¿Por qué Cristina cayó?

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¿Por qué no me quieren?, es lo que seguramente se pregunta el presidente Nicolas Sarkozy según un informe que sobre la realidad política francesa realizó hace poco tiempo atrás Dominique Moisi, un renombrado analista  Su conclusión es que mas allá de los ambiciosos programas de reformas que ofreció a los franceses realizar durante su gobierno y más allá también de su hiperactivismo y los resultados logrados hasta el presente, su estilo, la falta de coherencia de su gobierno y su tan peculiar manera de tomar decisiones sin consenso mantienen su popularidad en baja.

Pienso que aún con diferencias evidentes, la experiencia francesa debiera ser tenida en cuenta para entender por qué también en Argentina cuesta tanto remontar la caída de imagen de la presidenta.

La evaluación de la gestión de gobierno de Cristina Fernández tiene lugar hoy, en un contexto de fuerte escepticismo tanto en términos de la capacidad gestionaria del Gobierno como de confiabilidad y certidumbre sobre el rumbo.

Es en ese cuadro general que debe interpretarse el hecho de que a menos de un año de haber sido elegida presidenta por algo más del 45% de los votos, la gestión de Cristina Fernández de Kirchner es evaluada positivamente por apenas uno de cada cinco personas de la región metropolitana mientras que cuatro de diez lo hace negativamente, según muestran los datos provenientes de nuestro último sondeo de opinión de finales de agosto .

Esos niveles de aprobación apenas marcan diferencias entre los sectores medios bajos y medios bajos o, incluso, entre aquellos que dicen haber votado por la actual Presidenta en octubre de 2007, poniendo en evidencia un malestar que alcanza a las propias bases electorales de la coalición de gobierno.

Esa percepción parece confirmada por el hecho de que una importante mayoría cree que el gobierno de Cristina Kirchner va en el camino equivocado para resolver los problemas que la sociedad considera más importantes .

Al mismo tiempo, la tendencia observada en mediciones pasadas relativa a la preocupación por desempleo se ha detenido y, junto con ello, las menciones a la inflación parecen haber alcanzado una meseta en un nivel más alto que en el pasado como principal problema país.

Y es justamente esa combinación entre preocupación por el desempleo e inflación la que delinea una percepción negativa de la situación económica actual, tanto como la del país en el próximo ano, consolidando una tendencia en el proceso de formación de expectativas característico de la gestión de CFK. Efectivamente, las señales confusas y también contradictorias con las propias percepciones del ciudadano común que llegan del mundo político parecen contaminar cualquier indicio, por incipiente que sea, de reversión de las expectativas de la sociedad, mostrando una sociedad poco permeable a cualquier intento de seducción por parte del gobierno.

De esa manera, la sociedad parece actuar paradójicamente bajo la presunción de que, cualquier mejora perceptible, especialmente en el plano de la economía familiar, es asignable a factores individuales (el esfuerzo, el mérito, la suerte, etc.) y, que todas las contingencias negativas caen bajo la amplia categoría de lo que es percibido como la “responsabilidad del Gobierno”.

En estas circunstancias, las dificultades de la Presidenta para remontar su imagen pública son evidentes.

La desconfianza se ha instalado entre los argentinos y con ella, la sospecha de que nada es como se dice que es y en consecuencia, tampoco como se hace. El termómetro que mide el estado de la economía, la salud de los indicadores sociales, esta herido de muerte y su influencia se ha expandido al resto de acciones, discursos y propuestas del Gobierno Nacional, incluyendo la voz de la propia presidenta.

Es que en un mundo de incertidumbre creciente y en un país como la Argentina, que no logra aún encontrar su norte, la gente busca certezas en su principal soporte, la palabra de sus máximos líderes políticos.

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