En un contexto donde el turismo femenino crece, pero los miedos y juicios sociales siguen condicionando las decisiones de muchas mujeres, Rumboviajeras se ha consolidado como una propuesta diferencial: viajes diseñados por y para mujeres que buscan algo más que un destino.
Detrás del proyecto está Tamara Ranz, emprendedora y viajera desde los 16 años, que en 2019 decidió transformar una experiencia personal en una comunidad. Lo que comenzó como una intuición se convirtió en una red de apoyo para mujeres que atraviesan momentos de cambio vital y encuentran en el viaje una herramienta de crecimiento personal.
Tras recibir un reconocimiento en la última edición de FITUR, Rumboviajeras ha ganado visibilidad y credibilidad dentro del sector turístico, posicionándose como una alternativa consciente, humana y centrada en la experiencia compartida.
Conversamos con Tamara sobre el origen del proyecto, las necesidades reales de las mujeres que se acercan a la comunidad y el papel del viaje como proceso de transformación:
¿Qué problema concreto detectaste en 2019 que te hizo pensar que Rumboviajeras era necesario?
Rumboviajeras nace de una experiencia personal muy clara. Llevo viajando sola desde los 16 años y durante toda mi vida he escuchado siempre las mismas frases: “estás loca”, “te va a pasar algo”, “¿cómo te vas sola?”, “¿cómo dejas a tu marido?”. Viajar siendo mujer ha estado tradicionalmente rodeado de miedo, juicio y culpa.
En 2018 viajé a Perú y allí conocí a una persona que organizaba viajes. Me dijo algo que fue clave para mí: “si enfocas tu pasión a un tipo concreto de cliente y cubres una necesidad real, será un éxito”. En ese momento entendí que había muchísimas mujeres que no viajaban no porque no quisieran, sino porque no se sentían seguras, acompañadas o validadas por su entorno.
En 2019 detecté claramente ese vacío: mujeres con ganas de viajar, pero bloqueadas por el miedo. Rumboviajeras nace para ofrecer un espacio seguro desde el que atreverse, no solo a viajar, sino a confiar de nuevo en ellas mismas.
«había muchísimas mujeres que no viajaban no porque no quisieran, sino porque no se sentían seguras»
¿Cómo definirías hoy a Rumboviajeras?
Hoy Rumboviajeras es una comunidad de mujeres que utilizan el viaje como una herramienta de crecimiento personal. No somos una agencia tradicional ni buscamos un turismo de consumo rápido. Diseñamos experiencias pensadas para compañar, compartir y conectar, tanto con los destinos como entre nosotras.
Rumboviajeras es un refugio y, al mismo tiempo, un punto de partida. Un lugar donde viajar no es una huida, sino una forma de reencontrarse. Donde la seguridad, la empatía y la convivencia son tan importantes como el propio destino, y donde muchasmujeres descubren que no están solas.



¿Qué tipo de necesidades comparten más las mujeres que llegan a la comunidad por primera vez?
La mayoría de las mujeres que llegan a Rumboviajeras lo hacen en momentos de cambio vital. Algunas atraviesan rupturas, duelos o procesos de reinvención personal. Otras sienten que su entorno se les ha quedado pequeño o que llevan tiempo sin ponerse en el centro de su propia vida.
Comparten una necesidad muy clara: sentirse acompañadas, escuchadas y seguras. Muchas llegan con miedo, con inseguridad o con la sensación de haber perdido el rumbo. Y lo que encuentran es un espacio donde pueden ser ellas mismas, sin juicio, y descubrir que todavía pueden crear un nuevo camino si se eligen a sí mismas.
Tras el premio en FITUR, ¿qué cambia para Rumboviajeras?
Hace seis meses falleció mi marido. En uno de los momentos más duros de mi vida, cuando todo se tambalea, este premio llegó justo cuando necesitaba recordar quién soy y cuál es mi propósito.
A nivel personal ha sido un impulso enorme para seguir adelante y reafirmarme en que Rumboviajeras tiene un sentido profundo. A nivel profesional, supone un reconocimiento al trabajo realizado y a una forma diferente de entender el turismo: más humano, más consciente y centrado en las personas.
El premio nos aporta visibilidad, credibilidad y también responsabilidad. Nos anima a seguir defendiendo experiencias donde las mujeres se sientan seguras, acompañadas y libres, y a demostrar que viajar también puede ser una herramienta de apoyo y transformación en momentos vitales complejos.
¿Qué te gustaría que Rumboviajeras representara dentro de cinco años?
Dentro de cinco años, me gustaría que Rumboviajeras fuera un lugar seguro al que acudir cuando la vida duele. Un espacio donde mujeres que han pasado por un duelo, una ruptura o un cambio profundo puedan sentirse acompañadas y comprendidas.
Me gustaría que todo el esfuerzo que hay detrás del proyecto sirviera para dar la mano a quienes atraviesan ese dolor y recordarles que aún hay camino. Que Rumboviajeras represente comunidad, respeto, sororidad y la posibilidad real de volver a empezar. Porque al final no se trata solo de viajar, sino de acompañarnos mientras volvemos a elegirnos.

¿Cuáles fueron tus mayores desafíos como emprendedora detrás de Rumboviajeras y cómo los superaste?
Empecé a trabajar con 16 años, al mismo tiempo que estudiaba. Siempre he sido una mujer muy responsable y constante, y ese camino me llevó a conseguir un puesto de alta dirección en una empresa pública. Tenía estabilidad, un buen salario y un rol acorde a esa dedicación. Pero también una vida muy exigente, con mucha entrega y poco espacio para mí.
Aun así, había algo que nunca cambiaba: contaba los días para poder escaparme a viajar con mi mochila. Viajar era mi forma de respirar, de volver a mí, de recordar quién era más allá del cargo, las obligaciones o las expectativas externas.
Durante años convivieron esas dos realidades hasta que, gracias al apoyo incondicional de mi marido, me atreví a dar el salto. Él creía en mí incluso más de lo que yo misma lo hacía. Me empujó a dejar ese trabajo y a empezar a verme como él me veía: capaz, valiente y preparada para construir algo propio.
Emprender no es fácil. Es un camino lleno de dudas, errores, miedos y decisiones incómodas. Pero también es un proceso profundamente transformador. Creo firmemente que si no te equivocas, si no sales de tu zona de confort, nunca llegas a sentir de verdad lo que significa lograr algo por ti misma.
La vida no tiene un final programado. Y cuando posponemos nuestros sueños, a veces simplemente no llegan a cumplirse. Yo sigo en el camino. Sigo aprendiendo, cayéndome y evolucionando, porque emprender también es aceptar que nunca se llega del todo, que siempre estás transformándote. Pero si algo he aprendido es que solo necesitas tres cosas: creer en ti, rodearte de personas que te acompañen y asesoren bien, y aprender a escuchar únicamente a las voces que te recuerdan que sí, que puedes.


