La sexualidad y el espíritu de Torquemada

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De no ser porque a estas alturas de la vida, uno ya está, como se suele decir “curado de espantos”, tendría que manifestar mi asombro e incomprensión, por la repercusión que ha tenido la difusión del video privado de una concejala de cierto pueblo de Toledo; cuyo únicos pecados han sido, a mi entender, su ingenuidad, al compartir con personas inadecuadas cosas que pertenecen al ámbito de la intimidad y su ignorancia, sobre las repercusiones que el mal uso de las nuevas tecnologías puede conllevar.

No es mi intención escribir sobre la persona. A quien desde aquí transmito todo mi apoyo, comprensión y ánimo a reivindicar su derecho a ejercer libremente su sexualidad y a que su vida privada sea respetada.

Siendo innegable la revolución que suponen los avances tecnológicos, en las profundidades de la sociedad todavía perviven miserias y complejos ancestrales, que salen a la luz en cuanto se presenta la menor ocasión para ello.Sí quisiera dedicar estas líneas para incitar a la reflexión, sobre cómo es posible que en una sociedad del siglo XXI, en teoría avanzada y moderna, ocurran estas cosas. Porqué se denigra e insulta a una persona, a quien no se conoce siquiera, sólo en base a una malintencionada difusión de algo que, aparte de que corresponde al ámbito de la intimidad, ni es reprochable ni constituye delito.

Hemos avanzado y estamos en el siglo XXI; pero me temo que esa evolución ha tenido ritmos muy dispares en los ámbitos tecnológico y social. Siendo innegable la revolución que suponen los avances tecnológicos, en las profundidades de la sociedad todavía perviven miserias y complejos ancestrales, que salen a la luz en cuanto se presenta la menor ocasión para ello. La tecnología brinda innumerables prestaciones y facilidades, pero éstas, indebidamente usadas, pueden magnificar comportamientos de una sociedad enferma. El espíritu de Torquemada todavía pervive entre nosotros.

Aquell@s que vociferan e insultan a la protagonista del video, se diferencian muy poco de las turbas que, en otra época, festejaban la quema de supuestas brujas, (que, de haberlo sido, fácilmente se hubieran librado  de su fatal destino sin más que conjurar sus poderes). Y se asemejan peligrosamente a quienes, todavía en nuestros días, jalean la lapidación de una supuesta “adúltera”. Son exponente de la hipocresía social que nos rodea: la mayoría de quienes llenan su boca de improperios han visionado lascivamente el video y volverán a hacerlo en tanto no sea retirado.

Curiosamente la contestación social no se dirige contra quien, con evidente intención de hacer daño, decide traicionar la confianza que alguien equivocadamente le brindó. Muy al contrario. La sociedad dirige su exabrupto contra la victima, quien ningún mal ha hecho. En lugar de reprobar ese atentado a su intimidad y a su dignidad, se la hace objeto de escarnio y desprecio. ¿Es esto una sociedad moderna?

Como medida paliativa, me gustaría terminar proponiendo que estas conductas, que buscan perjudicar y hacer daño a quien fue esposa, pareja, amante, ligue o lo que fuere, sean tipificadas también como violencia de género, pues aunque no produzcan daño físico, el perjuicio moral y reputacional puede ser enorme y a veces irreparable.

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