La vuelta al cole… ¡Por fin!

Las madres estamos de preparativos. En estas semanas previas al comienzo del curso escolar nos apresuramos para comprar uniformes, libros, mochilas, lápices de colores, y demás material escolar. A pesar de todo lo que queda por hacer, he de reconocer que a mí, estos días se me están haciendo interminables. Será que ya no sé qué hacer con mi hijo después de casi tres meses de vacaciones que he tenido que conciliar, como he podido, con mi vida laboral.

Nosotros, los padres, solemos iniciar el verano planificando el suyo, y en estos momentos ya no nos quedan apenas recursos para manejar sus últimos días sin clase. Empezamos en julio con el campamento veraniego, y los cursos de aprendizaje de idiomas y deportes varios.

¿Alguien podría ilustrarme sobre las causas que sostienen estos cien días sin colegio?, me temo que yo no soy capaz de descubrirlas…Cuando agotamos este primer recurso, seguimos las vacaciones echando mano de los familiares o con cuidadoras contratadas. Pero a estas alturas del verano los exhaustos abuelos no pueden por más que rendirse ante el exceso de energía física que destilan nuestros hijos.

Nos fuimos de vacaciones, pero volvimos, algunos hace bastante tiempo, otros han tenido que “conciliar” repartiendo vacaciones entre ambos progenitores para de esta manera poder alargar un poco más nuestra presencia en sus eternas vacaciones pero, incluso esos, ya no pueden estirarlas más.

Al final, a pesar del dinero y los quebraderos de cabeza que nos cuesta tanta organización de la vida veraniega familiar, no logramos superar esta etapa final. Desde primeros de Septiembre los adultos nos sumergimos de cabeza en nuestro mundo laboral al ritmo acelerado que nos demandan nuestras empresas: horarios prolongados, viajes, agendas que echan humo… Y ellos todavía siguen de vacaciones.

Ayer mi hijo me reconoció que él también estaba deseando volver al cole y le he sorprendido ansioso contando los días que le quedan para empezar el curso. Porque, incluso para los niños, este eterno periodo vacacional escolar de nuestro país llega a resultar tedioso. La piscina sigue funcionando y ellos siguen sumergidos, aunque ya tienen escamas en la piel de tanto tiempo como han pasado en el agua. Se han peleado y reconciliado mil veces con vecinos, primos y amigos que están ya tan aburridos como ellos. ¡Hasta se han hartado de jugar con las consolas!

Por eso me gustaría conocer el por qué de este largo descanso estival, el beneficio que aportan a la educación de nuestros hijos estos meses sin la rutina del aprendizaje y el estudio diario. Porque nadie nos ha explicado qué provecho pueden obtener los niños de desconectar durante una cuarta parte del año de sus lecciones y con excepción de los profesores, no conozco quien acierte a apuntar alguna utilidad a esta interminable pausa.

¿Alguien podría ilustrarme sobre las causas que sostienen estos cien días sin colegio?, me temo que yo no soy capaz de descubrirlas y en estos momentos sólo encuentro en ellos un escollo más para la conciliación familiar. Probablemente sea el momento de abrir un debate social acerca de este asunto para que todos los que estamos implicados en el calendario escolar lleguemos a entender estos prolongados periodos sin clases o busquemos una solución que se adapte mejor a la realidad familiar de la sociedad actual.

*Inmaculada Gilaberte es psiquiatra y autora del libro Equilibristas: Entre la maternidad y la profesión

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