Violencia de género: pesadilla que no acaba

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Cuando algo se convierte en habitual en los medios, corremos el peligro de acostumbrarnos y no prestarle mayor atención que a otros sucesos que, por frecuentes, ya asimilamos como parte de la existencia cotidiana. Sin embargo, es alarmante que casi todos los días nos informen de una nueva barbaridad cometida contra una mujer (y a veces su entorno), por quien ha sido o es aún su pareja.

La sensación es que lejos de decrecer, los casos de violencia machista son cada vez más habituales, algunos con un ensañamiento salvaje en la victima y sus allegados, a veces los propios hijos. Con objeto de tener una visión objetiva, conviene repasar los datos que proporciona el Área de Igualdad del Ministerio competente (http://goo.gl/Zzc8D). Puede apreciarse que el número anual de victimas mortales se mantiene en el intervalo 70-80, salvo los años 2005 y 2009 que se redujo al rango de 50, Pero el número crece otra vez en 2010 (73) y en lo que va de año la cifra fatal alcanza ya 27, por lo que se puede extrapolar que la tendencia se mantiene. Las políticas para erradicar esta violencia no están dando sus frutos.

La sensación es que lejos de decrecer, los casos de violencia machista son cada vez más habituales, algunos con un ensañamiento salvaje en la victima y sus allegados, a veces los propios hijos.  Nos encontramos por tanto ante un problema grave de solución muy compleja, puesto que las conductas violentas parecen inmunes a las medidas adoptadas. Actuaciones preventivas y represivas están lejos de detener a aquél dispuesto a hacer pagar sus frustraciones a quien considera suya. Difícil es frenar a quien está convencido que no tiene nada que perder, al hombre obcecado que ha centrado su existencia en una mujer y no duda en arruinar su vida, con tal de no dejar escapar a la que considera le ha traicionado.

No se ha parado a pensar el criminal de género que su acción arruinará su vida, que le supondrá la cárcel y el rechazo social; quedará marcado. O quizá sí, es consciente de ello y por eso, cometido el crimen, atenta finalmente contra su propia vida. Esto último no ocurre con tanta frecuencia como pudiera pensarse. Buceando un poco más en los datos publicados por el Ministerio, puede apreciarse que los intentos de suicidio de los agresores representan el 28,6%. En cualquier caso, las consecuencias adversas de sus actos no parecen constituir un freno para el criminal de género. De ahí la poca eficacia de medidas coercitivas y punitivas, aunque sean por supuesto necesarias.

Intolerancia a la frustración y dependencia emocional
Por tanto, para erradicar esta lacra habrá que incidir en sus raíces más profundas: baja tolerancia a la frustración y dependencia emocional. El recurso a la violencia cuando las expectativas se ven frustradas y hacer la propia vida dependiente de otra persona, son factores que están detrás del maltrato y el crimen. Habría que empezar trabajando estos aspectos y haciéndolo desde el ámbito educativo, por cuanto es preocupante que muchos adolescentes consideren como normales estas conductas. Es una carrera de fondo, un trabajo de medio largo plazo, pero la solución no llegará si no se ataca el mal en su raíz y desde el principio.

Aprender a valorar la propia existencia y la de los demás, asumir que todo empieza y acaba, que después de un amor puede llegar otro, que el futuro todavía espera a la vuelta de la esquina. Toda relación enriquece y su final no debe ser una tragedia, sino la puerta abierta a algo nuevo. Nadie, ningún hombre ni ninguna mujer que se cruce en el camino, puede ser tan importante para tirar por la borda la propia vida. Es mucho más sencillo emprender caminos diferentes.

*Sobre Rafael de Sádaba

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