Pon un coro en tu vida

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Dice el refranero español : “quien canta su mal espanta” y, tras experimentar que así es, lo tengo que contar…  Inundada de nerviosismo e ingenuidad más propia de un infante  de seis años que de una servidora, un buen día me presenté a una prueba de voz. ¡Me había apuntado a un coro! Iniciativa que venía yo rumiando desde hacía unos cuantos meses desde lo más profundo de mis entrañas. Que si sí. Que si no. Que a ver de dónde saco yo tiempo. Que si no sé cantar. Que para qué. Que mejor me quedo como estoy. Y por fin: ¿y por qué no?

La ley de la atracción que rige en el universo con la misma intensidad que la de la fuerza de la gravedad en nuestro planeta, me trajo lo deseado, como hace siempre.Y es que ni mi padre ni mi madre vieron nunca con buenos ojos que su querida hija mayor se dedicara al “artisteo

Pasados los primeros miedos y timideces; hubo que entrar en superar las barreras emocionales. Esas que desde la niñez se me fueron acoplando como finas capas una sobre otra hasta dejarme convertida en una oronda y reluciente cebolla. En cuyo centro estaba yo. 

Y es que ni mi padre ni mi madre vieron nunca con buenos ojos que su querida hija mayor se dedicara al “artisteo” (así llamaban en casa todo lo que tuviera que ver con un escenario) y ya desde primaria sólo se me autorizaban las funciones escolares supervisadas por una confiable señorita Carmen. Así fue como aprendí a ser quien debía ser para mis mayores y, no es que perdiera en el camino, pero lo mejor que tenía no lo saqué. Dejando reducido a mi tiempo de jugar lo que me salía del alma.

¡SACA LO QUE LLEVAS DENTRO!
Ningún trapo accesible (cortinas viejas, trapos de cocina, toallas inservibles… ¡daba igual!) sobrevivía a mi alrededor. Todo era capturado para  mi baúl. Un arcón hecho de tablas donde yo cabía perfectamente y donde me gustaba esconderme para asustar  a mi hermano  cada vez que aparecía por  mis dominios.  Claro que, si lo aterrorizaba y salía corriendo y  llorando a refugiarse en las faldas de mamá consideraba que mi pequeña maldad había sido un éxito sin precedentes  y que mi capacidad para sorprender iba a más.  Satisfacción que duraba poco. Pero bien valía la reprimenda posterior. No me importaba.

Horas y horas interminables de juego sola, frente a un espejo, transformándolo todo y transformándome yo. Siendo y sintiendo a cada uno de mis personajes. Que  por aquel entonces se alimentaban de mi invencible imaginación,  la ficción de las películas sin rombos y del único libro de cuentos que tuve siempre.

Nada pudo frenar mi pasión por crear. Sólo mi madre lo consiguió durante un tiempo. Fue la primera vez que vi "El Lago de los Cisnes". Quedé tan fascinada por el aire etéreo de las bailarinas que tras una encendida búsqueda de tules y gasas decidí que su vestido de boda era perfecto. Una tarde me armé de tijeras y todo lo preciso para transformarme. Omito los detalles, pero dejé de jugar a disfrazarme. Con todo, en la adolescencia y juventud hice teatro y llegué a dirigir, con un éxito notable. Lo de cantar fue peor. No entonar mejor que mamá me llevó a sufrir el rechazo de los míos siempre y gravé en mi mente a fuego aquello de: “no sirvo”, con mucha pena, eso sí.   Pero seguí cantando sólo para mí.

Fue la primera vez que vi
"El Lago de los Cisnes"... Quedé tan fascinada por el aire etéreo de las bailarinas que tras una encendida búsqueda de tules y gasas decidí que su vestido de boda era perfecto.

¿DÓNDE QUEDÓ TU DON?
Mi teoría es que todos tenemos un don. Algo que llevamos dentro y que nos viene de nacimiento. Algo con lo que vibramos especialmente y que nos hace sentirnos vivos, únicos y especiales. Algo con lo que perdemos la noción de tiempo.

Cuando eres niño no tienes problema. El don fluye con naturalidad. Nada lo entorpece. Pero en el caminar hacia el ser adulto, muchas personas pierden la visión de esa capacidad y luego ya no la encuentran. 

Para todo adulto  es un básico conectar con su yo profundo. A ese momento lo llamo: “ volver al niño”. Tenemos que encontrar a nuestro niño interior para hacer las paces con la vida. Pero lo mejor de hacer ese viaje es dejar que afloren los dones. Esa es la parte lúdica de la vida interior de cada uno  y la que no hay que perderse bajo ningún concepto. ¡Es nuestra gran muleta!.

Y para terminar: no me importa todos los dones que no me fueron dados. Puse un coro en mi vida y por la gracia del arte de los demás superé miedos lejanos y volví a ser la niña frente al espejo.

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