Quererte fue muy fácil; olvidarte imposible

355

Nos conocimos en Galicia, durante unas vacaciones. Ella, directora en una importante compañía farmacéutica. Él, alto ejecutivo de una empresa alemana de automoción. Suiza ella, alemán él. Sin hijos. Tal vez fue la sintonía en aficiones y pensamientos o, simplemente, el destino así lo tenía dispuesto, porque entre nosotros surgió pronto una amistad que iba a durar muchos años.

No sólo se declaraban convencidos de la necesidad de avanzar hacia una sociedad mejor, donde la discriminación fuese sólo un recuerdo, la diversidad algo natural y deseable y la violencia una conducta erradicada y superada. Materializaban su compromiso dedicando parte de su tiempo libre a la militancia activa en diversas organizaciones, trabajando por los derechos de los colectivos más indefensos y desfavorecidos. Les producía especial repulsión el machismo, la violencia de género y el abuso de menores.

No entendían nuestras interminables jornadas laborales, nuestra dedicación casi exclusiva al trabajo, nuestra cultura de “presentismo” y nuestra paradójicamente baja productividad.Nos sorprendía el grado de dedicación que relataban tener a estos temas, teniendo en cuenta sus ocupaciones laborales. Nos explicaban riendo que aquí teníamos mucho que avanzar para conciliar vida laboral y personal. No entendían nuestras interminables jornadas laborales, nuestra dedicación casi exclusiva al trabajo, nuestra cultura de “presentismo” y nuestra paradójicamente baja productividad. Algo en lo que mi pareja y yo no podíamos sino estar completamente de acuerdo.

No faltó año, a partir de entonces, en que no viniesen a España y compartieran con nosotros parte de sus vacaciones. De nuestro país les gustaron muchas cosas, de nuestra mano conocieron algunas, por su cuenta otras. Pero siempre quedaba algo pendiente y había un buen motivo para volver.

Ocurrió un día unas Navidades. Su llamada, puntual como todos los años, esta vez era distinta. Ella tiene una enfermedad degenerativa, incurable. El va a dejar su trabajo para dedicarse a ella. Su voz destila una mezcla de tristeza y resignación.

Han pasado algunos meses y varias visitas nuestras. La enfermedad avanza, el tiempo se acorta. Aún lo ven en positivo, están más juntos que nunca, la fuerza del  amor se percibe. Sus vidas se han fundido en la desgracia.

Nos llaman ilusionados. Quieren volver a Galicia; a ella le atrae recorrer un tramo del Camino de Santiago. Nos encargamos de todo. Emocionaba verles, ella en su silla de ruedas, ilusionada, con brillo infantil en sus ojos; él empujando con fatiga y firmeza a través del sendero. Cansancio, cariño e ilusión. Si existieran los milagros ésta sería una buena ocasión para que uno tuviera lugar. Pero el destino estaba escrito.

Si existieran los milagros ésta sería una buena  ocasión para que uno tuviera lugar. Pero el destino estaba escrito.Suena una nueva llamada. Ella está ya terminal, puede ser cuestión de un día. Ni nos paramos a hacer maletas; salimos en el primer vuelo. Le acompañamos en el trance: destrozado pero entero, nos dice que aún con todo, se considera afortunado por haber tenido a su lado tantos años, a una mujer como ella.

Estamos en el cementerio; lluvia y frío. La tumba ya está cerrada. En la lápida vemos una frase “Quererte fue muy fácil; olvidarte imposible”

Mi mujer me mira, me susurra al oído:”Si me muero yo antes quiero que me pongas un epitafio así”.

No pude evitar que un nudo atenazara mi garganta.

*Rafael de Sádaba es ex-directivo de Telefónica y colaborador de Fundación Telefónica. Ingeniero de telecomunicación, experto en TIC y RSE.

Otros artículos de este columnista

*Municipios Digitales
*En busca del cliente perdido
*Mujeres al volante: adiós a los tópicos
*¿Creías que sabías? Escucha a un adolescente
*Vacaciones: toca desconectar; toca colaborar

¿Ya has visitado Columnistas en nuestra ZONA OPINIÓN?