La ideología de los zapatos

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Iban por la calle, tendrían escasamente veinte  años y eran guapas. Su mirada era diáfana, alegre y el maquillaje no lograba ocultar la frescura de su rostro. Tenían una forma de  andar algo extraña y su pasos eran rígidos. La viveza de sus ojos quedaba encorsetada en su caminar torpe. Les sucede a las mujeres cuando van subidas en tacones imposibles. Sus pasos tienen que ser cortos, cuidadosos. Sin apenas darse cuenta, el hecho de andar se convierte en una  maniobra que deja de ser instintiva y se convierte en una actividad complicada. Impide correr en un determinado momento de peligro o hace difícil actividades cotidianas como la de subir al autobús. Su andadura se convierte tan inestable y torpe como el de las personas que tienen alguna lesión ósea. Es muy fácil observarlo desde fuera, pero es difícil que lo reconozcan las protagonistas que creen, o les han hecho creer que, de esta manera, serán más elegantes.

Deseo de otros
En la China de siglos pasados se consideraba que tener los pies pequeños y unos andares saltarines eran signo de feminidad. Se creía que el atractivo de las mujeres era mayor si tenían pies de loto (llamados así por su forma y de longitud inferior a los diez centímetros). Durante mil años estos pies, deformados en extremo y diminutos, eran considerados el símbolo máximo de belleza y erotismo. El objetivo último de tanta tortura era lograr unos pies que los hombres consideraban la parte más sensual de la mujer. Estos pies, deformes y minúsculos, obligaban a las mujeres a hacer unos movimientos extraños al andar que los hombres consideraban muy excitantes.

Zapatos y sandalias que no tienen en cuenta las necesidades de quien los va a llevar, sino el placer de quien los va a mirar.  Todo el mundo entiende que eran una auténtica tortura los sufrimientos a los que se vieron obligadas, hasta comienzos del siglo veinte, las mujeres chinas. Eso, que se ve con claridad en  otras culturas, no lo percibe de igual manera quien lo sufre en otros entornos y  que  olvida el sentido común bajo el velo de la modernidad o de la moda. No se es consciente de que también aquí y ahora se está sometida a la dictadura del deseo del otro.  

Objetos decorativos
Una mirada al escaparate de una zapatería para mujeres habla por sí solo de todo un elogio a la incomodidad en aras de una supuesta belleza que sucumbe, si es que la hubiera, en el agarrotamiento que produce en la forma de andar y en las molestias, deformaciones y dolor que estos zapatos ocasionan.

Con la llegada del buen tiempo se  ofrece en los mejores establecimientos calzado imposible para las mujeres. Zapatos y sandalias que no tienen en cuenta las necesidades de quien los va a llevar, sino el placer de quien los va a mirar. Son objetos para contemplar, pero no para andar despreocupadamente. Muchos momentos hermosos se pierden por la incomodidad de unos zapatos.

Las revistas más sofisticadas muestran mujeres posando, estáticas, en posturas concretas que no se dan en la vida real. Son maneras falsas que sólo ocurren en las pasarelas o en las sesiones de fotos. Zapatos que no están diseñados para caminar, para dejarse llevar por la conversación, para negociar, debatir, soñar o desear; tampoco para algo tan simple como transitar por aceras bulliciosas.

Objetos peligrosos
Tampoco las modelos se libran. A pesar de que están acostumbradas, de que es su trabajo, de que las pasarelas por las que desfilan no tienen irregularidades, se caen. Ni siquiera para desfilar sirven esos auténticos potros de tortura. Mucha gente se ríe al ver esas caídas, pero en realidad no hacen ninguna gracia.

*Teresa Pascual Ogueta, es Ingeniera de Telecomunicación y escritora. Conferencista, autora de libros y  publicaciones, se especializa  en el análisis crítico de la realidad.

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