Mujeres, inclusión o discriminación

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Cuando estaba en pregrado tomé un curso obligatorio que se llamaba “Diferencias Individuales”. Lo dictaba un jesuita español y teníamos un libro de texto sobre el tema. El propósito principal del curso era reconocer las diferencias entre los seres humanos por múltiples factores: la herencia, la cultura, la crianza, la educación. Sin embargo, no recuerdo que se destacaran las diferencias de sexo ni que se le dedicara un espacio especial. Se hablaba del “hombre” para significar el ser humano o la persona y nadie parecía extrañarse por eso.

Personalmente nunca he tenido duda alguna de las diferencias entre hombres y mujeres en todos los campos. Estudié en colegio mixto y clarísimamente éramos muy distintos: ellos salían a jugar basket al recreo mientras nosotras pintábamos una golosa en el asfalto. Al entrar de nuevo al salón, la mayoría de mis compañeros iba brincando o corriendo, mientras las niñas hacíamos una fila ordenada, al son de las marchas que ponía la rectora para acompañar la subida a los salones.

Es importante reconocernos todas, aceptarnos todas, respetarnos todas y dejar de lado la exclusión en todas sus manifestaciones. Si reclamamos espacios, exigimos presencia y queremos ser incluidas, comencemos por hacerlo entre nosotras mismas.

Como el colegio era laico y bilingüe, si bien había una cierta homogeneidad de estrato social, sí había personas de diversas religiones y de distintos países. Sin darme cuenta entonces, creo que esto me permitió desarollarr una perspectiva amplia sobre las diferencias entre nosotros y un respeto a esa diferencia, valor que hoy celebro a la luz de la mirada de género.

Actualmente me dedico a la investigación académica y la última de ellas ha sido sobre las mujeres en posiciones de dirección en Latinoamérica: qué les ha permitido llegar a estas posiciones, qué se los ha dificultado, cómo se explican ellas su ascenso, cómo ejercen el liderazgo y qué tanta conciencia tienen de su rol como mujeres en un mundo -como es el medio laboral- que tradicionalmente ha sido masculino.

Suelo participar en congresos y recuerdo que en uno de los últimos, sobre las políticas de equidad de género, hubo un gesto que me llamó mucho la atención: cómo algunas de las mujeres asistentes parecían mantener hacia otras, la discriminación que denunciaban por el hecho de ser mujeres. En este caso, contra aquellas mujeres que no estaban en su horizonte de interés.

Sentí que algunas asistentes, más orientadas al feminismo y al sector social, de una manera sutil, dejaban por fuera de su círculo a las mujeres en posiciones de dirección. De hecho y en la práctica,  no les interesaban como tema.

Pensé entonces que varias podrían ser las razones de ello:

  1. Las mujeres directivas no son mujeres que necesiten, al menos aparentemente, el apoyo de otras mujeres o instituciones dedicadas a promover la igualdad.
  2. En consecuencia, no se requiere, de manera evidente, hacer una denuncia, como se haría en el caso de maltrato laboral, de acoso sexual o de discriminación étnica.
  3. Las mujeres en posiciones de dirección son una minoría dentro del espectro de “las mujeres”.
  4. Se percibe lejanas a las mujeres en posiciones de dirección, no hay una relación directa con ellas.

Sea cual sea la razón de esa aparente falta de interés y, en cierta forma, de discriminación hacia el tema y hacia las mismas mujeres directivas, el punto que quiero señalar es la importancia de reconocernos todas, de aceptarnos todas, de respetarnos todas y de dejar de lado la exclusión en todas sus manifestaciones.

Si reclamamos espacios, exigimos presencia y queremos ser incluidas, comencemos por hacerlo entre nosotras mismas.

*María Consuelo Cárdenas es colombiana, doctorada en Administración y Servicios de Salud Mental; Psicologa por la Pontificia Universidad Javeriana y Profesora titular, Facultad de Administración, Uniandes.

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