Los celos: ese monstruo de ojos verdes

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Mientras que el término celos es originario del griego Zealou, el sentimiento en sí mismo habita en muchas geografías. A un lado y a otro del océano se hallan los enemigos de las relaciones valiosas. Se trata de mecanismos psicológicos que, agarrando nuestras entrañas, hacen que nos retorzamos ante amenazas, unas veces reales y otras quiméricas.

Shakespeare llamó a los celos el monstruo de ojos verdes. “La sombra del amor que se burla de la carne de la que se alimenta”. Pero lejos de haberse quedado en literatura de ficción, los celos siguen vivos. Conforman de alguna manera, un presente histórico.

En lo que sí parecen estar de acuerdo psicodinámicos y sistémicos, es en la naturaleza “unisex” de los celos. Los padecen ellos y los padecen ellas. 

Freud hablaba de ellos como de un fenómeno universal fruto de los avatares de nuestra infancia. Precisamente la niñez es el mantra del enfoque psicodinámico, que llega a acudir en busca de motivos a etapas del individuo anteriores a la edípica. Mantiene que los celos tienen su origen en aquellos días en los que el bebé, garganta desgarrada, lloraba para que viniera su madre. Pero su madre no siempre venía. Los celos serían, por tanto, una especie de revival de nuestro inconsciente. Una vuelta a nuestro pasado de bebé colérico, hambriento y desamparado.

Al punto de vista anterior, que dota a la infancia de un protagonismo incuestionable, se opone el enfoque sistémico. Esta última interpretación es una de las compañeras de viaje de la Psicología Conductista; que mantiene que los celos son un comportamiento aprendido. Y como tal, puede desaprenderse.

Mi sentido común me dice que, si bien es verdad que no podemos obviar el inconsciente, tampoco estamos en posición de pasar por alto la dinámica de la estructura social, del entorno, de nuestra cultura. Pero la respuesta al frecuente debate de lo innato frente a lo aprendido suele ser engorrosa.

En lo que sí parecen estar de acuerdo psicodinámicos y sistémicos, es en la naturaleza “unisex” de los celos. Los padecen ellos y los padecen ellas. Sin embargo, dicen unos y otros, el rugido del monstruo de los ojos verdes varía de timbre en función del género del individuo.

Muchos de los estudios llevados a cabo, mantienen que lo que aniquila emocionalmente a la mujer es cualquier forma de infidelidad emocional. Los celos serán feroces si su pareja colma en atenciones a otra, cuida de otra o considera especial a otra. Mientras que en este abanico de motivos no tiene que estar presente la cama, al hombre es precisamente esta lo que le hace padecer. Hablaríamos así en el caso de ellos de infidelidad sexual.

La corriente evolucionista defiende que el hecho de que al hombre le inquiete la infidelidad sexual frente a la sentimental que ahorca a las mujeres tiene su origen en la herencia biológica (voy a tener que mantener al hijo de otro vs. va a cuidar de otra). En contraposición, los psicólogos socioculturales destacan papeles diferentes en el origen de los celos: el entorno, la comunidad que actúa como vigía de la ley, la estructura social y su interpretación de las relaciones, etc. En caso de duda, los ejemplos del peso contextual son muchos (desde las mujeres de Sri Lanka que cuentan con un amplio número de maridos, en ocasiones hermanos entre sí, hasta los esquimales y sus préstamos rutinarios de mujeres).

Otro de los ejes centrales del debate “celos y género” gira en torno a las reacciones experimentadas ¿Qué sucede cuando el monstruo de ojos verdes nos embiste? Dicen ciertos estudios que los hombres responden con más mucha más virulencia mientras que nosotras intentamos poner en marcha toda una serie de mecanismos con objeto de recuperar el sexapil perdido. Pero haciendo ejercicio de memoria, me acuerdo de episodios de violencia y metamorfosis masculinos y femeninos indistintamente.

“Cuando me muera, quiero que seas fiel a mi recuerdo. Si te casas con otra mi fantasma vendrá a molestarte Alejandro Jodorowsky.

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