Sin prejuicios

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Casi todos los humanos juzgamos, sin conocer verdad, constantemente. ¡Dejemos que juzgue quien lo eligió por oficio! ¡Buen dilema es aplicar leyes que uno no ha hecho, que la opinión de muchos discute y, en más de un caso, contra el sentir propio! ¡Que los jueces ejerzan! El resto ¡A construir en positivo!

¿DÓNDE EMPIEZA TODO?
La práctica del hábito de juzgar empieza en el hogar. ¡Como casi todo!. Las familias, en términos generales, comparten esquemas de pensamiento.  

 

Las ideas de los mayores forman un poso en la mente de los menores y, si bien cada uno sale a su manera, en la mayoría de los casos acaban todos viendo las cosas de forma parecida o igual.

Dotados de esa “materia básica” para ver el mundo, nos manejamos en él creyendo que portamos la antorcha del saber universal y, como juzgar es algo que hemos aprendido a hacer muy bien, es ya como  un acto reflejo. 

Por otro lado, las necesidades  básicas de cualquier humano conforman la amalgama necesaria para que la “visión de la realidad”  se transforme en un muro de hormigón.

Y así, el sistema de creencias originales dormita en un rincón del cerebro a la espera de cualquier oportunidad para manifestarse.

Los  humanos que se sustraen a la férrea influencia de su “muro de hormigón”, construyen por sí mismos su sistema de valores. Pero el original, siempre está ahí. Impecablemente dispuesto para manifestarse cuando sea preciso.

JUZGANDO TODO Y A TODOS
Dotados de esa “materia básica” para ver el mundo, nos manejamos en él creyendo que portamos la antorcha del saber universal y, como juzgar es algo que hemos aprendido a hacer muy bien, es ya como  un acto reflejo.

 

Lo que el ojo ve la mente lo coloca inmediatamente.  Subidos al coche, en el supermercado, en una reunión de vecinos, en el trabajo, caminando por la calle.  El cerebro no para. O sí. Pero cuando se pone en marcha juzga por defecto en la mayoría de los casos. “Bonito, feo. Bueno, malo”.

Cuando va en automático tira del “muro”, lo primero.  Después, del resto. Formado éste por nuestra estructura de preferencias fruto de nuestra experiencia vital. Y lo que no encaja ahí es negativo por defecto.

Juzgar acontecimientos tiene sentido llegado el caso. Pero el juicio de humano a humano sin conocer verdad  y en negativo, es altamente dañino para todo el mundo.

PREJUZGAR EN POSITIVO
En la carretera, máximo autorizado 90, tres carriles, vamos por el centro a 90. Detrás, a dos metros del coche, una furgoneta. Nos echamos a la derecha para que  adelante. Pensamos: ¡será idiota!, ¿por qué se pega detrás?. En lugar de: ¡algo le pasa y tendrá prisa!

En el metro. Cientos de personas diferentes.  El ejecutivo impecable. Pensamos: ¿qué hace este en el metro?.  Nos sentamos a su lado. Miras de reojo lo que lee. Una carta. Le acaban de despedir. Repensamos: ¡pobre hombre!.

En un escenario, una prueba de canto: un gordo imposible y una bella muchacha. Pensamiento general: ¡Vaya dos!Repensamos, desde una actitud positiva: ¿Qué tal lo harán?. Los oyes cantar: ¡Te quedas sin palabras!

¡Sólo hay que entrenar la mente!

SOBRE EL CÓMO

No soy quién para dar lecciones sobre el asunto porque, en cuestión de métodos, cada uno tendrá el suyo y, como el fin que se persigue en este punto es del todo lícito, que cada cual siga el camino que más le plazca.

Con todo he de decir que el ejercicio de juzgar en negativo a un igual sin conocer  verdad  y sólo por lo que el ojo ve debería contener en sí mismo un dispositivo que  dejase la mente en blanco antes de empezar. 

Es dañino socialmente por altamente contaminante. También lo es para quien lo sufre. Y para quien lo ejerce muchísimo más, por más que crea que permanece inmune. 

Para bien o para mal, prejuzgar a los demás nos  aparta de actitudes como la tolerancia, el respeto y la aceptación. Todas ellas necesarias para caminar hacia una sociedad con mente abierta, asentada en un ser humano en paz consigo mismo y, por ende, con el mundo. 

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