, con la convicción de que el futuro pasa por construir modelos más justos, más respetuosos con el planeta y que permitan que los pueblos sean espacios de vida, de oportunidades y de cuidado.

Después de más de veinte años vinculada al emprendimiento rural y la agroecología, ¿qué te sigue motivando a continuar en este camino?

Lo que me sigue motivando es sentir que esto es esencial. Que sin un medio rural vivo no hay futuro posible. Cada proyecto que ayuda a sostenerlo merece la pena.

Me inspira ver que hay muchas personas que quieren construir proyectos con sentido en los territorios rurales, que se pueden generar alternativas reales, más justas y sostenibles. Y, sobre todo, me mueve la idea de que estamos sembrando futuro y ayudando a que los pueblos sigan siendo lugares con vida.

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