Cada vez que abro una app de citas y empiezo a deslizar perfiles como si estuviera eligiendo serie un domingo por la noche, me hago siempre la misma pregunta: ¿por qué miente todo el mundo?
No hablo de mentiras graves. No hablo de identidades falsas ni de dobles vidas. Hablo de esas pequeñas licencias creativas que nos permitimos al construir nuestro avatar amoroso. Esa versión editada de nosotras mismas que vive en las apps y que, curiosamente, casi nunca coincide del todo con la persona que luego aparece en el café.
Empecemos por la edad. Ese gran acuerdo tácito de ficción colectiva. Tengo la teoría de que, en las apps, nadie tiene 47.
Hay 45. Hay 44 “casi 45”. Hay 42 “desde hace tiempo”. Pero 47 no tiene nadie. La edad en las apps no se cumple: se negocia.
Y aquí viene el momento confesión. Porque sí: yo también he mentido en la edad. No por trauma. No por negación. Sino porque aparento diez años menos. Porque mis fotos son de ayer —literalmente de ayer—. Y porque si pones tu edad real, el algoritmo decide que tu destino amoroso son señores que te llaman “cariño” en el primer mensaje y escriben finde sin ironía.
Así que bajé un par de números. No para engañar, sino para entrar en el radar correcto. El problema es que el radar funciona… pero luego llega la realidad. Y ahí he tenido algún pequeño disgustillo.
Del tipo:
— No me gusta que me mientan.
Lo curioso es que quien me lo dijo luego ocultaba datos. Pero eso no era mentir. Eso era no contarlo todo. Que, al parecer, es completamente distinto. Porque mentir es bajar dos años en una app. Pero no decir que no estás emocionalmente disponible, que sigues en contacto con tu ex o que no sabes muy bien qué quieres, eso no cuenta. Eso es gestión de la información.
Después están las fotos. Fotos con filtros que harían llorar a Photoshop. Fotos de hace diez años. Fotos de bodas ajenas donde claramente no eres tú. O el clásico: el primo más guapo “porque total, me parezco”.
Spoiler: no te pareces. Luego vienen las habilidades. “Me encanta viajar” significa que una vez fue a Lisboa. “Soy muy deportista” significa que tiene zapatillas nuevas. “Me gusta cocinar” significa que sabe pedir sushi por Glovo.
Y mi favorita de todas: “Busco algo serio… pero fluyo.”
Esa frase debería venir con advertencia sanitaria. Porque normalmente significa: no quiero compromiso, pero tampoco quiero decirlo así de claro por si acaso. NEXT.
Y entonces me hago la pregunta clave: ¿hay baremos para las mentirijillas? ¿Es lo mismo bajarte dos años que diez? ¿Es peor una edad ajustada o una foto de cuando aún tenías pelo? ¿La app es un tráiler… o un documental?
Se lo pregunté a Martín, claro.
Martín me miró, se encogió de hombros y dijo:
— A ver… todos maquillamos algo. El problema no es mentir un poco, es sostener la mentira cuando ya estás delante. Si tienes que explicar demasiado tu perfil en la primera cita, algo no está bien.
Y añadió, rematando:
— Si mientes para entrar, pero luego no te haces cargo, ahí se cae todo.
En el grupo Sex and the City, como era de esperar, el veredicto fue más rápido:
Paula:
— Mentir en la edad es supervivencia. Mentir en la cara es delito.
Becky:
— Si él miente en la altura y tú en la edad, estáis empatados.
Marta:
— La única regla es esta: que lo que llegue al café no sea un fraude.
Y ahí está, quizá, la medida exacta. No se trata de no mentir nunca —porque todos editamos—, sino de no construir una historia que no puedas defender cuando el otro te mire a los ojos. Porque la app puede ser una puerta de entrada. Pero el amor —si llega— empieza siempre fuera de ella. Sin filtros. Sin excusas. Sin PowerPoint explicativo.
Y si para gustar tienes que mentir más de la cuenta, igual no es ahí. NEXT.
Porque quizá el verdadero match empieza el día que dejamos de mentir para gustar.
El proyecto El amor en los tiempos del Match vive también fuera del papel:
- en Instagram, donde su comunidad crece cada día @srta.match,
- en su podcast en Spotify El amor en los tiempos del Match,
- ¡¡Ya salió la novela homónima!! Un libro que completa este universo sobre los vínculos, la ironía y la búsqueda de autenticidad en tiempos de pantallas.


