Madres e hijas, un nexo difícil

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El otro día en una conversación entre amigas, una a una nos fuimos animando a desgranar esa relación tan compleja y profunda que existe siempre entre una hija y una madre. Relatamos situaciones diversas, en la cercanía o lejanía y afectos ocultos o abiertos, pero todas estuvimos de acuerdo en la gran influencia que nuestras madres habían ejercido sobre nosotras.

Y es que ese vínculo único basado en el imposible equilibrio entre la simbiosis y el rechazo, es el que define nuestra identidad femenina. Pero a la vez, suele ser un nexo difícil y doloroso para muchas de nosotras como madres y también como hijas. Como madres intentamos vivir otra vida a través de la de nuestras hijas, controlando su existencia, y guiándolas hacía dónde a nos hubiera gustado ir; mientras que como hijas procuramos con fuerza desatar ese cordón umbilical para poder convertirnos en personas autónomas. Esta lucha de ambiguos sentimientos se desarrolla a lo largo de décadas de acercamientos y huidas en las que la extensa sombra de las madres se despliega sobre la personalidad de sus hijas.

La relación entre una hija y una madre es un vínculo único basado en el imposible equilibrio entre la simbiosis y el rechazo, que es el que define nuestra identidad femenina. Esta relación de carácter universal, se vive con afecto y aborrecimiento, dominio y subordinación, aproximación y alejamiento, amistad y rivalidad, generosidad y asfixia…y así hasta componer un manantial de sentimientos entreverados que hace que este vínculo nuclear no quepa ni en uno ni en mil adjetivos.

A pesar de que esta relación contiene las claves de la identidad femenina, ha permanecido postergada en la investigación, en la literatura, ó el cine, quizá por ser una unión demasiado complicada de abordar y de interpretar. Pero algunos cineastas consiguieron captar su esencia. Bergman fue capaz de enseñarnos la fusión del rencor y el amor almacenados en el recuerdo de una hija hacia su madre en “Sonata de otoño”. En los últimos años, Pedro Almodóvar también nos ha enfrentado a esa difícil relación en “Todo sobre mi madre” ó “Volver” y a través de sus protagonistas hemos podido reconocer el manto de amor que acaba por cubrir los fantasmas siempre existentes entre madres e hijas.

Yo he redescubierto a mi madre a través de mi propia maternidad.
Esta función nos ha hermanado y reconciliado como ningún otro suceso de nuestras vidas. Después, la madurez me ha acercado a ese modelo de mujer del que intente huir durante gran parte de mi vida y que ahora, finalmente, reconozco y entiendo. Pero no ha sido fácil, hemos tenido que recorrer un largo camino hasta este reencuentro.

En esa tarde entre amigas, todas expresamos nuestro deseo para intentar salvar los obstáculos de esa relación que ya empezábamos a vivir, esta vez desde el papel de madres con nuestras hijas. Deseo de intentar no contaminar nuestro amor generoso y altruista con el egoísmo y competitividad. De evitar ese férreo control que puede hacer la atmósfera irrespirable para nuestras hijas. De no caer en la rivalidad con ellas y de ser capaces de derrochar paciencia y respeto para aceptar su propia personalidad. Ojala, decíamos, seamos capaces de hacer convivir nuestras diferencias con complicidad.

Y…ojalá, pensé yo, a través de la relación que establezcamos con nuestras hijas, seamos, por fin, capaces de acercarnos a nuestra propia madre para restablecer un vínculo pacífico, confiado, y ya definitivo, entre nosotras.

*Inmaculada Gilaberte es psiquiatra y autora del libro Equilibristas: Entre la maternidad y la profesión

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