Paradojas y guías

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Hace poco hice un viaje relámpago a París, como suelen ser los viajes ahora. Me acompañaban mis hijas de veinte y diecisiete años. Pretendía que se llevasen una primera impresión de la Ciudad de la Luz. Se trataba de hacer un itinerario rápido, estilo turista japonés, por los lugares más “emblemáticos”. Pongo esta palabra entrecomillada porque, al igual que “icono”, se ha transformado en uno de esos comodines al uso que se deberían evitar pero, a las pruebas me remito, aparecen inevitablemente. No corrijo mi frase, aprieto los dientes y aguanto la dentera que ambas palabras me están produciendo como testimonio de la pobreza idiomática que nos acosa o de determinados fenómenos lingüísticos que los filólogos, seguramente, saben explicar. Ahora no quiero hablar de esto, sino de viajes , de guías de viajes, y de otras cosas de nuestros días.

Mantengo una curiosa y contradictoria relación con las guías de viajes desde que siendo una adolescente, allá por finales de los setenta, leí un libro de la biblioteca de mi padre: aquel famoso Londres para turistas ricos de Joaquín Merino. El caso es que mi padre, españolito normal de entonces, no era turista ni tampoco rico, y por ello no tuvo oportunidad de conocer el Londres descrito por Merino. Pero, eso sí, tenía una pequeña biblioteca que no estaba mal; eso era mejor que nada y leyendo disfrutábamos mucho. De ahí le vienen luego a una estas manías de irse a París de viaje y atreverse a pensar que coincide con el gran Italo Calvino en que las ciudades se inventan. Y hasta se puede llegar más lejos y aventurar que, acaso, sea la ciudad la que inventa al visitante. El máximo placer del viaje se produce al atisbarse en esa invención, en pensar en lo que se podría llegar a ser cuando se aleja del territorio donde vive.

La primera toma de contacto con una ciudad debería hacerse sin guía, sin información, para poder inventar a placer y para que la ciudad nos inventase sin intermediario alguno. Se trataría de aprovechar al máximo los momentos de fascinación inicial y mutua entre la ciudad y nosotros.

La primera toma de contacto con una ciudad debería hacerse sin guía, sin información, para poder inventar a placer y para que la ciudad nos inventase sin intermediario alguno…

El ojo se acostumbra pronto a lo bello e, incluso, a lo feo. El fenómeno es algo parecido a lo que ocurre en nuestra propia casa cuando tenemos que colocar, por compromiso, ese jarrón espantoso que nos regalaron. Puede que, al final, se nos olvide retirarlo porque acabemos no viéndolo. Lo mismo ocurre a la inversa, acabamos por no ver las bellezas del lugar en el que vivimos.

Pues bien, las guías se ocupan, con mayor o menor eficacia, de señalarnos el lugar que ocupa cada jarrón, de describirnos los pormenores de su adquisición. En este último viaje me acompañó la Guía Lonely Planet de París, escrita por Steve Fallon, y tengo que decir que fue un buen acompañante. Me gustó porque el autor da la impresión de ser un viajero perspicaz que describe la ciudad de una forma personal, con referencias literarias y anécdotas que no tienen desperdicio.

Yo conocía París. Hará unos treinta años que estuve allí. No se trataba de “mi primera vez”, sino de un deseado “reencuentro”. Añoraba un lugar que me gustó, especialmente, en mi primera visita: la plaza de los Vosgos, en pleno barrio del Marais. El atractivo que me ofrecía esa plaza no era histórico, arquitectónico o literario -que posee todos ellos- sino gastronómico. Y lo digo sin asomo de culpa porque, en mi caso, ese componente de los viajes es importante. Me viene a la cabeza ahora mismo la ética epicúrea. Aunque fuera el mismo Epicuro quien proclamara: "Lo insaciable no es la panza, como el vulgo afirma, sino la falsa creencia de que la panza necesita hartura infinita", no hay que olvidar que también es máxima epicúrea: "Quien un día se olvida de lo bien que lo ha pasado se ha hecho viejo ese mismo día". Y yo, que lucho contra el tiempo como cada hijo de vecino, quería que ese día fuese inolvidable comiendo en Ma Bourgogne un antiguo bistró del que todo el mundo, Guía Lonely Planet incluida, habla maravillas: mi gozo en un pozo. El local estaba hasta los topes, el tiempo apremiaba y sólo puede echar una triste mirada a las exquisiteces que degustaban los afortunados que habían encontrado sitio en la terraza.

Azares de los viajes: acabé visitando la magnifica casa de Víctor Hugo y la colección de grabados sobre su obra y el drama romántico que allí se expone. Conclusión cultural del viaje: comprobé con asombro que mis hijas conocían más cosas sobre París, y la obra de este autor, por las películas de Disney y sus anodinas protagonistas, que por lo que les había enseñado la LOGSE. ¡Paradojas de nuestros días!

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