La responsabilidad de los medios de comunicación

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En ningún otro período de la Historia como el actual gozamos de tanta libertad (aparente), dispusimos de tantas facilidades para estar informados (el que quiere), y contradictoriamente, nunca hemos estado tan manipulados. ¿Por qué en todas las columnas referentes al episodio Tertsch- Wyoming nadie analiza el fondo, limitando las opiniones a ponerse a favor de uno u otro dependiendo de la línea editorial del medio al que se pertenece?

No seré tan ingenua de creer en la independencia plena de los medios (una de las primeras cosas que aprendes cuando te adentras en el mundo de la comunicación es que son empresas privadas no carentes de intereses personales, y por encima de todo, económicos) pero lo que no espero de ellos es radicalismo infame unido a pérdida descarada de objetividad. Todavía sobreviven algunos medios con cierta valentía (pocos con frescura), pero en los últimos tiempos asistimos al abandono de su esencia misma y razón de ser: Independencia y pluralidad. ¿Será porque quien controla los medios tiene en sus manos los hilos que manejan el poder?

Todavía sobreviven algunos medios con cierta valentía (pocos con frescura), pero en los últimos tiempos asistimos al abandono de su esencia misma y razón de ser: Independencia y pluralidad.Lección en la que socialistas obtienen matrícula honor mientras que a los populares les recomiendo memorizar al Presidente Lincoln para mejorar nota: “Con la opinión pública de tu parte nada puede fallar; con la opinión pública en contra nada puede salir bien”. Los gobiernos – el estatal, autonómicos y locales – utilizan la concesión de licencias audiovisuales (que dependen de la luz verde del político de turno) como intercambio de favores.

Las columnas de opinión pecan de autocensura y las plumas libres brillan por su ausencia, quizá por miedo a represalias indignas de una democracia (aunque vistos los últimos acontecimientos igual es más cómodo mantener las costillas sanas que contar las cosas tal y como son). A mí Wyoming no me hace gracia pero eso no significa que no sea gracioso porque lleva más de treinta años de profesión y tiene su público – por no pertenecer Messi a mi equipo no deja de ser un grandísimo jugador, mi cuerpo no tolera las ostras pero para otros paladares son una delicatessen, etc. etc. etc. – Además el sentido del humor, del blanco, del negro o del amarillo – nunca usado como arma arrojadiza cargada de odio – es buena medicina y reírse de uno mismo implica inteligencia. Si alguien no me gusta como cómico o como periodista pues no veo su programa o el telediario que presenta.

Las agresiones por discrepancias ideológicas son fascismo puro y no se alejan demasiado de un exterminio porque no eres de mi raza. Las diferencias de parecer jamás deben degenerar en inquina al que no opina como tú –que tomen nota los gurús de la manipulación mediática, partidista y social – y la violencia como medio no la utiliza ni la fauna salvaje que sólo ataca por instinto de supervivencia. Apliquemos frente a la intolerancia las palabras de Voltaire: “Estoy en desacuerdo con tus ideas, pero defiendo tu derecho sagrado a expresarlas”.


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